
Las Tunas.- De niña, en el poblado de Yariguá, Amarilis La Rosa González estaba muy lejos de imaginar que estaría ligada por siempre a esa profesión con la que descubrió los primeros juegos de roles. Hoy, la licenciada en Enfermería, con más de 23 años de experiencia laboral, conversa con 26 sobre los azares y el empeño que la hicieron vestir su uniforme blanco.
En su pueblecito rural no había demasiadas luces para mirar hacia afuera. Su padre campesino y su mamá ama de casa le dibujaron una realidad que por mucho tiempo ella pensó que también marcaría su destino. Pero una vocación se fue gestando en silencio, con la fuerza de quien sabe que llegará más lejos.
“Desde pequeña me gustó mucho la Enfermería, no porque tuviera ningún familiar con esa profesión; era algo que me llamaba la atención, incluso jugaba con las muñecas y yo era la enfermera, hacía como que las vacunaba y en eso se me iban las horas.
“Nunca les tuve miedo a las jeringuillas o a la sangre. Les tenía pánico a los animales, a las vacas, los caguayos, las ranas, a todas esas cosas, pero no a las heridas ni los pinchazos. ¡Y mira que tuve una infancia difícil! Fui una niña enfermiza, asmática. No podía jugar bajo la lluvia ni andar descalza; el polvo y el humo me hacían daño. No pude disfrutar mi niñez, como yo le decía a mi mamá.
“Mi hermano mayor sufría de muchas convulsiones cuando era chiquito. Esa misma condición fue limitando su neurodesarrollo y de algún modo yo fui formando esa vocación de querer ayudar, de saber qué hay que hacer en caso de una emergencia. Fueron pequeños momentos que me despertaron la vocación”.
LOS ALBORES DEL SACRIFICIO
Cuenta Amarilis que decidirse a estudiar y tener una profesión, en su caso, cobró el doble del sacrificio. En su pueblito solo había una escuela primaria, así que tuvo que trasladarse a la ciudad y vivir en la casa de unos primos de su papá, para cursar la Secundaria Básica.
“Fue un proceso complejo salir de la casa tan chiquita. Me esforcé en la Secundaria y el Preuniversitario, y aun así no me llegó la Licenciatura en Enfermería, sino el Pedagógico, pero yo estaba segura de lo que quería. Después de muchas gestiones, finalmente comencé el Técnico de Nivel Medio.
“Comencé mis estudios en 1999 en el Politécnico de la Salud. Allí solo se estudiaba Técnico de Nivel Medio, tres años. Fue muy sacrificado. Seguía viviendo en el campo, paraba en casa de mis parientes y tenía lecciones prácticas y teóricas.
“Recuerdo que la primera vez que pinché a un paciente me dio muchísimo miedo. Era un abuelito delgadito que apenas tenía masa muscular y cuando lo pinché me asusté, porque sentí que la aguja le tocó ahí el hueso y yo dije: '¡Ay, Dios mío! ¿Qué hice?'. Pero no, el abuelito de lo más contento me dio hasta las gracias”.
Amarilis recuerda con mucho cariño cuando la ubicaron en el hospital Ernesto Guevara, en la sala A4, de Medicina Interna. Todavía se acuerda de los nervios al quedarse sola, recién graduada en aquel servicio.
“Yo siempre estaba pendiente de todo, del más mínimo detalle, tenía pánico de perder a un paciente. Fueron años intensos, de aprender mucho, de saber en realidad cómo es el trabajo asistencial, de convivir con el dolor de los demás. Esos momentos te marcan como profesional y ser humano.
“Después llegó mi primera hija y entonces me era muy difícil hacer guardia. Tuve que trasladarme y me ubicaron en el Ministerio del Interior (Minint). No me gustaba mucho el trabajo, ni el temperamento que había que tener o las reglas por seguir. Me fui incluso antes de que me dieran la baja”.
Cuenta que comenzó a trabajar en un consultorio perteneciente al policlínico Manuel (Piti) Fajardo en la Atención Primaria de Salud, y enseguida se sintió a gusto. “Una aprende bastante, debes tomar decisiones y tener mucho conocimiento porque a veces el médico no está y es preciso permanecer ahí pendiente del paciente.
“Me gusta mucho informar a los pacientes y también la parte educativa para prevenir enfermedades. Se requiere mucha charla y contacto humano. Al paciente para educarlo, para cambiarle las costumbres, los malos hábitos, y es gratificante cuando logras ver los resultados”.
PROFESIÓN ADENTRO…
Conversar con Amarilis es entretejer una gran madeja de empeños. Con las demandas del hogar y el consultorio se propuso hacer la licenciatura y logró su propósito. Guarda miles de anécdotas de sacrificio, de estar extenuada, de compartir el trabajo con el estudio, de sentir que estaba dejando una ausencia en su hogar. Pero lo más notorio estaba por venir.
“Cuando la covid-19 me ubicaron en el servicio de Respiratorio; se habilitó un local donde atendíamos a todos los pacientes que presentaban síntomas. Les hacíamos la tira rápida y el PCR. Fue un trabajo bastante fuerte y en cuanto empeoró la situación nos trasladaron a una escuela primaria, donde cada día teníamos más pacientes.
“Siempre que pienso en esa etapa recuerdo que si pudimos superarla podemos con todo. Hubo un momento en el que nos quedamos sin oxígeno y aquello fue muy duro, teníamos que priorizar a los pacientes que estuvieran peor y darles tratamiento con los medicamentos que necesitaban; se ponían muy graves y había que trasladarlos. Ese período dejó huellas en todo el personal de Salud.
“Yo prácticamente no iba a mi casa y tenía que proteger a las niñas. Apenas podíamos alimentarnos, no había tiempo. Te aseguro que la prioridad eran los pacientes y nadie se mantenía al margen, aun cuando éramos conscientes de que podíamos enfermar. Ser enfermera ahí fue doblemente un orgullo”.
…
Ahora Amarilis reina desde su vacunatorio, donde asegura que también vive jornadas memorables. “Era nuevo para mí, pero me gustó tratar con los niños y sus familiares. Siento que me he sensibilizado mucho más porque el universo que atiendo son los pequeños.
“Las madres llegan nerviosas; tienes que hablar con ellas, explicarles, hacerlas sentir seguras, porque es normal las dudas sobre qué reacción adversa puede tener su bebé. Aquí hacemos mucha promoción para la salud y damos charlas completas con información precisa. Es un oficio muy bonito.
“Cada jornada es de mucho amor y responsabilidad. Tenemos que estar pendientes de la temperatura del refrigerador para proteger las vacunas. Sabemos que lidiamos con niños, lo más preciado de cada familia. Acá el trabajo es intenso, sin fines de semana y con protocolos muy estrictos.
“Mi profesión me ha dado muchas alegrías. Me ha hecho estudiar y prepararme para poder desempeñarme a cabalidad. Me ha duplicado la sensibilidad y eso no puede faltarle a una enfermera. La responsabilidad y el humanismo tienen que ir de la mano; y en estos tiempos complejos, son una coraza para trabajar por amor y vocación”.