PERIODICO 26

 

La comadrona de la ciudad
Por Juan Morales Agüero             Foto: Ernesto Peña

comadrona

Umbelina Fontaine

Entre las mujeres famosas y queridas de la capital tunera, a la difunta Umbelina Fontaine hay que buscarle un espacio en la primera fila. Advierto que esta negra buena no alcanzó celebridad por sus atributos artístico-literarios ni nada que se le parezca. Ella fue, durante muchísimos años, la comadrona por excelencia de la comarca. Por más de 40 almanaques ayudó a venir al mundo a cientos de niños de por acá. Y, por cierto, no pocas personalidades de la zona fueron recibidas con infinito amor por sus manos diestras y venerables. Ella era así. ¡Ah, Umbelina, caramba...!

Nació en San José de la Plata, en el sureño municipio de Jobabo. Pero era todavía adolescente cuando su familia levantó campamento en la ciudad capital, allá por 1926. Como siempre le gustó ayudar a la gente, aquí estuvo entre las fundadoras de las dos clínicas del doctor Plasencia. Por entonces había que arrancar a toda velocidad con los enfermos para Holguín, porque en Victoria de Las Tunas no había aún hospital. Así, en el corre corre, se hizo enfermera empírica. Después se convirtió en la comadrona de los pobres.

La venían a buscar de cualquier parte y a cualquier hora en caballos, carretones, bicicletas, a pie... La gente daba por hecho que ella jamás le diría que no. “¡Rápido, Umbelina, que a mi mujer le empezaron los dolores!”, le rogaba un hombre en trance de desesperación. “Umbelina, parece que Dora ya quiere soltar el vejigo, la vengo a buscar”, le reclamaba otro. Y ella: “Si, vamos”. Después del parto le preguntaban: “¿Cuánto le debo, Umbelina?” Y ella: “¿Cuánto tienes?” Si le pagaban, bien. Y si no, también.

 Su maletín solía estar siempre en zafarrancho para emergencias de parto. Una vez, apuradísima, tuvo que recurrir a una silla para poder brincar una cerca y asistir del otro lado a una parturienta en apuros. Las comadronas “graduadas” la llamaban intrusa, porque la buena negra les polarizaba la clientela. Empero, ¿qué culpa tenía ella de que la mayoría de las gestantes la prefirieran? Con su anatomía frágil y angulosa, no perdía un minuto en plantarse delante de la cama de cualquier mujer de la zona a punto de parir.

 No era Umbelina, empero, una partera del montón. ¡Qué va! Incluso, quien la escuchaba se sorprendía siempre de su dominio del vocabulario médico. La experiencia le dio formación y sabiduría. Además, nunca intentó irse por encima de su nivel de conocimientos. Ante la duda, decía: “Bueno mi’ja, yo llego hasta aquí. Ahora que te vea un médico.” Y eso de acostar a la parturienta encima de una plancha de zinc, o de trepársele encima para forzar el parto... ¡Jamás! Umbelina trabajó siempre con una mesa obstétrica portátil y con instrumental esterilizado. Ni una sola vez tuvo que lamentar la muerte de vejigo alguno.

Sus manos divinas recibieron también a cuatro nietos y a otros tantos biznietos. No iba a ser candil de la calle y oscuridad de la casa, ¿verdad? Pero su orgullo mayor fue haber sido sobrina del comandante Eduardo Vidal Fontaine, el popularísimo Lalo, que fue mambí, hombre de letras y también alcalde de Tunas.

En 1963, Umbelina se retiró. Entonces se metió en su casita como si tal cosa. La muerte vino en su busca hace un par de años y ella partió con una juguetona sonrisa en los labios. En el reparto Cantarrana de esta ciudad la adoraban. Allí era algo parecido a una doctora de la familia. Todavía los vecinos creen verla cuando alguien la requería para una emergencia y ella agarraba su maletín de comadrona, se lavaba las manos con alcohol e iba corriendo a ayudar a parir a cualquier mujer en cualquier sitio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
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