
Las Tunas.- Fue el respeto por la vida quien la subió en un avión rumbo a los Emiratos Árabes Unidos, en los momentos más cruentos de la covid-19. Cuando la convocaron a nombre de la brigada Henry Reeve no lo pensó demasiado, aunque sus dos hijos eran una razón muy poderosa para quedarse cerca. Igual dijo que sí, pero se los encomendó a todo lo grande y divino, hasta que ella estuviera de regreso.
Llegó a un país extraño, donde cada ser humano se cubría el rostro y las muertes se sucedían una tras otra, en plena ola de ascenso. Eran días de desesperación, del pánico más vívido de toda la existencia. Jhoanys Diéguez Peña no olvida la primera jornada en el Centro de Células Madre, que la acogió durante más de tres meses.
"Se crearon las condiciones para atender a los pacientes graves con sus propias células madre. Aquello era innovador y fue bastante efectivo. Los resultados dieron paso a estudios más avanzados, pero en un primer momento se lograron salvar muchas vidas humanas.
"Hay días en los que vuelvo a pensar en ese país, en la esquela tan triste de la pandemia. Pero, para ser sincera, lo más duro llegó después de volver a Cuba. Ese período me dejó las huellas más grandes de mi carrera como licenciada en Enfermería".
De regreso con los suyos, otra misión se le coló debajo del uniforme blanco. Sin demasiados descansos, llegó a desafiar la línea roja, en pleno 2019, como jefa del puesto de mando de transporte de covid-19.
"Me pasé meses sin ir a mi casa. Extrañaba a mi familia, pero sabía que si me acercaba los ponía en riesgo. Te juro que allí vivimos horas muy tristes. Del otro lado del teléfono recepcionábamos el dolor y la desesperación de la gente. Mira que escuchamos los gritos de un padre vuelto loco ante la gravedad de su hijo y eso no se supera fácil…
"Allí nos volvimos una familia. La insistencia era garantizar que las personas llegaran hasta los hospitales y centros de evacuación en el menor tiempo posible. Éramos conscientes de la escasez de oxígeno, de la morbilidad que acechaba.
"Lloramos a los muertos, sin conocerlos, porque habíamos hablado con sus familiares, porque estuvimos pendientes de sus traslados. Cuando la vida se pone muy dura y compleja, como ahora mismo, siempre pienso en esa etapa, en las enseñanzas que nos dejó, en lo importante que es la salud por encima de cualquier cosa material".
La actual jefa del Departamento de Enfermería del sistema de Salud Pública en Las Tunas rememora momentos de la pandemia, que la marcaron como enfermera y como persona.
"Un día de esos en los que la responsabilidad pesaba demasiado, extrañaba mucho a mi familia y estaba preocupada por mis hijos, recibí una llamada que me enrumbó. Era el padre de un niño que había pedido ayuda unas semanas antes, porque su pequeño se había puesto muy mal. Hicimos todo lo que pudimos en el menor tiempo posible. El niño fue hospitalizado enseguida y su padre llamó para agradecer.
"Habló muy poco y empezó a llorar. No dejaba de decir gracias, gracias… ¡Qué tristeza! Esas razones fueron las que nos dieron el coraje que se necesitaba. También te cuento que en esa etapa me gané otro hijo, un muchacho del Centro Médico Psicopedagógico, que estuvo enfermo y la cercanía lo trajo a mi vida, y nunca va a salir de ahí".
LA VOCACIÓN A FLOR DE PIEL
Me cuenta que desde niña jugaba a ser enfermera. Ponía los juguetes en una fila imaginaria y se pasaba horas salvándoles la vida con las jeringuillas desechables y el instrumental ficticio. Quería tener un uniforme blanco y lo consiguió pronto, en el círculo de interés de Enfermería en la Secundaria Básica.
"Allí tuve la certeza de que esa iba a ser mi profesión, aunque también tenía otra pasión. Desde muy joven me dediqué a la locución en la emisora Radio Nuevitas, primero como aficionada y muchos años también como locutora profesional. Mi infancia fue en Nuevitas. Vivir rodeada de mar te cambia la vida, pero Las Tunas me acogió con mucho cariño. Hoy siempre digo que mis raíces se comparten".
Cuando le tocó decidir su suerte, todavía en el instituto preuniversitario vocacional que la acogió, se inclinó por la Enfermería y tuvo una carrera muy sacrificada como jefa de salón de partos, de una unidad quirúrgica, supervisora de enfermería.
La primera misión internacionalista la llevó hasta la República Bolivariana de Venezuela, de donde atesora anécdotas que siempre la hacen sentir orgullosa. Allí se creció como enfermera y vio en primera fila el impacto de la colaboración médica cubana.
La pérdida de su padre la trajo de regreso a Cuba y la colocó en esta provincia, para estar más cerca de su mamá.
UNA NUEVA ETAPA
"Comienzo en el hospital Ernesto Guevara con la misma vocación que me ha caracterizado siempre. Defiendo una filosofía: estamos aquí para acompañar al paciente, para poner la mano en el hombro, para escuchar… Esa presencia tiene tanta fuerza como los medicamentos.
"La sensibilidad debe caracterizar al personal de la Enfermería. Lidiamos a diario con muchas personas y también con nuestros propios problemas, pero el uniforme blanco es un recordatorio de que tenemos que estar, por encima de todo, para el paciente.
"Me fui de misión a Haití, estuve en los Emiratos Árabes Unidos, trabajé en la primera línea de la covid-19, ahora me desempeño como jefa del Departamento de Enfermería en la Dirección General de Salud, pero me encanta la labor asistencial; esa es mi verdadera vocación".

Jhonays me cuenta con orgullo que su hija siguió sus pasos, ya se viste de blanco y defiende la profesión desde la vorágine del "Guevara". Asegura que su fortaleza está en esa familia hermosa, que le ha permitido realizarse como profesional.
Quienes la conocen saben que en estas líneas no cabe toda la hondura de una mujer que vive la vocación a diario y la impulsa desde cualquier escenario. Los aprendizajes de una carrera bien servida los deposita también en las nuevas generaciones, pero se sigue vislumbrando al lado del paciente, alerta, velando para que la vida salga victoriosa y se pueda festejar el mañana.