En el Día Mundial del Café, invitamos a una mirada íntima de cuánto su sabor y aroma ha calado en el alma de Cuba
Las Tunas.- Hay un sonido que todavía me devuelve a la infancia: el café cayendo despacio sobre un colador de tela. Mi abuela sostenía la cafetera con una precisión aprendida de los años y, antes de que la taza llegara a la mesa, yo ya esperaba mi recompensa: mojar un pedazo de pan en aquel primer buchito que, según los mayores, todavía no me correspondía. Nunca discutí esa regla pero tampoco le hice mucho caso. Quizás por eso descubrí tan temprano que algunos recuerdos empiezan por el olfato.
Con los años seguí persiguiendo ese aroma. Tuve la suerte de probar café en distintos rincones de esta Isla: en hoteles, cafeterías especializadas, terrazas con vistas hermosas y mesas donde el expreso salía impecable. Todos tenían su carácter, pero ninguno logró desbancar aquel café colado en tela que preparaba mi abuela, porque la nostalgia es de las que se anida sin remedio.
...tal vez porque en Cuba el café nunca fue solo una bebida...
Es una forma de abrir la puerta. Hay frases que parecen escritas únicamente para esta tierra. "Espérate, no te vayas, que voy a colar café". Detrás de esas palabras caben noticias del barrio, reconciliaciones, chismes que cambian de dueño antes de enfriarse la taza, silencios y hasta esas conversaciones que empiezan con cinco minutos y terminan cuando ya oscureció.
El café tiene esa rara capacidad de suspender el tiempo sin que nadie lo anuncie. A lo mejor por eso resulta imposible hablar de cubanía sin dejarle un asiento en la mesa.

Durante años fue compañero de madrugadas campesinas, de obreros que empezaban antes del amanecer, de estudiantes que juraban que aquel buchito les salvaría el examen. En la beca aprendimos otra versión de esa ceremonia. El horario nunca importaba demasiado; lo mismo aparecía a las 2:00 de la tarde que a las 4:00 de la mañana, cuando alguien conseguía agua caliente y otro encontraba café suficiente para repartir. Bastaba una taza para espantar el sueño, inventar canciones o arreglar el mundo entre literas.
Y siempre había alguien que decía la frase inevitable:
—Pon un poquito más.
Como si el café también supiera estirarse cuando hacía falta.
Su historia tampoco termina en la cocina. Vive en las montañas donde todavía se recoge grano a grano; en las cafeterías donde el expreso sale con espuma breve; en el buchito fuerte que algunos prefieren casi sin azúcar; en el vaso con hielo que otros defienden cuando aprieta agosto; incluso en esas mezclas que cada familia jura perfeccionar con maní, leche o cuanto invento permita seguir disfrutándolo.
Porque el cubano discute muchas cosas. Pero el café, casi nunca. También aprendió a cantar; de ahí está "Ay Mamá Inés", y detrás de ella tantas otras canciones donde el café aparece como pretexto para enamorar, despedirse o empezar de nuevo. Y no es casualidad, hay alimentos que alimentan el cuerpo, este, además, terminó alimentando el lenguaje. "Vamos a tomar un café" casi nunca significa únicamente su literalidad, significa encontrarnos.
Hoy, una taza parece tener detrás una historia distinta, y conseguir el café ya no siempre resulta sencillo, pero el ritual se conserva algo intacto. Sigue existiendo alguien que ofrece el último buchito, alguien que espera que el colador termine su trabajo y alguien que, sin darse cuenta, comienza a construir un recuerdo.
Tal vez ahí resida su verdadero valor. No en el grano que viajó desde Etiopía hasta convertirse en parte de la identidad cubana, ni siquiera en el aroma que invade la casa antes del primer sorbo. Su verdadera fuerza está en haber encontrado un lugar donde pocas cosas sobreviven al tiempo.
Porque, al final, un país puede caber en una taza. Y Cuba, muchas veces, huele a café recién colado.