Las Tunas.- Las niñas están de pie, alineadas, con la espalda recta y la mirada al frente. Algunas apenas alcanzan los 8 años, otras ya rozan los 12; pero en todas hay un detalle que las distingue: parecen más grandes de lo que son. No por la edad. Por la disciplina.
En la sala polivalente Leonardo McKenzie Grant hay algo que se nota, antes de que empiece la música. No es el silencio. No es el orden. Es la postura elegante. La gimnasia rítmica no es solo un deporte. Es una forma de crecer.
Dacha Rojas López, una de las entrenadoras, lleva más de 20 años viendo este mismo escenario repetirse y, aun así, no le pierde el asombro.
“Empiezan siendo muy pequeñas…, pero poco a poco se transforman. Este es un deporte que comienza desde los 5 o 6 años. Cuando llegan aquí, con 9, ya vienen con una base”, explica.
Esa base no es solo física. Es carácter. No cualquiera entra.
La selección es exigente: flexibilidad, condiciones físicas, inteligencia, coordinación. Pero también algo que no se mide en pruebas: la capacidad de sostener el esfuerzo. Porque la gimnasia rítmica no es fácil, aunque lo parezca.
Las rutinas combinan música, movimientos, aparatos y expresión. Todo al mismo tiempo. Todo con precisión. Todo con elegancia.
“Ellas tienen que pensar y sentir a la vez -explica Dacha. No es solo ejecutar. Tienen que transmitir”. Y ahí está una de las claves de este deporte: no basta con hacerlo bien. Hay que hacerlo bonito.
Daniela Reina Pueyo lo sabe desde adentro. Tiene 27 años, pero su vida ha estado siempre ligada a este mundo. Fue gimnasta desde los 6, campeona nacional durante cuatro años y acumula más de 20 medallas. Hoy, su mayor satisfacción no es competir, sino enseñar.
“Lo que quiero es que sean valientes, dice. Valientes para entrenar. Valientes para equivocarse. Valientes para salir a competir. Es un deporte de sacrificio, de disciplina. Hay que esforzarse todos los días”. Y en ese esfuerzo diario se construyen no solo atletas, sino personas.

Dilara María Díaz Castro tiene 8 años y una meta clara. “Quiero el primer lugar”, lo dice bajito, con timidez, pero sin dudar. Acaba de empezar, pero ya entrena con cuerda, aro y pelota. Ya hace ejercicios que requieren coordinación, equilibrio y concentración.
A su lado, Betza -capitana del equipo-, tiene 11 años y habla con seguridad. Lleva cuatro años entrenando. Ha competido fuera de su provincia. Tiene medallas.
Recuerda su primera lid: nervios, miedo, incertidumbre.“Después uno va cogiendo confianza -cuenta. No todo ha sido fácil. He cometido errores. Ha habido momentos en los que parecía que no lo lograría. Hay que esforzarse para hacer lo mejor que puedas”. Y lo cuenta con naturalidad, como quien ya entendió una verdad importante demasiado temprano.

La vida dentro de la gimnasia tiene reglas propias. Entrenamientos exigentes. Dietas estrictas. Rutinas repetidas una y otra vez. Menos dulces. Más disciplina. Pero también hay algo que ellas mismas reconocen: vale la pena.
Porque este deporte no solo se queda en el tapiz. “Las educa”, asegura Dacha. Las enseña a caminar erguidas. A comportarse. A cuidarse. Las hace diferentes.
El tiempo, sin embargo, corre rápido. En la gimnasia rítmica las carreras son cortas. Muchas terminan su etapa competitiva en la Secundaria. Algunas continúan hacia niveles superiores, otras toman otros caminos; pero todas se llevan algo. Algo que no se pierde.
En medio del entrenamiento, cuando la música suena y los aparatos vuelan en el aire, es fácil olvidar que son niñas. Porque lo que hacen exige concentración, control, madurez.
Pero cuando paran, cuando ríen, cuando se miran entre ellas, la infancia regresa. Y entonces se entiende mejor todo. Están aprendiendo, desde muy temprano, a ser fuertes. A caerse y levantarse. A exigirse. A soñar. A volar.