Viernes, 16 Febrero 2018 06:41

Ungida por el mar

Escrito por Yuset Puig Pupo
Ungida por el mar Fotos: Rey López.

Las Tunas.- A "Fredi" la encontramos por azar. Estaba en su patio, escoba en mano, desafiando los caprichos de las hojas y el viento. La mirada limpia fue infalible, de pescadora, de mujer de convicciones. Me sorprendió la fuerza con la que sus palabras salían de mucho más abajo de la garganta. Ya a los 30 segundos pensé: esta es la historia que hace rato quiero escribir.

La fortaleza a Fredesvinda le viene de su estirpe y de su costa: Guayabal. La suya no ha sido una vida fácil y por mucho. Desde pequeña perdió a los padres y recaló en el calor de los abuelos, pero la ausencia de los progenitores fue una sombra que se colaba por las noches en su cama y la desvelaba.
Su abuelo era estibador. Como el dinero no alcanzaba para poner el plato en la mesa durante todo el año, las más de las veces tenía que irse a pescar en busca de sustento. Pasaba muchos días en el mar y la vista de la niña siempre le esperaba en el horizonte.
fredi-guayabalLos mejores recuerdos de su niñez son entre redes y utensilios de pesca. De ahí le nació a Fredi la pasión por navegar. Cambió las muñecas por los hilos, de tanto mirar al viejo aprendió a tejer, y desde muy chica ya era una tarrayadora experta, un don bien preciado en la gente de mar.
Pero las olas no abarcarían todos los apetitos de su existencia. Con 11 años se convirtió en la proyeccionista del cine de Guayabal. Motivada por las formas extrañas y los lugares distantes de las películas echó a volar su cabecita. Y se prometió ver el mundo, sin imaginar que una fuerza invisible la retendría en el mismo lugar donde abrió los ojos, una suerte de magnetismo.
Me cuenta cómo se convirtió en la primera mujer controladora de embarque de azúcar a granel en Cuba. Tenía apenas 18 años. Los turnos de madrugada eran extenuantes. Muchos hombres desconfiaron de su competencia, mas Fredi demostró siempre su valía. Era una llama de ímpetu atrapada en el cuerpo de una jovencita.
Los primeros atisbos del amor le llegaron más o menos por esa época. Conoció a un marino mercante y él se la llevó para La Habana. Le mostró la majestuosidad de la capital, una vida más fácil, sin el olor a pescado. Aunque esa no sería su historia bonita. Volvió a Guayabal una tarde y al pisar la tierra arenosa se juró morir allí, cualquier día y con cualquier marea.
En poco tiempo recuperó su ritmo natural. Trabajó como secretaria, fue dirigente del Departamento Económico de la Empresa de Abastecimiento Técnico Material. Y siempre salió a pescar.
Fredi atesora un millón de anécdotas. Hay una pasión en su mirada cuando describe la sensación de estar en mar abierto, a merced del viento y sin anclas, que casi puede saborearse. Me cuenta cómo prefiere las madrugadas para perderse en los confines del horizonte.
Siempre tuvo un barco propio. Navegaba con otras tres personas y se quedaba hasta una semana sin pisar tierra. Los cestos volvían llenos de sierras, biajaibas, cuberas, pargos, mojarras, y una adrenalina especial que no se almacena, solo es combustible para el alma.
Fredesvinda Ramos hoy tiene 66 años y no ha dejado de pescar. Todos los meses se pierde con el mismo rumbo en su embarcación. Pero ahora su esposo va a su lado. Al principio él se quedaba en casa indiferente a las rutinas y pasiones de los pescadores hasta que escuchó el llamado y Fredi asegura que no pudo resistirse y le entregó el corazón al mar.
Su bote tiene seis metros de eslora por 1.60 de manga. Se llama Dofre, la unión de Fredesvinda y Douglas. Y en este momento de la historia, ella tiene un brillo diferente en la mirada, porque el hombre que llegó hace 39 años a Guayabal para hacer el Servicio Militar Obligatorio, nunca regresó con los suyos a Holguín. Y es desde entonces el gran amor de su vida.
Se pierde en los recuerdos. Me confiesa que se enamoraron en 24 horas, no hizo falta ni un minuto más. Los paseos por la orilla espumosa de la costa sellaron sus sentimientos. Fueron novios apenas tres días, luego se mudaron juntos y hasta la fecha. Van de la mano en mar abierto o en tierra firme, ambos son ancla y timón para el otro en un juego de viceversa.
Fredi es una mujer agradecida. No tuvo hijos, mas le sobran alegrías. El destacamento Mirando al Mar ocupa ahora una buena parte de su tiempo. Es un compromiso con su comunidad, la manera suya de mantenerlos a salvo.
La mayoría de las veces se sienta muy temprano en su balance del portal. Allí disfruta del primer sorbo de café y gasta un cigarro con la mirada perdida en el verde azul de su costa. "Pocos tienen una vista tan inspiradora".
Ha observado ese mismo mar apacible transformarse en una furia devoradora de cualquier cosa a su paso. El huracán Paloma le acabó con las pertenencias en un abrir y cerrar de ojos. Se vio con las manos vacías y otra vez lo recuperó todo.
Rememora con mucha emoción aquel día en que habló con Raúl. Ella tenía un retrato suyo guardado, de cuando él era más joven. Lo llevaba invariablemente a los desfiles por el Primero de Mayo. Asegura que siempre confió en ambos hermanos y continúa haciéndolo hasta hoy.
Al enterarse que el General de Ejército estaría en Guayabal agarró su cuadro y se unió al pueblo emocionado que desde temprano esperada su llegada. Fue mucha la emoción, él pasó muy cerca y Fredi le gritó: "Raúl" y le mostró el cuadro. Él, en su tono jocoso, le respondió: "Eso es de cuando yo era lindo". Ella le dijo: "Tú sigues siendo bello". Y toda la muchedumbre sonrió.
Fredi es un emporio de emociones y tiene una locuacidad envidiable. Se nos fueron las horas conversando. En esta hoja no cabrían sus memorias. Nos dejó unas cuantas enseñanzas sobre la existencia y el mar. Mientras me alejaba entendí por completo su agradecimiento, esa mujer tiene una dicha, algo que se percibe sin materializarse, ha seguido su vocación, encontró el amor de su vida, y se levanta todos los días en el sitio exacto donde quiere estar.

Visto 2835 veces Modificado por última vez en Martes, 20 Febrero 2018 14:30

Escriba su comentario

Post comentado como Invitado

0
  • No comments found