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amelia docencia

Las Tunas.- Amelia no solo es un nombre hermoso, también alberga un significado al que su dueña honra cada día: abeja laboriosa. Y no es para menos, porque hablamos de una guerrera de 71 años que ha dedicado más de 50 al magisterio. La profe Amelia Gutiérrez Cutiño, de la Universidad de Las Tunas, convirtió desde hace décadas la Historia de Cuba en fe de vida; y por su mente no ha pasado, ni por un instante, la idea de jubilarse.

Como eterna polinizadora del saber, ella reconoce que -simplemente- no para; “todo el tiempo estoy trabajando”, asevera. Tunera, nacida justo en el corazón de la ciudad, siempre tuvo ese espíritu de liderazgo que caracteriza a las almas buenas. Cuenta que de pequeña los niños la seguían, la escuchaban… Hoy no es diferente.

Ella es guía de sus compañeros, consejera, consultora...; es alegría para su departamento, fuente de experiencia y aprendizaje, y no para de decir que es una persona “tremendamente feliz”. Sin embargo, no era el magisterio su meta, sino la Química Industrial Azucarera, y le llegó. Pero no contaba con que el destino tiene sus “jugadas”, muchas veces fuera de planes. Una situación familiar impidió esa matrícula y su norte cambió… para bien.

“Me quedé aquí, pero resulta que también me gustaban mucho las Matemáticas, incluso fui monitora, y un día pasó a verme mi profesor de esa asignatura. Le conté lo ocurrido y él fue a Santiago de Cuba, a la Universidad, y logró que me admitieran. Pero al llegar me dijeron que solo quedaba la opción pedagógica. Y como no me gustaba nada de Pedagogía, yo seleccioné las materias que consideré más fáciles, en este caso Español e Historia. Creo que estaba destinada a ser maestra”, recuerda.

Y realmente Amelia ha sido fiel a ese destino. Su tierra la recibió graduada de Español e Historia en la Enseñanza Media y Media Superior. Inició su licenciatura y formó parte del primer grupo de egresados de Las Tunas. Desde entonces no ha parado de superarse y tiene más de 50 diplomados, posgrados, además de su maestría en Ciencias de la Educación.

En 1991 pasó a integrar la Comisión Nacional de Acreditación de los Profesores de Historia en la provincia y luego se incorporó a la Enseñanza Superior, para seguir formando a futuros profesionales y ser parte del orgullo de ese plantel. Además del universo de la docencia, ha dejado su estampa en diferentes organizaciones, fundamentalmente en los Comités de Defensa de la Revolución y en la Federación de Mujeres Cubanas, en los cuales ha estado activa desde muy joven.

La posibilidad de cumplir misión internacionalista es otro de sus méritos. Y es que Amelia asumió el llamado para impartir clases al colectivo de profesores de la Universidad Nacional de las Fuerzas Armadas de Barinas, en la República Bolivariana de Venezuela. En ese momento la honra se multiplicó.

Por si fuera poco, también ha dejado su huella en la Unión de Historiadores de Cuba, un capítulo que considera de los más hermosos de su vida y al que se integró desde su graduación. Una vez que inició su vida laboral, recibió la convocatoria para una reunión en la que fue propuesta para el Ejecutivo, donde se mantuvo por varios años.

La Sociedad Cultural José Martí es otra de las organizaciones que decidió abrazar. “Siempre he amado a Martí, confiesa. Lo he seguido. Es un paradigma que los cubanos no podemos olvidar. Debemos tenerlo presente en cada momento de nuestras vidas, en cada acción, en cada palabra. Porque es el hombre que, como Fidel, habló para todos los tiempos. Entonces hay que seguirlo”, pondera.

A pesar de que ser maestra no estaba en sus sueños, ella descubrió en la enseñanza un mundo del cual nunca ha podido desprenderse. Al preguntarle qué la ha hecho permanecer tanto tiempo enseñando, su respuesta es clara. Un motivo de fuerza mayor que la hace caminar hacia allí todos los días.

“El amor que siento por mi carrera, por mis alumnos, pues todos han sido mis hijos. Desde que doy la primera clase y ellos se identifican conmigo y viceversa, ya forman parte de mi vida. Entonces no puedo alejarme, eso no está en mi proyecto de vida”. Más de cinco décadas enseñando no han sido suficientes para ella. Su sed de hacerlo mejor hace que anhele superarse más. Por eso continúa aprendiendo de otros y poniendo el corazón allí, donde es más útil.

“Para que haya buenos maestros, se necesita una buena reafirmación, y esta se basa en observar a los profesores que tienen, pero además en amar la profesión, que es amarse a sí mismo, amar la vida. Si usted no ama su profesión, no llega a reafirmarla, y si no la reafirma, realmente la abandona”.

Toda la entrega y dedicación de Amelia también han sido posibles gracias al apoyo incondicional de su esposo, quien llegó a su vida cuando ambos eran muy jóvenes y han construido un eterno noviazgo de más de 50 años. Una complicidad inexplicable que solo entiende quien la vive.

“Joel es mi yo, somos una sola persona. Es mi impulsor; está a mi lado constantemente, aconsejándome, ayudándome; eso me da un aliento tremendo. No tenemos hijos, pero le digo: ‘Tú eres mi hijo y yo soy tu hija. Tú eres mi novio y yo tu novia, tu esposa, tu compañera’”, dice emocionada.

Entre sus múltiples reconocimientos, ha sido merecedora de la Medalla Pepito Tey y ostenta el Premio Abdala, que otorga el Movimiento Juvenil Martiano, con el que ha trabajado mucho en todos sus eventos. Además de otros lauros por parte de la Unión de Historiadores de Cuba.

Con ella quisiéramos seguir dialogando porque sabemos que aún le falta mucho por contar, pero el deber llama y el aula la espera. En pocos minutos, la profe Amelia nos demostró que no permite que sus 71 años la detengan, porque su principal impulso es el deseo de seguir caminando por la vida llena de alegría, amor y buenos valores. Sus alumnos, esos hijos del corazón, dan fe de ello.