
A propósito del Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, 26 conversa sobre los desafíos que aun enfrentan las personas ajenas a la visión heteronormativa en nuestra sociedad
“Mi nombre es Susel. Para el mundo, durante 22 años fui Yosbel, un muchacho de campo, del barrio Las Minervas en San Antonio, Jobabo. Pero esa persona nunca fui yo realmente. Llevo ya 10 años vistiéndome de mujer, una década entera en la que he luchado por fuera para reflejar lo que siempre sentí por dentro.
“Mi infancia en el campo fue la primera señal. Yo siempre soñaba con ser la enfermera o la maestra. Ir al campo a trabajar con mi papá no me gustaba; lo mío era andar en la casa, ‘fregando’, como decían. Esas cosas, que ahora entiendo, eran mi esencia gritando en silencio.
“Pero empezar a ser yo misma fue una etapa muy difícil. Mi mamá, con el tiempo, me aceptó. Mi papá, no. Para él, lo mío era una enfermedad, un problema que había que curar. Me llevaron al psicólogo, pero el verdadero terror estaba en casa. Mi papá me velaba, me perseguía con un machete, quería matarme por ser como soy. No tuve otra opción: me fui de la casa huyendo para salvar mi vida.
“Tuve que dejar los estudios. La falta de respeto en mi propia familia era constante: si me agachaba, molestaba; si lloraba, era peor. Con el tiempo, logré graduarme como Técnico Medio en Elaboración de Alimentos en el IPA Manifiesto de Montecristo, pero no quise seguir la carrera. La vida me llevó a trabajar en Comunales, limpiando un parque en Jobabo. Fueron dos años muy difíciles.
“En ese entonces, me identificaba como un hombre gay. Aún no me atrevía a dar el paso definitivo. Ese paso llegó cuando me fui a vivir a Guayaban, en el municipio de Amancio. Allí, viendo a otras personas que se vestían de mujer, ya no me hallaba en el cuerpo de hombre. Yo no me sentía hombre. Empecé a salir de noche vestida de mujer, la pareja que tenía en ese momento también me animó mucho, hasta que un día dije: ‘Se acabó’.
“Me cansé de vestirme de hombre y empecé a vivir como mujer a tiempo completo. Fue mi renacer. Viví años muy complejos hasta que encontré un norte. Conseguí trabajo como auxiliar de limpieza en el hospital Guevara. Allí la expectación fue divina. La directora es una persona maravillosa y el hospital se ha convertido en mi segundo hogar.
“Luego trabajé un tiempo en la emisora provincial Radio Victoria, otra etapa buenísima donde me sentí muy querida, pero el hospital me tiraba. Regresé y hasta ahora soy asistente general de servicio, secretaria de salón. Allí me siento en familia, no hay discriminación, todos me llaman Susel. Es una maravilla. El nombre lo elegí yo. Me gustaba cómo sonaba ‘Susel’, lo sentía muy femenino. Lo busqué en Google y vi que significa paz, y me encantó aún más.
“Ahora estoy en el proceso legal para cambiarme el nombre; solo el nombre, porque los apellidos de mamá y papá se mantienen. Así puedo reclamar cualquier herencia sin problemas. Hoy, mi relación con la familia es agridulce. Mi mamá es mi todo, ya me acepta y me dice Susel. Pero cuando llegan las visitas y preguntan por Susel, mi papá aclara que todavía considera que es una enfermedad y salta: ‘No, es Yosbel, mi hijo’”.
Leer más: Lo dije y el mundo cambió
DE LAS LÁGRIMAS AL EMPODERAMIENTO
La historia de Susel se multiplica en el entorno tunero. A pesar de contar con un entramado legal novedoso e inclusivo, falta mucha aceptación y respeto para las personas ajenas a la visión heteronormativa que por siglos se ha impuesto en el imaginario colectivo.
En un diálogo franco y revelador, conversamos con Raydel Bejerano Balmaceda, psicólogo del equipo técnico provincial del equipo ITS-VIH-Sida y hepatitis en Las Tunas, sobre los desafíos que enfrentan las personas trans en nuestra sociedad. Entre la reflexión psicológica y el llamado a la acción colectiva, desgrana las claves de un camino que, insiste, comienza siempre en el espejo propio.
¿El daño que la sociedad puede causar a una persona trans u homosexual está muy ligado a la propia aceptación?
“Primero tiene que haber una aceptación personal para que la sociedad te pueda aceptar y respetar tal y como eres. Eso tiene que ver con la autovaloración, la autoestima, el autoconcepto, la manera de ver la vida.
“En función de eso, te proyectas en la sociedad. Porque esta te puede ver hoy de una manera, y mañana de otra. No es que hoy te vistes de mujer y a los pocos días de hombre. Si eres una chica trans y estás bien identificada, definida en lo que eres y quieres, te vas a vestir de mujer todo el tiempo. Así te verá la sociedad, así te aceptará. Quizás no te comprenda, pero sí te aceptará”.
¿Entonces la clave está únicamente en el individuo?
“No, también tiene que ver con las políticas públicas. Hay muchas leyes que regulan el comportamiento hacia estas poblaciones clave. Hoy tenemos un servicio de orientación jurídica que protege contra el estigma, la discriminación y la desigualdad de género.
“Ha venido incrementándose porque las personas lo conocen, se identifican mucho más con lo que son y exigen un respeto social. Pero para eso, insisto, primero tiene que respetarse el ser humano, la propia persona”.
¿Existe alguna ayuda desde el centro de salud para quienes no acaban de asumir su orientación sexual? Vemos casos de personas que oscilan en su expresión de género.
“Sí, precisamente. Existe una coordinadora trans que las agrupa en la provincia, y en cada municipio hay promotores que realizan actividades de consejería y educativas. También está la línea Tuna ayuda, un teléfono para aconsejar y orientar.
“Y detrás del Centro Provincial de Higiene, tenemos un espacio amigable que funciona a partir de las 4:00 de la tarde para todas estas personas, donde pueden recibir asesoría, orientación o realizarse una prueba de VIH. Además, están las consultas de Psicología en el Centro Comunitario de Salud Mental”.
En muchas ocasiones, el imaginario colectivo asocia la comunidad LGBTIQ+ con el consumo de las drogas o la prostitución. ¿Qué tan real es esto?
“Se debe, primeramente, a la aceptación individual. Cuando tienes un conflicto de atracción y rechazo, cuando quieres vivir tu orientación, pero no quieres que la sociedad sepa, buscas descargar la tensión. ¿Qué haces? Recurres a determinados sitios de encuentro a altas horas de la noche, donde no te conocen, donde a lo mejor recibes algo a cambio. Hablamos del sexo transaccional: ‘Recibo algo que me permite comprarme un maquillaje, una casa, una ropa para trabajar’.
“Y esto se agrava cuando no hay aceptación familiar. La madre suele identificar la orientación del hijo, pero si el padre no lo acepta, hay una disputa que genera en la persona ansiedad, estrés, desesperación, angustia. Eso provoca desde una ideación suicida hasta el suicidio. Y hemos tenido casos de padres que han intentado quitarse la vida por no haber aceptado a su hijo a tiempo”.
Hemos hablado del ámbito social y familiar. ¿Qué daño puede ocasionar la no aceptación en el ámbito laboral?
“Un clima de rechazo reduce la productividad, la creatividad y afecta el rendimiento del equipo. Además, la entidad se expone a daños reputacionales, denuncias formales y multas por violación del deber de prevenir la discriminación.
“No aceptar a una persona trans en Cuba implica excluirla socialmente, dañar su salud mental. La evolución legal y social en nuestra Isla demuestra que excluir no es una opción válida. El país necesita ‘el concurso de todos’, y respetar la identidad de género en el trabajo es una condición indispensable para construir una sociedad”.
CLAVES DE PAZ
EL psicólogo sostiene de principio a fin que el camino hacia una sociedad verdaderamente inclusiva se construye sobre dos pilares inseparables: la aceptación personal y el respeto colectivo. “Si hoy te respetas, mañana te harás respetar”, parece ser la máxima que resume su pensamiento.
En una provincia donde los servicios de orientación y los espacios amigables ya son una realidad tangible, el reto pendiente trasciende las leyes y las políticas públicas. Se aloja en la intimidad de los hogares, en las conversaciones cotidianas de los centros laborales y, sobre todo, en la mirada que cada persona dirige al espejo.
El mensaje es claro: la dignidad no se mendiga, se ejerce. Y el primer paso siempre será, en palabras del especialista, que “usted tiene que aceptar realmente su orientación sexual”. Porque el respeto social no es un regalo que se otorga, sino una conquista que comienza en el silencio del autoconocimiento y se proyecta, inevitablemente, hacia la calle.
…
Para Susel ha sido un camino largo, desde aquel niño que jugaba a ser maestra en el campo hasta la mujer que hoy camina segura por los pasillos de su centro de trabajo. Lleva entre la sien 10 años de lucha, una familia dividida y un nombre propio que, por fin, está a punto de hacer valer ante la ley. Pero hoy se sabe tranquila, serena, en paz con esa esencia que siempre tuvo dentro.