
Las Tunas.- Hace semanas que carga un peso en el pecho. Desde que abre los ojos solo piensa en cómo estirar lo poco que tiene en el refrigerador. El dinero del salario alcanzó apenas para un par de libras de picadillo que ya le saben a cartón, 1 litro de aceite y tres paquetes de espagueti. Lleva días sin probar un grano de arroz. Su título universitario la mira ofuscado desde la pared.
No logra desconectar. La ansiedad la acompaña incluso en los momentos de silencio. Le cuesta dormir, y cuando lo hace, se despierta con la misma preocupación: ¿qué pasará mañana? ¿Habrá corriente; vendrá el pan? No tiene espacio para cuidar la mente, ni tiempo para respirar con calma. La higiene mental parece un lujo imposible cuando la realidad le exige sobrevivir.
Está irritable, sin paciencia, y a veces se aleja de los demás porque no quiere que vean su frustración. Pero al mismo tiempo, la soledad le pesa. Es como estar atrapada en un círculo: la crisis no solo vacía los bolsillos, también le desgasta el alma. Frente a la niña sonríe a la fuerza, pero tiene atravesado debajo de la garganta un nudo innombrable. Eva está al punto de perder la cordura.
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Por estos días, la angustia de Eva se replica demasiado en los barrios tuneros, casi siempre golpea más a las mujeres, las históricas hacedoras de maromas para alimentar a la familia en tiempos de mera subsistencia. Los salarios estatales son un chiste frente a la inflación que ahora sí se burla del raciocinio y no ha alcanzado su punto más castigador.
Un porciento alto de la población experimenta necesidad extrema, pero las “matronas” cargan además la responsabilidad de tener el uniforme limpio, aunque no haya una gota de agua; de calentar el almuerzo, aunque sea con un palo de escoba rebanado; y que el contenido parezca vistoso, aunque no sea un manjar ni se le acerque.
Eva ahora mismo somos miles y estoy muy lejos de romantizar la miseria. No hay psiquis que aguante tanto asedio, ni estrés. Tampoco creo que sea justo una carrera interminable de resistencia y mucho menos saludable, pero siempre hay recursos personales para conservar la calma, aun en medio de un ambiente hostil.
Te comparto una de las claves que más popularidad ha adquirido en los tiempos actuales: cuida tu higiene mental, crea rutinas conscientes que reduzcan el estrés, fortalezcan la resiliencia y promuevan el equilibrio emocional. La clave está en combinar hábitos diarios de autocuidado con estrategias de gestión de pensamientos y emociones.
Los expertos definen la higiene mental como el conjunto de prácticas y hábitos que mantienen la mente en armonía con el entorno y las relaciones, similar a cómo la higiene física cuida el cuerpo.
En este punto pensarás que empecé a romantizar y no quieres consejos, sino soluciones, que frente a un fogón de leña no se puede tener higiene de ningún tipo… No quiero opacar tu verdad, pero no pierdas de vista que tu activo más importante eres tú y que debes mantener tu vitalidad, buenas ideas, vibras, y pensamientos.
Si eres de las que le cuesta dormir, que siente una opresión en el pecho, que está disléxica, enfadada…, realiza ejercicio físico, ya sea una actividad moderada como caminar, pero libera endorfinas en rutinas sencillas. Y si quieres irte con todo mejor: levanta pesas, corre, baila.
Cuida tu alimentación. Evita el exceso de cafeína, alcohol, y protege tu sueño, a toda costa, como si fuera un tesoro. Date un tiempo para desconectar. Puede ser con tus plantas, con tu teléfono, con tu pareja, en el deporte de tu hijo…; comparte los problemas, no los tragues. Conversa con amigos, familia o grupos de confianza.
Esto es importante: evita la sobrecarga informativa, la exposición constante a noticias negativas aumenta la ansiedad. La higiene mental no es un lujo, sino una necesidad preventiva en tiempos de incertidumbre. Adoptar hábitos simples puede fortalecer la mente frente a la complejidad del entorno.
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Por si mis claves resultaran débiles ante la imposibilidad de los cambios que necesitamos todas las evas, apuesta entonces por la sororidad, ese guiño de poder re-conocernos y hacer puentes, cual maromas, para seguir cuerdas en este camino duro.

