
• A propósito del Día de los Optometristas y Ópticos de Cuba, 26 se acerca a una de sus protagonistas en suelo tunero
La carita menuda se colocó detrás del equipo. Buscó la imagen del otro lado… En instantes cambió todo el ritmo de la consulta del Centro Oftalmológico del Hospital General Docente Ernesto Guevara de la Serna. El examen del campo visual solo en ocasiones como esas anuncia la posibilidad de afecciones de salud mucho más serias, que comprometen la vida. Si el paciente es un niño de 11 años hay un sobrecogimiento genuino, todas se involucran.
Adiagna Limias Cruz asegura que esas son las jornadas que más pesan y se le atraviesan debajo de la garganta con toda la fuerza de su instinto maternal. “Ese día hicimos todas las coordinaciones, incluso estaban realizando tomografías a las edades pediátricas, y logramos que se incluyera al pequeño. Nuestra misión va siempre más allá de diagnosticar o no una deficiencia visual. Estamos aquí para ayudar”.
La optometrista de más de 16 años de experiencia conoce al dedillo los vericuetos por los que se desanda al realizar los exámenes del campo visual y tantos otros. Por su consulta todos los días desfilan pacientes de edades y afecciones disímiles, y asegura que nada es más gratificante que contribuir a que vean mejor.
“Muchas personas subestiman las deficiencias visuales, no les dan importancia. Pero ser partícipe del momento en el que alguien descubre que no alcanza ni la mitad de la visión que debería, cuando un niño solo ve las letras más grandes de la cartilla y tu lees la desesperación en el rostro de sus padres, cuando entiendes que esa persona del otro lado está irremediablemente perdiendo la vista… Ahí te enamoras más de tu profesión porque sabes que lo que haces es importante”.
DE AZARES Y EMPEÑOS
Con 37 años y una carrera sólida, Adiagna me cuenta que comenzó estudiando Medicina y estaba abrumada en horizontes que no tenían demasiado que ver con ella. Una pediatra amiga suya, Grisel, le alumbró el camino y en unos meses estaba convencida de que había nacido para ser optometrista; una que se motiva en la superación constante y que conoce el rigor de los congresos nacionales y eventos de primer nivel.
“Vemos muchos casos con glaucoma, con cataratas... Esas anomalías son las patologías más frecuentes en la población tunera; también el pterigium. El campo visual se realiza para determinar lo que tu ojo es capaz de ver mirando un punto fijo. Se hace con un equipo que tiene muchos años de explotación y que es el único en las provincias orientales”.
Dos licenciadas se encargan de este examen que involucra incluso a pacientes con problemas neurológicos. Atienden además a los niños remitidos desde el pediátrico, y hay jornadas en las que reciben también a pequeños de provincias como Granma y Santiago de Cuba para descartar sospechas de glaucoma.
“Yo soy fanática de mi profesión -agrega-. Me encanta lo que hago, ver cómo yo les pruebo a los pacientes sus cristalitos y ellos dicen: ‘¡Ay, qué cambio! ¿Me puedo llevar esto para mi casa?’. La mayoría de mis jornadas son así, de agradecimiento.
”La visión es algo que es muy sensible en la persona, y su ausencia deja una tristeza que una logra leer en los rostros. Una se sensibiliza mucho con esas personas. Por eso me atrevo a decir que en este centro se trabaja con mucho amor, porque sabemos lo que está en juego. Nos tomamos el tiempo necesario con cada paciente, sin prisas.
”Nos toca interactuar mucho con la familia. Es que es muy triste también cuando, un ejemplo, un niño quiere ser piloto; sus padres nunca se dieron cuenta de la anomalía que tenía, del defecto refractivo, y a la hora de hacerle el examen ellos descubren que fue algo que pudieron corregir.
”Muchas personas se acercan porque jugando con el niño: “A ver, tápate los ojitos...”, se dan cuenta de que no ve de un ojo, que es un niño ambliope. Pero a veces se dan cuenta cuando ya es muy tarde. Por eso no me canso de decir que la visión hay que revisarla periódicamente, que no se puede descuidar”.
Adiagna confiesa que su profesión no le da un respiro; fuera de la consulta también sigue inmersa en su empeño. La gente se le acerca, le pregunta y ella termina viéndolos en consulta.
DESAFÍOS DIARIOS
“Es complejo trabajar sin recursos -explica la doctora-. La gente a veces no entiende eso. El equipo que utilizamos tiene muchos años; incluso pudiéramos decir que es casi obsoleto, y gracias al talento de los electromédicos se mantiene en funcionamiento. Pero otros no tienen la misma suerte.
”Se necesitan piezas de repuesto que hace años no llegan, y también hay programas que se quedan obsoletos por el tiempo, y entonces no se pueden arreglar. Tenemos electromédicos muy buenos, pero hay cosas que no dependen de ellos. Este servicio es muy caro en el mundo entero.
”Desde afuera muchos no lo entienden, pero cuando cruzamos las puertas del centro venimos para ayudar, y es triste que no funcionen ciertos equipos, que falten insumos... Una se siente impotente”.
…
Adiagna transpira sensibilidad desde su espacio verde de escasos metros cuadrados. Una estancia en la República Bolivariana de Venezuela le afianzó la convicción de que pocas cosas son tan valiosas como ayudarle a otro ser humano a mirar con nitidez la vida, a disfrutar los colores. Aquí, en su entorno natural, este empeño es también abrevadero y pasión.
Del brazo de su pequeña, de camino a la escuela de arte El Cucalambé, comparte los tiempos entre los avatares de la vida diaria, las tensiones que no faltan, la economía que agoniza, el horario de apagones… Por más complejo que sea el día a día, ella guarda una certeza: escogió una profesión de luces, matices y claridad en vez de sombras.