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Las Tunas.- Tener un hijo es la dicha más grande del mundo, pero también es una responsabilidad inmensa. Uno ama a los hijos con el alma entera, pero hay que trabajar; hay que salir a buscar la comida, el pasaje, el pañal, el frasco de vitaminas...

Es justo ahí donde los círculos infantiles son como una mano extendida en medio del día a día, porque no es solo cuidar al niño, no; es saber que mientras trabajas o haces una gestión, tu pequeño está riendo, está aprendiendo, comiendo su almuerzo y hasta durmiendo la siesta en su catre con mucha tranquilidad. Eso, para un padre, vale más que el oro.

Las educadoras, aunque a veces les falte un ventilador o se rompa un juguete, tienen un don, le hablan a tu pequeño como si fuera de ellas, le secan las lágrimas, le celebran el primer dibujo. Usted llega después del trabajo rendido, y la “seño” le dice: “Tranquilo, que hoy comió bien y hasta compartió la merienda”. Ese cariño es el que le quita a uno el peso de encima y le permite llegar a casa con energías para darle un beso y hacerle un cuento.

Por eso, aunque a veces nos falte de todo, que nunca nos falte el cariño de esas aulas donde los infantes crecen seguros y los grandes podemos seguir adelante.

Usted va corriendo para el trabajo, el niño no se quiere poner los zapatos, y llegas al círculo con el corazón acelerado, y ahí está su ángel guardián, recibiéndolos con una sonrisa que te hac olvidar todo lo malo del mundo. "Mamá, vaya sin preocupación que yo lo calmo, cualquier cosa la llamo”. Y en ese momento, usted siente alivio.

Eso no lo compra ningún dinero. Esa confianza, ese lazo que se forma entre la familia y la institución es lo que hace que muchos padres duerman tranquilos, sabiendo que al otro lado de la puerta del círculo hay alguien que también quiere a su hijo.

El círculo infantil al tiempo que enseña a los menores a compartir, a confiar, a formar una amistad entre compañeros de salón, también educa a la familia. Al final, cuando recoges a tu hijo y ves que viene feliz, con las manitas llenas de pintura y una florecita de papel para ti, entiendes que todo el sacrificio ha valido la pena.

Ya suman 65 años siendo estos regazos el segundo hogar de millones de infantes que hoy son adultos, padres y hasta abuelos. Generaciones enteras que aprendieron a compartir la merienda, a lavarse las manos antes de comer y a decir "buenos días" en aquellas aulas llenas de soles de cartulina y rondas infantiles. Eso no es solo un aniversario, es la memoria viva de un país que decidió hace más de seis décadas que los niños son lo más importante.

Este viernes tendrá un amanecer diferente, cuando los pequeños bailen con sus gorritos de papel y las educadoras saquen el traje de gala. Celebremos a esas maestras jubiladas que todavía recuerdan el nombre de sus primeros alumnos, a las jóvenes que hoy siguen el relevo y a los padres que confían cada mañana, porque 13 lustros después, los círculos infantiles siguen siendo ese remanso de ternura en medio de las dificultades, ese lugar donde un niño deja de ser solo “hijo de” para convertirse en “nuestro niño”.
Eso, en Cuba, con todo y los tropiezos, es una revolución que nunca se acaba. ¡Felicidades a los que hacen posible esta hermosa obra!

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