
Las Tunas.- Hay personas que no caben en una sola palabra. A Xiomara Mercantete Rodríguez le sobran los títulos -psicóloga, máster en Longevidad Satisfactoria, feminista, sindicalista, comunicadora-, pero ninguno alcanza a definirla del todo. Quizás por eso, cuando una se sienta a conversar con ella, lo primero que descubre es que su verdadera vocación no está en los diplomas que cuelgan de la pared, sino en una pregunta que se repite en voz baja cada mañana: “¿A quién puedo ayudar hoy?”.
Han pasado más de dos décadas desde que esta tunera incansable entró al Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología, pero su historia empezó a tejerse mucho antes, en los pasillos de una fábrica, en el fragor de las asambleas obreras, en el rostro de una mujer que un día llegó a su consulta sin saber cómo hablar de su propio cuerpo.
Xiomara guarda esas postales de la memoria con el mismo celo con el que abraza a sus pacientes adultos mayores o a los adolescentes que cada mes se sientan en círculo a ver una película y a soñar despiertos. La anécdota fundacional de su psicología -esa que no aparece en los manuales- ocurrió en los tiempos de la Central de Trabajadores de Cuba.
Allí, entre demandas sindicales y conflictos laborales, la joven Xiomara descubrió algo que marcaría toda su carrera: detrás de cada reclamación salarial había un divorcio mal curado, un hijo con problemas, una soledad que nadie se atrevía a nombrar. "Aprendí a escuchar", confiesa hoy, y en esa frase resume una filosofía de vida que luego llevaría al policlínico Aquiles Espinosa, donde durante seis años ejerció como una de las precursoras de la terapia sexual en la provincia.
En una época donde hablar de intimidad era casi un tabú, ella abrió su consultorio y, sobre todo, abrió su corazón. Vinieron mujeres y hombres con vergüenza, con miedo, con siglos de silencio a cuestas, y encontraron en aquella psicóloga menuda un espacio sin juicios, solo con preguntas amables y una escucha que lo cambiaba todo.
Pero si hay un lugar que Xiomara recuerda con un brillo especial en la mirada, ese es Geocuba. Estuvo apenas un año, un suspiro en términos laborales, pero fue tan intenso que aún hoy lo describe como "uno de los colectivos más maravillosos" de su vida. Allí no era la psicóloga de oficina que baja a dar una charla y se va; era una más entre topógrafos, geofísicos y trabajadores de campo que le enseñaron a leer mapas mientras ella les enseñaba a leer sus propias emociones.
La lección fue doble y definitiva: la salud mental no se construye en el diván, sino en el barro de lo cotidiano, en la pausa del almuerzo, en la palmada al hombro del compañero que está pasando una mala racha. Geocuba le devolvió la certeza de que la Psicología, cuando es genuina, se parece más a un abrazo que a un diagnóstico.
El año 2000 la encontró en el Centro Provincial de Higiene, que entonces se llamaba Departamento de Prevención de Enfermedades y hoy es ProSalud. El cambio de nombre no fue cosmético, sino conceptual, y Xiomara lo vivió como una revelación: ya no se trataba solo de evitar que la gente enfermara, sino de promover activamente el bienestar.
Y ahí, en ese nuevo paradigma, ella encontró su lugar. Se hizo máster en Longevidad Satisfactoria -tres años de estudio intenso que cerró con una calificación de excelente- y empezó a trabajar con adultos mayores desde una óptica que rompía con el asistencialismo paternalista. Sus pacientes no eran "viejitos" que necesitaban cuidados, eran hombres y mujeres con proyectos, con sueños aplazados, con historias que merecían ser contadas y escuchadas.
El doctorado en Ciencias, confiesa con una pizca de nostalgia, se le quedó en el tintero: terminó el diplomado, pero la vida -siempre tan llena, tan suya- le impidió llegar a la tesis. "Hoy, cuando hago el recuento, digo: 'Xiomara, te quedó esa espinita'". Pero no hay tiempo para lamentos; hay demasiado por hacer. Porque en el camino apareció el el Programa de Atención Materno Infantil (PAMI) y con él la urgencia de mirar a los adolescentes.
Xiomara se encontró con un panorama que la desveló: embarazos precoces, infecciones de transmisión sexual, violencia de género disfrazada de amor romántico, drogas que entraban por las rendijas del ocio y la desinformación. No se quedó de brazos cruzados…
APRENDER A ESCUCHAR
Llamó a su hija y juntas fundaron la Sala de Sueños en la secundaria básica Wenceslao Rivero. La dinámica es tan sencilla como poderosa: proyectan una película cargada de valores humanos y luego se sientan en el piso, en círculo, a conversar. Pero conversar de verdad, sin sermones, sin jerarquías. Allí los muchachos hablan de lo que no se atreven a decir en casa: los celos que asfixian, la presión del grupo para probar lo prohibido, el bullying que deja cicatrices invisibles.
Xiomara escucha, pregunta, acaricia una cabeza rebelde, siembra preguntas en lugar de respuestas. "Profe, es que en mi casa nadie me escucha como ustedes", le dijo un día un adolescente, y ella sintió que ese era el mayor título que podía recibir.
La primera generación del proyecto ya está en el Preuniversitario; la segunda va por la mitad del camino. En cada película proyectada, en cada debate, hay un acto de resistencia contra la indiferencia.
HUELLAS, PROYECTOS…
Hay un capítulo de su vida que Xiomara cuenta con un temblor distinto en la voz. No es tristeza, es reverencia. Esa mujer se llama Vilma Espín. Miembro del Secretariado Provincial de la Federación de Mujeres Cubanas, Xiomara tuvo el privilegio de trabajar directamente con ella, de verla dirigir, de escucharla en reuniones nacionales a las que llegaban mujeres de toda la Isla.
"Vilma era un ser humano inigualable", dice, y las palabras se le quedan cortas. Recuerda cómo aquella mujer menuda y de carácter firme las llevó a lugares que nunca imaginaron conocer, cómo les enseñó que el feminismo cubano no era copia de ningún molde extranjero, sino una lucha auténtica por la dignidad. "La Revolución es esto -les repetía-, que cada mujer tenga voz".
Xiomara atesora esa frase y la honra cada día, no desde la tribuna, sino desde el territorio, acompañando a mujeres golpeadas por la vida, orientando a muchachas que repiten patrones de sumisión sin saberlo, recordando que la igualdad no se decreta, se construye en el hogar y en la calle. Y como si todo esto fuera poco, también está el sindicato.
A Xiomara le preguntan con frecuencia cómo logra multiplicarse tanto. Ella se ríe porque la pregunta la persigue. La respuesta es simple y compleja a la vez: la pasión. Fue miembro del Comité Nacional del Sindicato de la Salud y hoy es secretaria del Buró Sindical. Recién jubilada, se volvió a recontratar de inmediato. No concibe la vida sin un proyecto, sin una causa colectiva que abrazar.
El sindicato, dice, es su otra familia, un espacio donde defender a los trabajadores de la Salud es también una forma de defender la salud del pueblo. Disfruta mediar en conflictos, gestionar soluciones, acompañar a un compañero en un trance difícil. "El sindicato me ha enseñado que la solidaridad no es una palabra bonita, es un músculo que se ejercita".
Pero quizás la faceta que más ha acercado a Xiomara al corazón de los tuneros es la de comunicadora. Lo entendió temprano: la Psicología no puede quedarse encerrada entre cuatro paredes. Hay que salir a la Radio, a la Televisión, a la prensa plana, a las redes sociales. "He llegado, incluso, más allá de la frontera", afirma, y no hay vanidad en su tono, sino la constatación de un hecho: sus consejos, sus reflexiones, su manera cálida y directa de hablarle a la familia cubana han encontrado eco en muchas partes.
La comunicación es para ella un puente, una forma de democratizar el conocimiento psicológico, de poner herramientas al alcance de quien no puede ir a una consulta. Cada mensaje que recibe de alguien que escuchó su intervención radial y logró tomar una decisión, cada correo de una madre agradecida es un recordatorio de que la voz, cuando se usa con responsabilidad, puede ser un bálsamo.
Al final de la conversación, Xiomara se permite un instante de ternura íntima. Habla de sus hijos, de su nieta que va para el Preuniversitario y canta precioso, de su nieto Lucas, el pequeño de casa; de Zamora, su compañero de vida...
"Me falta por ver esas cosas lindas", murmura, y en esa frase cabe todo su universo afectivo. No pide viajes ni descanso; pide tiempo para seguir sembrando. Es que Xiomara Mercantete Rodríguez no entiende la jubilación como un punto final, sino como un punto y seguido.
Mientras haya un adolescente que necesite proyectar sus sueños en una pantalla, un adulto mayor que requiera ser escuchado, un trabajador al que defender, una mujer a la que empoderar, esta psicóloga tunera seguirá dando el paso al frente. Porque -y esta es la lección más profunda de su historia- la verdadera longevidad satisfactoria no se mide en años vividos, sino en vidas tocadas. Y Xiomara, sin duda, ha tocado muchas.

