
Las Tunas.- La vida de Mayelín Núñez Mendoza podría resumirse en una palabra: entrega. Durante más de 30 años, ha sido educadora del círculo infantil Amiguitos del Minint, en Las Tunas, y ha dedicado cada día a los pequeños que llegan en la mañana a esta institución.
“Nací en Las Tunas, pero en mis primeros cinco años viví con mis padres en Majibacoa. De ese lugar tengo los recuerdos más lindos de la niñez. Amo ese municipio. Siempre digo: yo soy de Majibacoa, de Tres Copas”, rememora con una sonrisa.
A pesar del divorcio temprano de sus progenitores, Mayelín cuenta que nunca le faltó el amor ni el afecto de ninguno de los dos. Su padre y su madre fueron el primer cimiento de una mujer que más tarde construiría su propia familia con la misma solidez.
Cuenta a 26 que en la escuela Eduardo Pérez Sánchez tuvo a una maestra inolvidable, Alina, desde entonces fue jefa de destacamento, participante activa en todas las actividades y estudiante destacada.
Luego, tras concluir los estudios en la secundaria Wenceslao Rivero, se presentó la oportunidad para ingresar en la escuela pedagógica Pepito Tey. “Me hicieron las pruebas de captación y gracias a Dios aprobé todos los exámenes, tanto de canto, dibujo y las entrevistas”, cuenta con gratitud.
Cuando se le pregunta qué la hizo decidirse por el magisterio, su respuesta es rápida: “A mí siempre me gustaron los niños. Es una carrera muy linda, me encanta. Yo les digo que si muriera y volviera a nacer, me gustaría ser educadora otra vez”.
Esa vocación temprana la llevó a realizar sus prácticas desde primer año en el círculo donde aún trabaja. “Al ver mis resultados como estudiante y por mis actitudes, la directora de este centro pidió que cuando me graduara continuara aquí como trabajadora”, recuerda.
Aquella primera vez frente a un salón de niños no la olvida. La directora Maritza Peña, la subdirectora Irma y otras maestras fueron sus guías. “Ellas me enseñaron muchísimo y lo que sé actualmente se lo debo a esas personas. La responsabilidad con el trabajo y el amor hacia la profesión fueron el espejo que me enseñó a ver esta carrera como algo bello. Yo digo que está en la sangre, me encuentro en la casa y es pensando qué me faltó, qué puedo hacer mejor”, confiesa con emoción.
Mayelín no olvida a sus tutoras, esas que le mostraron el camino correcto, Elizabeth Otero, Editha Feria y Juana Núñez, quienes la acogieron como una más en aquellos años de formación. Su trayectoria profesional ha sido tan constante como su lugar de trabajo. Nunca se movió de aquel círculo que la vio crecer como educadora. Se graduó con título de oro y ese mismo año inició la licenciatura, mientras trabajaba y asumía la responsabilidad de un grupo desde muy joven.
Fue evaluada de excelente durante varios años consecutivos y militó en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) desde los 15 años hasta los 30, participando en todas las actividades y eventos. Luego vino la maestría en Ciencias de la Educación, en la primera convocatoria. “Es un resumen de todos estos años de trabajo”, expresa.
“Lo primero que siempre les digo a las estudiantes que hemos formado es que deben dedicarle amor a los niños, esa vocación y el sentido de pertenencia de lo que hacemos, del lugarcito donde estamos, la responsabilidad ante todo, porque son pequeños que dependen de nosotros, de nuestro trabajo y sacrificio”, afirma.
Explica que muchas familias llegan pensando que el círculo es solo cuidar y alimentar, pero la labor es mucho más profunda: enseñar hábitos, nociones básicas, y atender con esmero a los infantes con necesidades educativas especiales, aunque a veces el personal sea limitado.
“Recuerdo varias historias que me emocionan: un día me encontré en el hospital con una doctora, me llamó ‘tía’ y me abrazó con cariño. Tú ves el amor con que nos tratan y eso es una satisfacción grande que una tiene, de que por lo menos no nos olvidan", comenta.
Hace unos 10 años asumió el cargo de subdirectora del círculo, una responsabilidad que describe como “la parte más complicada” del centro, pues debe preparar y velar por el cumplimiento de todos los programas, orientaciones metodológicas y horarios de vida, además de formar a las nuevas docentes.
“Es complejo, pero bonito. Resulta gratificante cuando ves que obtienes resultados satisfactorios, que la familia tiene buen criterio de las docentes. Que hablen bien de ellas te hace sentir regocijada, porque es el resultado del trabajo que realizamos”, afirma.
Ha recibido reconocimientos como subdirectora destacada, trabajadora ejemplar y la medalla por más de 30 años de labor. Su vida personal es otro pilar de realización. El mayor de sus hijos, Marcos, es graduado de Cultura Física y su hija menor, Laura Cecilia, cursa el quinto año de la carrera de Medicina.
Fuera del trabajo, encuentra refugio en la lectura, su hobby confesado. “Me encanta leer, especialmente las novelas. Mi trabajo me exige estudiar sistemáticamente los programas y orientaciones, pero aparte de eso me gusta el café”, comparte.
Cuando se le pide un consejo para otras mujeres, ante su esmerada trayectoria, comenta: “Mientras tengamos salud y nuestras familias estén bien, todo llega. Hay que seguir para adelante, ser optimistas. La vida es de retos, pero hay que continuar y enfrentar las adversidades que se nos puedan presentar”.
Sus 30 años en el círculo son la prueba viva de que la vocación, cuando se vive con el alma, trasciende el tiempo y deja huellas imborrables en cada niño que pasó por sus manos.