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dulce

Las Tunas.- No es difícil imaginarse la desesperación de los padres de un niño que llega hasta Cuidados Intensivos a causa de una intoxicación por dulces en mal estado. Tampoco, sus ganas de trastocar el tiempo y borrar el minuto exacto, evitar los pinchazos, el miedo, la apretazón en el pecho dentro de las paredes verdes. Pero si involucra la irresponsabilidad de terceras personas, también es sencillo pensar en el huracán de impotencia que debe haberlos azotado.

Hace unos días se hizo notorio en redes sociales un hecho similar que suscitó cientos de comentarios y reacciones. Los dulces en estado de descomposición, ya incluso con moho según las fotos, ocasionaron una intoxicación severa a un niño pequeño. Sobre por qué los adquirieron así, penumbras e insistencia de un niño de por medio, no van estas letras. Mi preocupación nació mucho antes…

Hace un tiempo atrás adquirí un cake en una de las dulcerías más populares de Las Tunas, y caras, es justo recalcarlo. Era un regalo de cumpleaños. Cuando picaron la primera rebanada la sorpresa se convirtió en una mueca. El relleno de mermelada de guayaba estaba fermentado. No leve, condición casi imperceptible para un paladar forjado en el Período Especial, aquello estaba podrido.

Al día siguiente un familiar lo llevó hasta el local y allí, sin mucha sorpresa por parte del vendedor, pidieron disculpas y cambiaron el pastel. Aquello me molestó muchísimo. Cómo es que se atreven a vender algo que no sirve, que puede ocasionar graves problemas de salud, máxime cuando detrás de la sacarosa, en la mayoría de los casos, espera un niño el momento del disfrute.

De ningún modo siento aversión por las formas de gestión no estatales. Por el contrario, soy de las que piensa que hace un tiempo ya sostienen a este país, abastecen de los productos de primera necesidad e incluso proveen de excelentes mercancías y servicios. Ahora, en cuestiones de estabilidad y calidad siento que necesitan mecanismos efectivos que aseguren “el chiste” de la protección al consumidor.

He ordenado una pizza de camarones y una hora después me la han puesto delante con cinco ejemplares casi quemados porque, según los meseros, eran del día antes y tuvieron que calentarlos. ¡¡¡Caballero!!! Si le estoy pagando el plato como si en ese instante salieran a cazar los camarones. En un cumpleaños de mi hijo me aseguraron, en otro establecimiento, que el hedor de los embutidos se debía a que la nevera tenía problemas y no estaba enfriando bien. En fin…

Casi siempre quien da la cara es un vendedor que no es el dueño del negocio y se excusa como puede, pero no deja de ser irresponsable y ofensivo. Ya sabemos que la economía cubana nos trae sufriendo, pero si los productos se pusieron viejos, si apestan, si se fermentaron…, hay que darles baja y contar las pérdidas en el negocio. Así funciona en ese modelo capitalista que todo el mundo quiere copiar.

Algo también muy popular del próspero modelo occidental es que cualquier cadena de alimentos se cuida excesivamente de proveer productos en mal estado por miedo a demandas millonarias. Obviando las diferencias, ¿qué hacemos aquí? Quién les paga a esos padres los gastos de hospitales que, aunque la salud es gratuita, involucran transporte, alimentos, etcétera. ¿Tiene alguna repercusión un suceso así?

Muy particularmente creo que estamos viviendo en una jungla. Mucho más ahora que el fluido eléctrico es tan inestable, la inflación re-dura y parece que todo se justifica con la cortina de que estamos en un contexto complejo, de bloqueo recrudecido, donde suceden cosas más importantes como para estarse quejando. Bajo ese pretexto hoy se amontonan atrocidades y los cuerpos de inspección se difuminan.

Lo que sucedió en esa dulcería no pasa solo ahí, basta leer los comentarios en redes sociales. Creo que las personas capacitadas y asalariadas para velar por el cumplimiento de las normas de higiene e inocuidad de los alimentos tienen un arduo trecho por delante. Hay cuestiones del panorama nacional que no podemos cambiar, pero esto sí está en nuestras manos. Veamos cómo revertirlo.