
Las Tunas.- En una gaveta olvidada, entre papeles amarillentos y fotografías desvaídas, descansa un carné de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) de los años 80. Plástico desgastado, foto en blanco y negro, un número de identificación… Para algunos, quizás, un objeto carente hoy de valor. Para otros, sin embargo, una pieza de museo doméstico que guarda la memoria política de una provincia entera.
El coleccionismo de carnés del Partido Comunista de Cuba (PCC), la UJC y antiguas organizaciones como la Asociación de Jóvenes Rebeldes -antecedente directo de la UJC- es una práctica silenciosa, pero significativa en Las Tunas. Estos documentos, que en su momento acreditaron militancia y compromiso, se han convertido -con el paso de las décadas- en testimonios tangibles de los anales de la localidad. Cada credencial, cada pliego de afiliación guarda una vivencia personal que, sumada a otras, teje el relato colectivo de una comunidad.
El Archivo Histórico Provincial atesora más de 75 fondos documentales que incluyen, entre otros, materiales sobre la Campaña de Alfabetización y el Poder Popular Provincial. Este tipo de institución es la columna vertebral de nuestra memoria oficial. Sin embargo, tal herencia no vive únicamente en esos estantes climatizados. También habita en las colecciones privadas de aquellos que, por curiosidad, nostalgia o convicción, han decidido preservar estos pequeños fragmentos de papel que narran la evolución política de la comarca.
Coleccionar no es acumular. Es rescatar del olvido. Es un acto de responsabilidad histórica. En una provincia oriental como Las Tunas, con su clima de altas temperaturas y humedad, la conservación de papel y plástico en el hogar se convierte en desafío cotidiano. Los coleccionistas, en su mayoría jubilados, antiguos militantes o simples apasionados por el devenir local, asumen la tarea de proteger esos originales del comején, la humedad y el deterioro natural, llenando vacíos que a veces dejan los archivos centralizados.
Lo que ellos resguardan no son simples objetos de museo, sino fuentes primarias e insustituibles para entender las dinámicas de poder local, las asambleas de base, los congresos municipales y las trayectorias de dirigentes vecinales que quizás nunca aparecerán en la prensa nacional.
La práctica del coleccionismo, como patrimonio cultural inmaterial, nos confronta con nuestra relación con el tiempo y la historia. Nos recuerda que el patrimonio documental no es solo lo que está protegido en instituciones estatales; también lo que atesoramos en casa, salvaguardándolo del polvo y la indiferencia.
Preservar un carné es preservar una identidad, una trayectoria, un sueño e, incluso, emociones de todo tipo. Es entender que la ruta política de Las Tunas no se reduce a las grandes efemérides, sino que se compone -además- de miles de historias mínimas que merecen ser contadas.
En ese sentido, el coleccionista se erige en un guardián anónimo de la memoria. Su labor, a menudo invisibilizada, complementa la del historiador profesional y del archivero. Al rescatar del desván legajos que parecen destinados a la basura, nos devuelve la posibilidad de reconstruir nuestro pasado con matices. Porque cada testimonio, por pequeño que sea, es una ventana abierta a un pasado que sigue dialogando con nuestro presente.
Quizás, la próxima vez que un carné viejo caiga en nuestras manos, valga la pena detenerse un instante y pensar que, al conservarlo, estamos salvando un pedazo de la historia viva de nuestra tierra.