
Las Tunas.- Hay nombres que la tierra no logra devorar, porque el pueblo los siembra más hondo que cualquier fosa. El 19 de diciembre de 1985, en un terreno del Club Familiar, en las afueras del municipio de Las Tunas, dos niños que jugaban a hacer hoyos en la arena desenterraron, sin saberlo, una verdad de casi tres décadas.
Lo que hallaron Elionides Moreno Rodríguez y Joan García Sánchez, de 6 y 7 años, fueron los restos óseos de Luis Armando Bory Yate, un carpintero ebanista, fundador del Movimiento 26 de Julio (M-26-7) en la zona de Mejías, cuya luz había sido apagada por la dictadura la madrugada del 12 de abril de 1958.
La historia de Bory, como lo llamaban sus compañeros, es un espejo del horror y la épica de la guerra clandestina en el oriente cubano. Nacido en Guantánamo en 1912, hijo de una bailarina de ópera mexicana y un representante republicano, su vida tuvo un rumbo que lo llevó del salón de baile a la selva. Carpintero fino, amante de la música mexicana y del baile, Bory construyó con sus manos un pequeño taller en Mejías, un pozo y una familia junto a su esposa Fenicia Núñez Baldaquín. Pero la política lo atrapó. Primero militó en el Partido Ortodoxo, donde fundó células de combate, y luego, tras el golpe de Batista en 1952, en el M-26-7, convencido de que solo las armas cambiarían el destino del país.
LA ANTESALA DEL SACRIFICIO: LA HUELGA DE ABRIL
Para entender su muerte, hay que remontarse a marzo de 1958. La dirección del Movimiento 26 de Julio en el llano había convocado a una huelga general para el 9 de abril, con el objetivo de derrocar a la dictadura. Como paso previo, el 29 de marzo de 1958, en la zona de Mejía, se produjo un alzamiento masivo. Al frente estaba Marcos Carmenate, un combatiente que había subido a la Sierra Maestra y recibido instrucciones directas del Che Guevara: organizar una tropa en el llano para futuras acciones.
Carmenate concentró cerca de 80 efectivos en el monte de Los Palmas. Entre ellos, Bory Yate, Eliades Ávila y Leonardo Gamboa. El 2 de abril, fuerzas combinadas de los cuarteles de Las Tunas y Jobabo, al mando del teniente Piña, atacaron el campamento. La resistencia fue mínima: pocas armas, casi sin parque. Al caer la noche, los guardias, temerosos de internarse en la espesura, se retiraron. Fue el momento que aprovecharon los alzados para dispersarse. La huelga nacional fracasó, y la tropa rebelde se fragmentó en pequeñas partidas.
Bory, fiel a su instinto de supervivencia, se unió al grupo de Manuel Naranjo y Rosendo Arteaga, buscando la ruta sur. “Bory trabajó con nosotros en el "26" —recordaría después uno de sus compañeros. Después del ataque, cuando nos reunimos en Peladero, la tropa se dividió y él salió hacia la costa sur con el grupo de Rosendo Arteaga. Estuvimos juntos hasta el 6 de abril…”.
LA FATALIDAD EN LAS MERCEDES Y LA CAÍDA EN MANOS DEL VERDUGO
La crónica del martirio de Bory tiene un punto de inflexión cruel, casi shakesperiano por su ironía. En la madrugada del 7 de abril, el grupo rebelde se detuvo en la finca Las Mercedes para adquirir provisiones en la tienda de Antonio Serrano (Toñito), un colaborador del "26". El ruido despertó a su hermano Eduardo, quien, temeroso de los asaltantes comunes que asolaban la zona, salió corriendo y disparó al aire.
En la confusión, los rebeldes, creyéndose atacados por el ejército, ripostaron. Una bala alcanzó a Bory. Otra hirió de gravedad a Eduardo Serrano, quien moriría en el camino. Los rebeldes montaron a los heridos en un vehículo para llevarlos a Jobabo, pero una patrulla del ejército los interceptó. Bory cayó entonces en manos del Teniente Piña, el mismo oficial que días antes había atacado su campamento y a quien, paradójicamente, Bory le estaba construyendo un juego de muebles en su taller de Mejías.
“Era carpintero fino, de mediana estatura, muy alegre —recordaría un vecino. Cuando Piña le encargó el juego de muebles, quiso sonsacarlo, como quien no quiere las cosas. Pero el revolucionario, entre sus virtudes, contaba con la discreción y la entereza de carácter, no dejándose provocar”.
EL HOSPITAL, LA TORTURA Y LA NOCHE ETERNA
Tras ser capturado, Bory, gravemente herido, fue trasladado al Hospital Civil de Las Tunas. Allí, en un salón para pobres, convalecía bajo custodia. Su esposa Fenicia lo veía a diario. La última vez, le llevó un par de medias azules. Nadie sabe con certeza qué sucedió en la madrugada del 12 de abril de 1958. Testimonios coinciden en que agentes del temido Servicio de Inteligencia Militar (SIM) lo sacaron del hospital sin explicación alguna.
Esa misma noche, mientras Bory era sometido a torturas salvajes, su casa de guano en Mejía fue incendiada. “Por un perro que teníamos es que estamos vivos —narró Fenicia décadas después. Echaron gasolina por detrás de la casa y le dieron fuego. El perro nos despertó con sus ladridos… En pie solo quedó el pozo, a varios metros de la casa. Bory lo había hecho todo con sus manos. Incluso en el brocal del pozo grabó su nombre y la fecha en que lo terminó”.
Tras el suplicio, el cuerpo ultimado de Luis Armando Bory Yate fue llevado a un lugar apartado, cerca del Club de Leones (hoy Club Familiar), en la carretera de Holguín, a orillas del riachuelo Doña Juana. Allí lo enterraron, sin nombre, sin cruz, sin nada.
LA SUERTE DE SUS HERMANOS DE ARMAS
Bory no cayó solo. La represión fue sistemática. Rosendo Arteaga Guerra, su compañero más cercano, fue detenido poco después mientras esperaba un transporte. Conducido al cuartel de Jobabo, fue torturado y asesinado. Nunca se supo más de él… hasta 1970. Ese año, durante la zafra de los Diez Millones, una brigada de jóvenes del instituto de Holguín que trabajaba en el antiguo cuartel de la guardia rural realizó unas excavaciones y halló unos restos humanos. Los análisis forenses confirmaron lo que el pueblo ya intuía: era Rosendo Arteaga.
Eliades Ávila Acosta y Leonardo Gamboa Téllez, fundadores de la célula de Mejías junto a Bory, cayeron en combate el 12 de octubre de 1958 en Cañada de Palmas. Los esbirros se ensañaron con sus cadáveres, los balearon repetidamente y los arrojaron a una alcantarilla en la entrada del camino de El Sao.
Guillermo Facundo Merino, otro compañero del grupo de Carmenate, fue detenido en Las Tunas en octubre de 1958. Su cadáver apareció días después en Jobabito, junto a la Carretera Central. Allí estuvo dos meses insepulto, hasta que un hermano reconoció sus ropas.
EL HALLAZGO Y LA VERDAD QUE NO MUERE
Durante 27 años, la familia de Bory mantuvo viva la certeza de su asesinato, pero no el lugar. El hallazgo fortuito de los niños en 1985 puso fin a ese calvario. Las autoridades convocaron al antropólogo forense Héctor Soto Izquierdo, del Instituto de Medicina Legal de La Habana, y al médico forense Fernando García (Rolo) de Las Tunas. Gracias a las prendas de vestir reconocidas por la esposa y los hijos de Bory —entre ellas, quizás, aquellas medias azules—, se confirmó la identidad.
Sus restos fueron velados en la Sala de la Gloria Combativa de la Unidad de Instrucción de la Seguridad del Estado, luego recibieron honores en la Dirección Municipal de los Combatientes de la Revolución Cubana y, finalmente, fueron sepultados en el panteón del Ejército Rebelde en Las Tunas.
PORQUE LA MEMORIA ES RESISTENCIA
Hoy, cada año, en Las Tunas y en cada rincón de Cuba donde un niño aprende qué significan las siglas M-26-7, se realizan actos de homenaje a estos combatientes. Sus nombres no están escritos en mármol frío, sino en la piel caliente de un pueblo que no olvida. Porque Bory Yate, Rosendo Arteaga, Eliades Ávila, Leonardo Gamboa y Guillermo Merino no son fantasmas del pasado: son faros.
Por eso, los cubanos levantamos cada día la frente firme ante las amenazas del imperio. Porque sabemos de qué es capaz el terror cuando no hay quien lo enfrente. Porque llevamos en la memoria los pozos donde un carpintero grabó su nombre, las alcantarillas donde arrojaron a nuestros mártires, los cuarteles donde la tortura fue ley. Y no, no permitiremos que esos crímenes vuelvan a ocurrir nunca más.