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Las Tunas.- En un rincón tranquilo de la ciudad de Las Tunas se encuentra la casa de abuelos Guillermo Tejas Silva. Este lugar rodeado de una calidez extrema se ha convertido en el hogar de muchos adultos mayores, cada uno con su propias memorias para contar; entre ellos, resaltan dos almas: Roberto Vázquez Guerra y Maritza Fuentes Hernández.

Sus miradas se buscaban con la naturalidad de quienes han aprendido que el amor puede renacer en cualquier etapa de la vida, incluso, cuando los años ya han pintado de plata el cabello y la experiencia ha dejado huellas en el corazón.

La historia de Roberto y Maritza comenzó con la sencillez de la fe compartida y la compañía en los días tranquilos. Él, con 85 años, y ella, con 59, han tejido un vínculo, que se sostiene en la ternura de que lo sagrado los unió para caminar juntos hasta el final.

abuelos pareja de enamorados foto leanet 2Él nació en Majibacoa, donde se casó y formó una familia. Tras perder a su esposa se trasladó a Las Tunas, en el año 2010, buscando un nuevo comienzo. Se bautizó en la Iglesia bautista y comenzó a participar activamente en la comunidad. Ella, oriunda de Banes, había quedado viuda y pidió apoyo en la iglesia. Fue entonces cuando sus caminos se cruzaron.

Con el tiempo, el destino los llevó al Hogar de Ancianos. Él ingresó en el 2012, y poco después ella también fue asistida allí. Pasaron juntos cuatro años en ese sitio, compartiendo la cotidianidad. Luego, la vida le volvió a sonreír a Maritza, siendo beneficiada con una vivienda a través de la Asistencia Social. “No vas a estar en un hogar de ancianos teniendo yo mi casita”, le dijo a su compañero, y fue así como se convirtió su morada en un refugio para un par de enamorados.

“La relación la fuimos consolidando. En julio del año pasado enfrentamos nuevas complicaciones, pero juntos encontramos la manera de seguir adelante. Finalmente, hace seis meses decidimos casarnos por lo civil. Estábamos fuera de los mandamientos de Dios y entonces, en la iglesia, hicimos una ceremonia muy linda. Yo tengo 85 años, pero el hombre no debe estar solo. Estamos juntos, nos llevamos bien, no tenemos problemas”, cuenta él con serenidad.

Ella rememora con emoción las horas de la boda. “Cuando nos casamos nos tiraron fotos. Recuerdo perfectamente las palabras de la pastora de que la muerte sería lo único que nos podría separar; y yo creo que de parte mía y de él, así será”.

Ambos coinciden en que su unión está marcada por la ausencia de discrepancias mayores y la presencia constante del respeto. “De dos hicimos uno. En cinco años nunca hemos discutido. Es un amor recíproco. Cuando existe un amor de esa magnitud, ahí está encerrado todo”, afirma él.

Ella añade palabras que parecen el resumen de su devenir; entre “lo más grande y poderoso, como expresó Martí, dígase amor. Todo lo que se haga con amor es lo más grande que hay. Nosotros lo hemos hecho todo por amor, a Dios y a las personas. No necesitamos nada más”.

Hoy viven con la felicidad de que su sendero continuará hasta que la vida lo permita. Él cuenta de sus dos hijos lejos y solo mira a la mujer, que tanto sentido da a sus pasos. “Estoy seguro de que esto será hasta que uno de los dos desaparezca”.

En la casa de abuelos, donde pasan el día entre canciones y actividades físicas, su vivencia se cuenta como ejemplo de que el amor no tiene edad ni fronteras. Es un recordatorio de que, incluso en los años dorados, el corazón puede volver a latir con fuerza y esperanza.