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hábito de lectura

Las Tunas.- “Mama, me cogí leyendo”. La frase cayó sobre la mesa con la ligereza de quien cuenta una travesura. Nadie levantó la voz, nada parecía escandalizado. Era un repaso de Matemáticas cualquiera, con ese murmullo infantil donde casi todas las conversaciones nacen así porque sí. Entonces vino la pregunta.

-¿Leyendo libros?

Y la respuesta terminó de desordenarlo todo.

-Sí. Estoy madurando muy rápido y eso no me gusta. No me leo los de la escuela; voy a leer los de otra gente...

Mi hermana y yo nos miramos sin hablar. Hay silencios que solo existen porque las palabras llegan tarde y yo seguía atrapado en otra cosa. No en que una niña leyera, más bien en el hecho de que pareciera darle vergüenza.leer importancia

Hay épocas que se explican mejor por las frases que inventan sus hijos que por los discursos de sus adultos. Aquella tarde entendí una de las nuestras: leer había dejado de sonar a costumbre para empezar a ser, al menos durante unos segundos, una rareza.

Como si abrir un libro exigiera una explicación, acaso una novela necesita coartada. No recuerdo cuándo empecé a leer con hambre, pero desde muy temprano aprendí a reconocer las librerías por el olor antes que por el letrero. Hay un instante curioso cuando uno entra en un lugar donde venden libros usados. Todavía no lees una sola página y, sin embargo, ya sientes que alguien estuvo allí antes que tú. Las hojas amarillas guardan una forma secreta del tiempo.

Después crecí y seguí buscándolos en ferias improvisadas, en estanterías polvorientas, en mesas donde los ejemplares parecen esperar exactamente a la persona que va a llevárselos.

He leído buenos libros, abandonado otros. Pero hay algunos que nunca terminaron cuando cerré la última página. A veces todavía me visita la picardía de Tom Sawyer. Otras, regreso al zorro que le enseñó al Principito que domesticar también era una forma de amar. Y cuando pienso en Corazón, no recuerdo una trama completa; recuerdo la sensación de descubrir que la bondad podía escribirse. Libros que leí en esa etapa de adolescencia y que aún se escabullen con astucia.Lectura 600x400

Los libros hacen esa clase de trampas. Uno cree que los deja en una estantería y ellos siguen viviendo en otro sitio. Por eso me dolió la risa que vino después de aquella confesión. No era una risa cruel, era una risa aprendida y la diferencia importa, porque uno puede discutir con una burla; cuesta mucho más hacerlo con una costumbre.

Y empecé a preguntarme cuándo dejamos de recomendar novelas con la misma naturalidad con que compartimos un video. Cuándo una conversación dejó de empezar con “léete este capítulo”. Cuándo una biblioteca empezó a parecer un lugar demasiado silencioso para una generación acostumbrada a que todo compita por su atención.

Quizás la pregunta correcta sea otra.

¿Qué pierde un país cuando sus muchachos dejan de encontrarse dentro de las historias?

No hablo de formar escritores, ni de convertir la lectura en una obligación con examen al final. Hablo de algo mucho más pequeño y, precisamente por eso, mucho más importante. Del derecho a encontrar una frase que llegue antes que nuestras propias palabras. Porque todos, alguna vez, necesitamos que alguien escriba por nosotros aquello que todavía no sabemos nombrar.

Mientras salíamos del repaso seguía dándole vueltas a aquella confesión.

“Mama, me cogí leyendo”. Y de pronto pensé que el problema no era esa niña; la frase sonaba demasiado excepcional.

Ojalá llegue el día en que nadie tenga que decirla jamás. En que leer vuelva a ser tan cotidiano como quedarse conversando después de la última página. En que un adolescente pueda cargar una novela bajo el brazo sin sentir que lleva una rareza.

Porque hay una diferencia enorme entre crecer rápido y crecer acompañado. Y pocas compañías resisten tanto como un buen libro.