
Las Tunas.- La historia del fútbol recuerda con vergüenza el 3 de septiembre de 1989. Aquel día se jugaba en el estadio Maracaná, de Río de Janeiro, el partido de vuelta entre Chile y Brasil, clasificatorio para el Campeonato Mundial de Italia 1990. Los visitantes estaban conminados a ganar, y su portero Roberto Rojas (apodado El Cóndor) se mostraba dispuesto a hacer lo que fuera para conseguirlo.
Desde el pitazo inicial, la atmósfera se saturó de tensión. Unos mil 500 policías debían garantizar el orden entre los casi 130 mil hinchas que saturaban las gradas. El primer tiempo terminó con empate a cero goles, pero, tan pronto comenzó el segundo, el brasileño Careca -compañero de Maradona en el Napoli- anotó por los locales, lo que hizo más difícil la tarea de los visitantes.
Hasta el minuto 69 se luchó con gallardía sobre la cancha. Pero una bengala procedente del graderío lo echó todo a perder. En ese instante, la Televisión local enfocó al cancerbero chileno tocándose la cara cubierta de sangre. Pero en ningún caso reflejó que el proyectil hiciere impacto en su cabeza. Rojas fue retirado de prisa a los vestuarios por sus compañeros y el juego se suspendió.
Minutos después, Chile informó que no retornaría al terreno. El Gobierno militar envió un avión para que Rojas y el equipo regresaran al país; en Santiago la indignación devino violencia. Una multitud se concentró frente a la Embajada de Brasil e hizo volar sus vidrios a pedradas. Sin embargo, una fotografía publicada por el periodista argentino Ricardo Alfieri esclareció lo sucedido.
En la imagen se vio como la bengala cayó a un metro del portero. La FIFA investigó y llegó a la conclusión de que la herida se la infligió el propio Rojas. Catalogó el acto como “el más grande intento de engaño de la historia del fútbol”. El Cóndor fue inhabilitado de por vida para jugar partidos internacionales. Años después le confesó al diario chileno La Tercera: “Soy culpable. Yo mismo me corté con una navaja de afeitar que llevaba oculta en uno de mis guantes”.