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redes sociales ideales de belleza

Las Tunas.- Vivimos en una época en la que las plataformas digitales funcionan como un espejo amplificado: imágenes falsas, filtros y retoques crean una versión pulida de la vida que muchos toman como norma. Al mismo tiempo, la industria de la belleza ha aprendido a invadir esta sociedad. Marcas, influencers y plataformas colaboran para convertir aspiraciones en consumo, productos, tratamientos… Y las cirugías estéticas se venden como atajos para alcanzar la perfección.

Las consecuencias son palpables en la salud pública, sobre todo entre niñas y adolescentes. Estudios recientes muestran un aumento de trastornos alimentarios y malestar emocional vinculados a los ideales digitales. Así la presión por encajar en un molde estético tiene efectos reales en la nutrición y el bienestar psicológico de las generaciones más jóvenes.

Las redes sociales manejadas con estos intereses han convertido la vida cotidiana en un espejismo donde todo parece perfecto: viajes, cuerpos, casas, amistades... Pero esa perfección es en gran medida una construcción. Lo que se muestra suele estar editado y cuidadosamente seleccionado para proyectar una imagen de éxito y felicidad que rara vez coincide con la realidad.

El problema es que quienes consumen tal contenido terminan comparándose con algo que no existe. Y ese ejercicio constante genera frustración, ansiedad y una sensación de insuficiencia que afecta a todos, sin importar la edad. Sin embargo, en los jóvenes el impacto es mucho más profundo. Están en una etapa de formación, de crecimiento y aceptación, y las redes les venden un modelo imposible de alcanzar.

Muchos adolescentes sienten que no son suficientes porque no tienen el mismo cuerpo, las mismas cosas o la misma vida que ven en pantalla. Esa presión puede derivar en problemas de autoestima, en la obsesión por encajar en un prototipo artificial y, en casos extremos, en trastornos emocionales. Lo que debería ser un espacio de aprendizaje se convierte en una pantalla dañina, que sabe cómo minar la confianza interior.

Lo más preocupante es que esta dinámica se normaliza; pareciera que si no compartes tu vida como una rutina, entonces no vales lo mismo. Al final, las redes sociales no solo venden productos: también venden ilusiones. Y esos ideales terminan costando caro en términos de bienestar, especialmente para quienes aún están aprendiendo a definirse.

La esperanza está en la contraparte, que igualmente se puede encontrar en el universo virtual; lo que hace falta es saber buscar, ganar en conciencia crítica ante los procesos. La visibilidad de cuerpos no normativos, de identidades diversas y de belleza sin retoque ha ganado terreno, impulsada por creadores que cuestionan la falsedad en que viven otras personas y por consumidores que demandan autenticidad.

Cada persona es única, y ahí está la hermosura que más importa, acompañada de los valores y los talentos individuales, que, en conjunto, construyen la beldad más preciada.