En los poco más de 300 kilómetros que sirven de frontera entre la tierra y el mar se pueden encontrar casi 40 playas arenosas, muchas de estas aún vírgenes.
Durante la etapa estival sobran quienes cambian la oficina por una sombrilla en la arena, y el monótono paisaje urbano, por el azul y el salitre. Los balnearios del territorio de pronto acogen a cientos de miles de "conquistadores".
Las zonas costeras resultan uno de los ecosistemas más frágiles que existen y esta explotación, sumada a todos los servicios que vienen asociados con esa actitud, provocan un fuerte impacto que ya ha comenzado a dar señales alarmantes.
En todas las playas tuneras es posible advertir signos de la erosión de sus dunas. De acuerdo con especialistas de la delegación provincial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, cada año se pierden casi dos metros de playa. Igualmente son apreciables las heridas a la biodiversidad y el deterioro del paisaje.
La acción del hombre es la principal causa de esta problemática. La contaminación, la sobrepesca, la extracción de arena, la introducción de especies exóticas invasoras y el cambio climático, conspiran para que en fecha tan cercana como el 2050 se pierda casi la mitad de las playas que hoy en día se erigen en sitios de ocio.
Si bien en los últimos calendarios, como resultado de una iniciativa gubernamental, se eliminaron parte de las edificaciones construidas sobre la zona de protección y las dunas costeras, un alto porciento de estas aún se encuentran allí, fundamentalmente de propietarios privados.
La lentitud en el procesamiento de tales casos por parte de los organismos responsables es acendrada por la impunidad de otros que vuelven a erigir instalaciones en lugares prohibidos, o ejecutan una explotación de los recursos marinos sin la competencia ni la autorización necesarias.
Mientras, en varios de los terrenos donde se demolieron edificaciones permanecen los escombros y no ha habido un programa de recuperación biológica como el que se llevó a cabo en la playa Victoria (conocida popularmente como Los Pinos), en esta se reforestó con vegetación autóctona y hubo un tratamiento ecológico al ecosistema.
Las playas arenosas de Las Tunas fueron incluidas entre las áreas priorizadas por el Plan de Estado para el enfrentamiento al cambio climático, conocido como Tarea Vida, porque además de su importancia ecológica y servir de cobija y sostén a diversos asentamientos humanos, constituyen un recurso priorizado en los planes del desarrollo turístico nacional. Solo en Covarrubias el ordenamiento territorial actualizado prevé la construcción de más de 10 mil habitaciones, campos de golf, marinas y parques temáticos.
La provincia cuenta además en estos espacios con reservorios biológicos únicos en el país. En el sur, Monte Cabaniguán y Ojo de Agua poseen una de las más diversificadas zonas mundiales de nidificación del cocodrilo acutus o americano. Más al norte, en los límites con Camagüey, en la Bahía de Nuevas Grandes se puede encontrar una de las barreras coralinas mejor conservadas del país con varias especies en peligro de extinción.
La realidad que hoy tienen nuestros balnearios, al menos los que visitamos durante el período estival, advierten que su deterioro y pérdida pudieran estar a la vuelta de la esquina.
Muchas de las viviendas allí ubicadas ya exhiben el portal o el patio dentro del mar y hay un deterioro evidente de las dunas de arena y la presencia de peces antes comunes. A pesar de ello, cada año los preparativos para julio y agosto en estos parajes se concentran en el aseguramiento de los servicios, y obvian una planeación de inversiones que no por su proyección en el tiempo, dejan de tener urgencia.
El sistema de tratamiento de residuales es insuficiente y muy precario, al igual que el acceso al agua potable. La presencia de camiones y automóviles parqueados sobre la duna, así como los vendedores con sus carros y quioscos pasando por allí, no hacen sino acelerar la compactación de la arena. La situación se complica cuando los sistemas de recogida de desechos a todas luces no pueden asumir la cantidad de basura que los vacacionistas generan por día.
Estas realidades se agudizan ahora con la electrificación de la zona de El Socucho. Si bien el servicio incrementa la calidad de vida de los pobladores del lugar y era un inversión necesaria y demasiado demorada en el tiempo; alimenta el riesgo de que aumente la actividad constructiva en el lugar con casas, hostales y otros centros, y ello no venga acompañado de inversiones para mitigar el impacto de los desechos sobre el ecosistema.
Nadie desconoce que para el cubano el verano es sinónimo de playa, o que la economía del país y la provincia necesitan aprovechar las potencialidades turísticas de nuestros balnearios, pero si no se hace de forma sostenible toda inversión será trivial porque cuando pase el tiempo, y las playas ya no estén ahí, de qué servirán.






















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