
Las Tunas.- Mientras la ofensiva de los Leñadores de Las Tunas acaparaba titulares con sus explosivos números, el trabajo silencioso en el diamante escribía su propio relato. La defensa, ese pilar menos glamoroso, pero igualmente determinante, mostró en la clasificatoria de esta 64 Serie Nacional una cara de contrastes: solidez en algunos flancos, vulnerabilidad en otros. Un análisis profundo de los números revela que, aunque los verdirrojos no fueron el equipo más impecable, su labor defensiva tampoco fue el talón de Aquiles que algunos presagiaban.
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Hasta el último partido ante Guantánamo, Las Tunas registró 84 errores, aproximadamente 1,17 por juego. Su porcentaje de fildeo, indicador clave que mide la eficiencia defensiva, se situó en 970. Esto significa que, de cada 100 oportunidades defensivas, los Leñadores resolvieron exitosamente 97. En el contexto del béisbol organizado ese porcentaje se considera aceptable, pero no excelente. Aquí los tuneros se ubicaron entre los cinco primeros aunque otros, como Camagüey (977) y Holguín (973) lo hicieron mejor.
En cuanto a jugadas de doble play, el equipo ejecutó 95, ocho más que en la campaña 63. Esta fue, sin duda, una de sus fortalezas defensivas más consistentes. Al contrastar con la temporada anterior, la defensa tunera ciertamente cometió menos errores. Sin embargo, un análisis más fino revela un dato preocupante: esas marfiladas contribuyeron directamente a carreras no merecidas. Aunque las estadísticas oficiales no desglosan carreras permitidas por errores de manera automática, la correlación entre innings jugados, errores y carreras totales permitidas sugiere que varios de esos deslices llegaron en momentos críticos, extendiendo innings y desgastando a los lanzadores.
En béisbol, pocas cosas desmoralizan más a un lanzador que un error detrás de él, tras un buen lanzamiento. Para los abridores y relevistas tuneros, esa fue una realidad recurrente. Si bien la defensa no fue desastrosa, su inconsistencia en momentos clave obligó a los pícheres a trabajar con margen reducido, aumentar su conteo de lanzamientos y, en ocasiones, ver cómo carreras no merecidas cruzaban el plato.
Ahora bien, guante en mano el desempeño no fue homogéneo en el diamante verdirrojo, pues algunas posiciones brillaron por su fiabilidad, mientras otras mostraron flaquezas.
La llamada “media luna” se mostró sólida en la conversión de jugadas de dos outs, pero con picos de inconsistencia en lanzamientos forzados y tiros erráticos. Los jardines sí mostraron mayor estabilidad, con buen alcance y lecturas adecuadas en la mayoría de las bolas elevadas. Sin embargo, los errores allí, aunque menos frecuentes, suelen ser más costosos por permitir bases extra. Por su parte, los receptores fueron fundamentales en el control del juego de picheo, aunque las estadísticas de passballs y errores no destacaron ni positiva ni negativamente a nivel colectivo.
Las estadísticas defensivas disponibles no permiten hurgar en otras métricas avanzadas como Defensive Runs Saved (DRS) o Ultimate Zone Rating (UZR). Estas herramientas son fundamentales en la evaluación sabermétrica moderna, pues miden no solo la capacidad de ejecutar jugadas rutinarias, sino también el rango, la anticipación y la eficacia en convertir oportunidades complejas en outs. No obstante, sí es posible saber que, por ejemplo, cometieron 0,14 errores por inning, un índice que sugiere una frecuencia de fallos superior a la de equipos defensivamente sólidos. Su porcentaje de fildeo de 970 respalda esta observación, pues, aunque no es un valor críticamente bajo, se sitúa por debajo del estándar de excelencia (980 o superior) y refleja una capacidad de ejecución, que podría optimizarse.
Por otro lado, los casi 100 doble plays concretados indican una coordinación efectiva en el cuadro interior, especialmente en posiciones como segunda base, el paracortos y la tercera base, una zona donde la velocidad de transición y la precisión en los lanzamientos son claves. Esta habilidad para convertir jugadas clave podría traducirse en un impacto positivo en métricas como el DRS, al menos en esas posiciones, ya que la capacidad de eliminar dos corredores en una sola jugada es un recurso valioso para contener ofensivas rivales.
En cuanto al control del juego de corredores, los datos sugieren un desempeño equilibrado y eficiente. Los receptores y lanzadores permitieron 29 bases robadas, pero impidieron 26, una relación casi par, que denota un control aceptable sobre las bases. Este aspecto, aunque no determina por sí solo el valor defensivo total, contribuye a minimizar daños en situaciones de alta importancia en el juego.
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Casi inicia la postemporada, donde cada error se magnifica y cada jugada puede decidir muchísimo. Allí la defensa de Las Tunas enfrentará un examen de alto riesgo. No se trata de ser perfectos, sino de ser consistentes en los momentos decisivos.
En nuestro próximo y último análisis de la Serie desentrañaremos el desempeño del picheo tunero. ¿Fue la muralla que el equipo necesitaba? Analizaremos efectividad, control, relevos y el papel de figuras claves como Yosmel Garcés y Keniel Ferraz en la ruta hacia el cuarto título.