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ruido contaminación

Las Tunas.- Hay conductas que, por repetirse todos los días, corren el riesgo de parecer normales. Pero no lo son. Y una de ellas es el irrespeto al derecho de la población al descanso. En el municipio de Amancio son cada vez más frecuentes las quejas de vecinos por el ruido excesivo que provocan algunas motorinas o bicimotos al transitar por la avenida Sergio Reynó durante las noches, con equipos de audio a un volumen que nada tiene que ver con el disfrute personal y sí mucho con la falta de consideración hacia los demás.

A ello se suma la música a altos decibeles que, en no pocos barrios, continúa sonando después de las 10:00 de la noche, cuando la mayoría de las familias intenta descansar.

Vale preguntarse: ¿qué derecho puede tener una persona a imponer su música sobre el sueño de todo un vecindario? Ninguno.

El descanso es una necesidad básica y un derecho de todos. No se puede hablar de calidad de vida mientras un niño no puede dormir para asistir al día siguiente a la escuela, un trabajador enfrenta una jornada laboral sin haber descansado lo suficiente, un adulto mayor pasa la noche en vela o un enfermo ve agravada su situación por el ruido constante. Recordemos que ya los apagones hacen lo suyo.

La ciencia ha demostrado que la contaminación sonora no es un problema menor. Dormir mal de forma reiterada favorece el estrés, la ansiedad, la irritabilidad, disminuye la capacidad de concentración y puede aumentar el riesgo de enfermedades cardiovasculares.

El ruido también deteriora la convivencia y genera conflictos que podrían evitarse con un poco de respeto y responsabilidad.

No se trata de prohibir la música ni de limitar la recreación. Se trata de entender que la libertad de una persona termina donde comienza el derecho de los demás. La convivencia exige normas, educación y sentido común.

Por eso también corresponde a las autoridades actuar con mayor sistematicidad. Las regulaciones existen y deben hacerse cumplir.

La labor preventiva, la presencia de los organismos encargados del orden público y la aplicación de las medidas previstas para quienes incumplen las disposiciones sobre contaminación sonora son herramientas necesarias para proteger la tranquilidad ciudadana. La permisividad, por el contrario, solo favorece que estas indisciplinas se multipliquen.

Pero sería un error pensar que toda la responsabilidad recae en las instituciones. Cada ciudadano tiene una cuota de compromiso con su comunidad.

No podemos permanecer indiferentes cuando estas conductas afectan la paz colectiva. La educación comienza en el hogar y se fortalece con el ejemplo. Respetar los horarios de descanso, moderar el volumen de la música y comprender que vivimos en sociedad son principios elementales de convivencia.

"Amancio" merece noches tranquilas. Merece que sus calles sean espacios para la circulación y no escenarios de competencias de ruido. Merece barrios donde el descanso sea respetado y donde prevalezca la consideración entre vecinos.

Combatir estas indisciplinas no es una tarea exclusiva de las autoridades. Es un deber de todos. Porque una comunidad donde se pondera el silencio en las horas señaladas es también una comunidad que demuestra cultura, civismo y preocupación por la salud y el bienestar de su gente.

El ruido puede durar unos minutos, pero sus consecuencias permanecen mucho más tiempo. Ha llegado el momento de actuar con firmeza y de comprender que el verdadero progreso también se mide por la capacidad de convivir con respeto.