Las Tunas.- En la escuela especial Ramón Téllez, la pasión por la Educación Especial se escapa en cada frase de Yaima Ramírez Poyato, cuando habla de “sus niños” como si fueran hijos propios, la satisfacción infinita ante cada pequeña luz del conocimiento que enciende en sus alumnos, privados de la audición o de la vista.
Retos diarios se presentan, confiesa quien refiere que trabajar con niños sordos, ciegos y de baja visión representa una verdadera prueba de que con voluntad se puede todo y no existe discapacidad que supere el deseo de aprender de cada uno de ellos.
A los 18 años comenzó como auxiliar pedagógica y en 2001 inició su carrera de Educación Especial. Desde entonces, no ha dejado de trabajar con niños sordos, primero en estimulación temprana y hoy en el primer grado, acompañando a sus alumnos en ese camino hermoso y complejo que es aprender a comunicarse.
“Es una labor muy linda, pues son niños que necesitan mucho amor y que sí aprenden, aunque este proceso sea más pausado; y cuando se logra la alegría de la familia es inmensa y compartida por todos”, comenta.
Cada niño que entra a la escuela trae consigo una familia y si esa familia no aprende la lengua de señas cubana, el avance del pequeño se queda a medias. Así nació su trabajo con las familias, esa escuela de padres que se convirtió en pieza clave de su método.
“Los resultados siempre llegan. Los niños salen preparados, con un lenguaje propio, con una forma de entender el mundo que les abre”.
Hoy atiende a dos pequeñas, Isabella de primer grado y Vanessa de preescolar, quien recientemente llegó del círculo infantil La Victoria, las dos son sordas profundas. Con ellas, Yaima tiene un único propósito: tender un puente entre su mente y el mundo. “El nivel de comunicación es a través de la lengua de señas cubana. Si no la conoce no puede haber objetivos vencidos”, afirma.
Por eso insiste, con la sabiduría que dan los años, en que los niños aprendan, no solo la lengua de señas, sino también la lectura labiofacial, la expresión facial y corporal.
“Se utilizan medios de enseñanza, objetos reales para que a ellos les llegue más la comprensión. Cuando se enseña un objeto real, un rótulo y las señas, el nivel de conocimiento es más rápido, les gusta aprender a través de juegos”, expresa.
“He pasado momentos felices en esta institución. Resulta gratificante cuando una alumna requiere tu atención, o cuando te dicen que te extrañan durante el fin de semana. Ser maestra significa mucho para mí. Un maestro es quien enciende la chispa en cada pequeño ser humano, quien tiende la mano para que aprenda a caminar por sí mismo.
“El maestro es irrepetible. Ofrece las herramientas para que los estudiantes entiendan el mundo desde distintos lenguajes, aprendan a vivir con los demás y lleguen a ser útiles a la sociedad”.
Para Yaima cada curso escolar la convence de seguir adelante puesto que, según sus palabras, es muy difícil dejar atrás a quienes te necesitan.