
Las Tunas.- Aquella noche, los vecinos volvieron a escuchar la discusión. Ruido de objetos rotos, gritos de una mujer, el llanto de un niño. Esos sonidos ya les resultaban familiares. Solo que esta vez llegó la ambulancia, y también la policía. Al amanecer, la puerta estaba clausurada y una mujer ya no salió nunca más. Nadie quería creer que aquel hombre que "parecía tan normal" fuera capaz de algo así. Pero la violencia nunca avisa antes de entrar: se esconde en el silencio que hemos aprendido a llamar normalidad.
Esta no es una historia de un país lejano. En los últimos meses, las redes sociales han puesto al descubierto muertes violentas de mujeres por razones de género, y una parte importante de esas tragedias ocurrió en esta misma tierra. Según los registros del Observatorio de Igualdad de Género adscrito a la Oficina Nacional de Estadísticas e Información de Cuba, la provincia de Las Tunas ha mantenido durante varios años una tasa superior al promedio nacional en hechos relacionados con la violencia de género. No son números fríos: cada decimal es una persona que estuvo viva.
Hoy Las Tunas enfrenta un tema ineludible: cuando la relación íntima se convierte en el espacio del peligro, cuando el hogar deja de ser refugio, ¿qué hacemos como sociedad? No se trata de un asunto privado que deba resolverse puertas adentro. Se trata de un problema colectivo que golpea el tejido mismo de la comunidad y que exige respuestas que vayan mucho más allá de la indignación momentánea.
El precio del silencio es caro. En varios casos de la provincia, entre el primer episodio de violencia y el desenlace fatal hubo una larga ventana de tiempo: vecinos que oyeron, familiares que sospecharon, incluso personas que intentaron intervenir. Sin embargo, la ausencia de mecanismos sistemáticos de alerta y de un respaldo institucional suficiente impidió que esas señales evitaran lo peor. Los datos muestran con claridad que en la gran mayoría de estos casos las víctimas son mujeres y los agresores son las personas más cercanas a ellas: esposos, exparejas, compañeros.
Resulta aún más inquietante que Las Tunas muestre una tendencia "atípica" en los indicadores de violencia de género. Mientras los datos nacionales oscilan en algunos registros, los de nuestra provincia han mostrado en determinados años un ascenso que debería encender todas las alarmas. Eso significa que, en esta tierra que compartimos, hay personas soportando un riesgo desproporcionado. Puede ser cualquiera: su vecina, su compañera de trabajo, esa mujer callada con la que se cruza en el mercado.
¿Por qué es tan difícil hablar de esto? Porque en lo profundo de nuestra cultura persiste una idea obstinada: los problemas de la casa se resuelven en la casa. "Entre marido y mujer nadie se debe meter", dice el refrán, y ese refrán sigue vivo en el subconsciente de muchos. Pero esa idea es precisamente el caldo de cultivo donde la violencia se reproduce. No actuar es, en sí mismo, una forma de legitimar la violencia. Cuando las instituciones no hablan a tiempo, cuando el vecino aparta la mirada, cuando la comunidad prefiere no involucrarse, sin querer le estamos diciendo al agresor: puedes seguir.
Y hay un problema más profundo: ¿el marco legal y los servicios sociales existentes protegen de verdad a las mujeres en riesgo? La respuesta no es optimista. Cuba aún no tipifica de manera autónoma el feminicidio en el Código Penal, lo que dificulta valorar con independencia el móvil de género en la calificación y la sanción. Al mismo tiempo, los espacios de acogida y los sistemas de apoyo urgente para las víctimas siguen siendo insuficientes. Cuando una mujer huye de madrugada con sus hijos, ¿adónde va? ¿A quién llama? Esa pregunta todavía no tiene una respuesta tranquilizadora.
La solución no puede depender de un solo actor, por más que acá varios proyectos nacionales busquen cambiar la realidad. Necesitamos una red comunitaria de protección, una ciudadanía dispuesta a intervenir y acompañar, un sistema de justicia que nombre y sancione la violencia por lo que es, y servicios sociales que sostengan a quien decide romper el ciclo. Cada persona -el vecino, el colega, el policía, el juez, el médico de la familia- requiere protagonismo de esa red.
La violencia no desaparece porque la evitemos. Solo empieza a quedarse sin escondite cuando la miramos de frente. En Las Tunas, en Cuba, en esta sociedad que todavía vale la pena defender, la seguridad de cada persona debe ser un límite que no se negocia. Esto no es solo un tema de mujeres: es la decisión sobre el mundo en el que queremos vivir.