
Aquella mañana de finales de 1958, los miembros del equipo de fútbol Relámpago se desplazaban por la Carretera Central con rumbo a Santiago de Cuba a bordo de tres automóviles. Los habían alquilado en Manatí, y andaban de prisa porque debían jugar en el horario de la tarde un partido frente a un once de la ciudad oriental, y temían llegar agotados o demasiado tarde. Jóvenes al fin, empleaban el trayecto en gastarse bromas y en especular acerca de los posibles resultados del encuentro.
El viaje marchaba bien hasta que, a la altura de Contramaestre, vieron en medio de la vía un carro patrullero que les bloqueó la marcha. Los autos se detuvieron. Al momento, un grupo de guardias batistianos se les acercó y los mandó a echar pie a tierra. El que parecía ser el jefe miró con odio a los muchachos, mientras acariciaba las cachas de su arma de reglamento. Luego les ordenó a sus sicarios registrar a fondo los vehículos. “Revísenlo todo. ¡Hasta las ruedas!”, ladró, amenazante.
Durante el registro en los maleteros, un esbirro confundió una botella llena de aceite con un cóctel Molotov. Y otro una cubanísima maraca con una granada. ¡Estaban aterrados! Por fin el militarote se calmó un poco. Entonces les comunicó a los jóvenes que su detención en plena carretera obedecía a una razón de “seguridad nacional”: todos estaban tildados de presuntos sospechosos, porque sus uniformes de juego... ¡portaban los colores rojo y negro de la bandera del 26 de Julio!
Pero, ¿acaso era esa una prueba para acusarlos de revolucionarios? Nuestros coterráneos tuvieron que hablar bonito para que los energúmenos de uniformes amarillos, después de revolverles todo dentro de los carros, los dejara continuar viaje hacia la heroica ciudad oriental. Definitivamente, hay también colores que asustan.