
Las Tunas.- En una bóveda del Comité Olímpico Internacional (COI), en Lausana, Suiza, permanecen condenadas al olvido 12 medallas de plata cuyos propietarios legítimos se han negado a recibirlas durante más de medio siglo. Constituyen el testimonio silencioso de una final controvertida, signada por tres segundos de reloj que cambiaron para siempre la historia del baloncesto olímpico.
Era la noche del 9 de septiembre de 1972 en Múnich, entonces Alemania Federal. El ambiente en el Rudi-Sedlmayer-Halle estaba cargado de tensión. Días antes, el grupo terrorista Septiembre Negro había asesinado en la Villa Olímpica a 11 atletas israelíes.
Tras una breve parada, las actividades se reanudaron y el partido final del básquet masculino enfrentó a dos potencias opuestas también en la Guerra Fría: la Unión Soviética y Estados Unidos.
Los norteños daban por descontada su victoria. Desde que el baloncesto debutó en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, su equipo había ganado todos sus partidos y conquistado siete títulos consecutivos. A la sazón, las normas del amateurismo prohibían convocar a jugadores de la NBA, por lo que el grupo estaba formado por jóvenes universitarios. Los soviéticos, en tanto, exhibían una selección curtida, con miembros que llevaban años compitiendo juntos.
Durante 39 minutos y 57 segundos la férrea táctica defensiva europea dominó a los norteamericanos. Cuando se imponían en el marcador 49-48, y quedaban solo tres segundos por jugar, el escolta Doug Collins interceptó un pase, voló rumbo al tablero rival y fue derribado en el intento. Encestó los dos tiros libres derivados de la falta y por primera vez Estados Unidos tomó la delantera 50-49. La gloria olímpica parecía de nuevo al alcance de la pelota.
La URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) sacó y movió el balón, pero el tiempo era mínimo y su término lo anunció la chicharra. Sus rivales festejaron, creyéndose ya campeones. Pero los soviéticos protestaron con el argumento de que antes de que Collins tirara libre por segunda vez habían solicitado un tiempo muerto. Los oficiales admitieron el reclamo y decidieron otorgar tres segundos para que se repitieran las acciones. Los rusos sacaron de fondo, intentaron una nueva jugada y volvieron a fallar.
Pero la polémica apenas comenzaba. Mientras los norteños festejaban por segunda vez su presunto triunfo, un oficial se percató de que el reloj no había sido puesto en marcha correctamente. William Jones, el secretario general de la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA), presente en la instalación, tomó cartas en el asunto, fue hasta la mesa de control y, obviando la autoridad de los árbitros, ordenó que el encuentro se reanudase, pero atrasando el cronometraje tres segundos.
Con la cancha despejada, el soviético Edeshko lanzó un pase de cancha a cancha. En el otro extremo, Alexander Belov saltó todo lo que pudo, atrapó el balón entre los defensas norteños y anotó la canasta decisiva justo antes de que el dios Cronos ¡por fin! diera por concluido el juego.
El marcador final apareció en letras rojas y brillantes en la pizarra electrónica muniquense: Unión Soviética 51, Estados Unidos 50, un desenlace que aún divide opiniones.
Sobrevino una discusión airada. Estados Unidos denunció la interrupción ilegal de Jones y las alteraciones del reloj. La decisión final quedó en manos del Jurado de Apelación de la FIBA, un comité de cinco miembros. Su conclusión provocó suspicacias, pues decretó triunfadora a la URSS por tres votos contra dos. Y más cuando se conoció que los miembros procedían de países situados en distintos bandos de la Guerra Fría.
A favor de la URSS votaron Cuba, Polonia y Hungría, y en contra lo hicieron Puerto Rico e Italia.
Indignados por lo que consideraron un despojo, los norteamericanos acordaron no acudir al podio de premiación a recibir las medallas de plata. La negativa se ha mantenido firme durante décadas, pese a los esfuerzos de la FIBA y el COI de entregarlas. Kenny Davis, uno de los jugadores, estipuló en su testamento una cláusula en la que prohibía a sus herederos recibir la suya.
La final de Múnich puso fin a la invicta trayectoria olímpica de Estados Unidos. La derrota no fue, sin embargo, la única causa del cambio posterior. Otros traspiés propiciaron una transformación que triunfó en Barcelona 1992 con su célebre Dream Team integrado por estrellas de la NBA, como Michael Jordan, Magic Johnson y Larry Bird entre sus figuras. Le devolvió al país el oro olímpico y marcó una nueva etapa en la historia de este dinámico deporte.