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Las Tunas. - Aún no ha salido el sol sobre Las Tunas cuando los pasillos de la unidad quirúrgica del Hospital Ernesto Guevara empiezan a bullir. Son las siete y media de la mañana y Nilza Espinosa Pérez, jefa de enfermería, cruza la puerta con el paso firme de quien lleva años pisando esos salones. "Desde que entro es realizando todos los procesos —explica mientras ajusta su mascarilla—, garantizando los insumos para dar comienzo al día de hoy".

Afuera, la provincia despierta con apagones, pero aquí dentro la prioridad es una sola: que ningún bisturí se detenga. Esa determinación es el pulso que define hoy al principal centro quirúrgico del territorio. Con seis salones —dos para urgencias y cuatro para cirugía electiva—, el hospital ha asumido un rol que va mucho más allá de sus paredes.

dr oncoLa geografía de la salud en Las Tunas se ha reconfigurado silenciosamente, y el Guevara se ha convertido en el corazón que bombea oxígeno quirúrgico a toda la provincia. "La mayor movilidad la tenemos en la urgencia", sentencia el doctor Carlos Rafael Pérez Santiesteban, subdirector clínico quirúrgico. "El hospital está recibiendo prácticamente la mayor movilidad de la provincia debido a las dificultades eléctricas que tienen los municipios".

Jobabo, Amancio, Puerto Padre: son nombres que en el mapa parecen cercanos, pero que la crisis electroenergética ha vuelto distantes cuando de una intervención urgente se trata. Localidades que cuentan con quirófanos, con personal formado, con condiciones creadas, pero donde un apagón prolongado puede convertirse en la diferencia entre operar a tiempo o asumir un riesgo inaceptable.

"Recibimos pacientes con oclusión intestinal, apendicitis agudas, úlceras perforadas… prácticamente toda la traumatología de la provincia", detalla el doctor, y en su enumeración se adivina el peso de una responsabilidad que no estaba en los planes originales de nadie.

La cirugía de urgencia no espera. No entiende de horarios, no respeta fines de semana, no se apiada de las carencias. Entre diez y doce cirugías mayores se contabilizan cada día. Son vidas que llegan con el tiempo contado, con familias que se quedan afuera mascando la incertidumbre, con diagnósticos que no admiten dilación.

Andrés Durañona enfermero  "Aquí todo es incierto, es movido", confiesa Andrés Durañona, enfermero especializado en unidad quirúrgica y mínimo acceso, con la sonrisa de quien ha hecho de la adrenalina su zona de confort. "Todos los días algo nuevo, uno ve una cosa diferente. En tantos años, todos los días se aprende algo nuevo".

Su voz no trasluce queja, sino una extraña forma de orgullo forjado en la tempestad. Porque en el quirófano, la incertidumbre no es solo un desafío: es también un maestro implacable que forja carácter y templa los nervios.

ESTERILIZAR CONTRA EL RELOJ

Sostener ese ritmo exige una batalla paralela que se libra en la trastienda logística, lejos de la luz de los focos quirúrgicos pero tan determinante como el pulso del cirujano. "Tenemos muchas dificultades en cuanto a recursos debido al bloqueo —subraya el subdirector—. No solo es el tema de los insumos, también el combustible que nos afecta para la transportación".

 La palabra "bloqueo" sobrevuela todas las conversaciones como un fantasma con consecuencias tangibles: no es una abstracción política, es la pieza de instrumental que no llega, el suero que escasea, el camión que no puede salir a buscar lo que hace falta.

 Durañona, con cuatro décadas de oficio a cuestas, lo resume sin titubeos y sin dramatismo, con la crudeza de quien describe su realidad cotidiana: "Prácticamente tenemos escasez de todo. Medicamentos, soluciones, esterilizantes… ".

 La paradoja es demoledora: se puede tener el mejor cirujano, el diagnóstico más certero, la voluntad más firme, pero si el instrumental no está estéril, nada de eso sirve. La esterilización es el primer eslabón de la cadena, y cuando ese eslabón tiembla, todo el andamiaje quirúrgico se resiente.

 Nilza Espinosa PérezNilza Espinosa traduce ese desafío al lenguaje cotidiano del quirófano, ese que se mide en minutos de espera que para el paciente son horas de angustia: "Nos choca la parte de la esterilización. Eso nos demora y afecta para dar comienzo a la actividad en horario, a las ocho de la mañana, para que ese paciente que está esperando no se ponga ansioso, incómodo desde el día anterior en ayuno".

 La imagen es potente: un ser humano que lleva desde la noche anterior sin probar bocado, con el miedo anudado en el estómago vacío, esperando que una autoclave complete su ciclo para que el bisturí pueda por fin hacer su trabajo. "Eso es lo que más nos estresa", confiesa Nilza.

Pese a todo, el hospital ha logrado blindar lo esencial mediante una combinación de previsión, prioridad institucional y pura inventiva. "Tenemos cubierto con antibióticos, insumos, material estéril e instrumental para cualquier tipo de cirugía de urgencia", asegura Pérez Santiesteban.

Y cuando algo falta, entra en juego ese arte de la gestión sobre el terreno que no se enseña en las universidades pero que en Cuba se aprende por fuerza mayor. "Siempre buscamos una estrategia —explica la jefa de enfermería—. Gestiones a nivel de fuera del hospital, en otras instituciones, y se resuelve. Nuestro consejo de dirección nos da nivel de prioridad".

EL MILAGRO DE LA CIRUGÍA QUE NO SE APAGA

En ese equilibrio precario brilla con luz propia la cirugía endoscópica, una disciplina que en otros confines de la isla prácticamente ha desaparecido pero que aquí se resiste a extinguirse. El Guevara es el único centro de la provincia que realiza estos procedimientos mínimamente invasivos, una ventana de modernidad en medio de las carencias que desafía toda lógica. "Es beneficioso para el paciente: disminuye la estadía hospitalaria, el gasto de antimicrobianos, los costos", enumera el subdirector.

 Pero mantener viva esa tecnología en las condiciones actuales tiene algo de heroico. "Los equipos y el instrumental se mantienen a pesar de tener 20, hasta 25 años de uso, como las cámaras", revela Pérez Santiesteban, y el dato golpea con la fuerza de lo inverosímil.

"Es difícil mantenerlo, pero lo mantenemos". La frase, dicha sin énfasis, encierra miles de horas de ingenio, de reparaciones artesanales, de piezas adaptadas, de soluciones que ningún manual contempla. Mientras en buena parte del oriente cubano estas técnicas han desaparecido, aquí se siguen realizando artroscopias, cistoscopias, resecciones de próstata y tumores de vejiga.

El motor de esta resistencia no es otro que el factor humano. La tecnología, por precaria que sea, no opera sola. "Felizmente estamos cubiertos en cuanto a personal —señala Nilza—. Enfermeros de años en la unidad, muy responsables, de experiencia, que ya solo se conducen prácticamente y saben qué conductas tomar".

Esa autonomía del personal no es casualidad: es el fruto de años de trabajo en condiciones límite, donde cada profesional ha desarrollado un instinto para anticipar problemas y resolverlos antes de que escalen. En un entorno donde los recursos fallan, la experiencia se convierte en el recurso más valioso.

 Andrés Durañona, a pocos años de la jubilación, no lo duda cuando se le pregunta por qué sigue aquí. "Llevo 43 años dentro del salón y creo que pienso jubilarme aquí". Luego, como si hablara de un amor secreto, añade: "Lo que más me gusta es la cirugía endoscópica".

En esa frase habita todo el espíritu de una unidad quirúrgica que se niega a rendirse: la pasión por la técnica más avanzada, mantenida viva con ingenio y devoción. No es estoicismo vacío: es la convicción profunda de que lo que hacen importa, de que cada operación exitosa es una respuesta a las dificultades.

LO ESENCIAL NO SE SUSPENDE

Al caer la tarde, los salones del “Ernesto Guevara” no descansan. La guardia entrante toma el relevo, los instrumentos se esterilizan con dificultad pero sin pausa, y en algún rincón un paciente despierta de la anestesia con una apendicitis resuelta por tres mínimas incisiones. La odisea quirúrgica continúa. No porque las condiciones sean ideales, sino porque aquí se ha decidido, colectivamente, que lo esencial no se suspende.

 Operar es, para estos hombres y mujeres, un acto de fe cotidiana. Una fe que no se deposita en promesas ni en grandes discursos, sino en las manos del que sostiene el separador, en la mirada del anestesista que monitoriza las constantes... Y, como dice Nilza mientras revisa el programa del día siguiente con la misma determinación de cada mañana, "nada de eso nos detiene".

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