Las Tunas.- Con 16 años, estudia violonchelo, entrena cinco días a la semana y conquistó el primer lugar en bikini júnior durante la competencia provincial de culturismo y fitness de Las Tunas. En las redes sociales encontró críticas a su cuerpo, cuestionamientos sobre su feminidad y una pregunta que todavía persigue a muchas mujeres. ¿A quién deben parecerse para ser aceptadas?
Angelina Mya Aguilar Rodríguez es una adolescente y ya sabe que hay miradas capaces de descalificar un esfuerzo sin conocerlo. Bastan una fotografía con un cuerpo que se aparta de lo esperado y alguien dispuesto a convertir sus prejuicios en opinión pública.
Simples datos sobre sus gustos, su edad y a qué se dedica bastan para presentar a una joven que eligió disciplinas distintas, cada una con sus exigencias, y que empieza a descubrir cuánto incomoda una mujer cuando no cabe en el molde que otros le reservan.
Las críticas llegaron después de competir. En una publicación sobre el certamen, alguien escribió desde una cuenta falsa en Facebook que a los hombres no les gustaban las mujeres como ella. El comentario pretendía hablar de su físico, pero revelaba otra cosa. Para quien lo escribió, la apariencia de Mya necesitaba justificarse ante el deseo masculino.
Como si los músculos fueran una renuncia a la feminidad o si una muchacha tuviera que preguntarse qué pensará un hombre antes de decidir qué hacer con su propio cuerpo.
También recibió comentarios de otras mujeres y eso le molestó especialmente, porque esperaba más comprensión de quienes conocen, en carne propia, las exigencias que la sociedad impone a la apariencia femenina. Sin embargo, el prejuicio no desaparece por compartir género. A veces, encuentra en quienes también lo padecen nuevas voces para repetirse.
Hay algo profundamente injusto en esa vigilancia y ella lo tiene claro: “La mujer que adelgaza demasiado recibe observaciones; la que aumenta de peso, también. Si desarrolla músculos, alguien cuestiona su delicadeza y si abandona el entrenamiento, otra persona puede reprocharle que descuide su figura”.
Cambia el motivo, pero permanece la pretensión de intervenir en un cuerpo ajeno.
Mya decidió entrenar y su interés por el fitness comenzó a los 13 años. Le atraía desarrollar una figura proporcionada y, durante sus primeros entrenamientos, concentró buena parte de sus esfuerzos en la espalda. Con el tiempo, cambió las prioridades y dedicó más trabajo a las piernas, una zona que le cuesta desarrollar.
En junio de este año entró al Winner Gym (uno de los sitios de este tipo más reconocidos de la ciudad). Alrededor de dos semanas después, Manuel, su entrenador, le propuso competir. Consideraba que tenía una buena base física.
La preparación específica duró apenas 15 días, según recuerda. Después llegaron la competencia, el aprendizaje y una experiencia que le permitió conocer desde dentro un mundo donde la disciplina cotidiana termina expuesta ante un jurado y un público que evalúan el resultado.
Ganar exigió algo más que entrenar. También tuvo que aprender las poses, las coreografías individuales y la manera de presentar el trabajo muscular. En el escenario, la técnica de exhibición influye en la evaluación tanto como la condición física.
La victoria no la libró de las opiniones ajenas. Tras el certamen, encontró comentarios que descalificaban los cuerpos de los participantes y ponían en duda los resultados. Algunos insinuaban que los ganadores tenían vínculos familiares con el jurado.
Le molestó la ligereza de esos juicios. Quienes opinan desde una pantalla desconocen los sacrificios, las limitaciones y las metas personales que llevan a alguien hasta una competición. Una fotografía muestra un hecho en concreto, pero rara vez cuenta todo el trabajo que lo precede.
Ella admite que tuvo ganas de responder a algunas provocaciones; se contuvo. No siempre resulta fácil permanecer en silencio ante una ofensa, sobre todo, cuando es expuesta como una opinión inocente. La libertad de expresión no convierte la humillación en una forma legítima de crítica. Evaluar una competencia exige argumentos; burlarse de los cuerpos de quienes participan solo demuestra desprecio.
LA FEMINIDAD BAJO LA LUPA
Mya considera que todavía persiste el tabú de que una mujer musculosa pierde feminidad. Su propia experiencia contradice esa idea, aunque no pretende imponer sus preferencias a nadie. Cada mujer puede elegir cómo entrenar, qué apariencia desea y hasta dónde quiere llevar sus objetivos físicos.
El problema comienza cuando esa decisión provoca sospechas sobre su identidad o su orientación sexual. Ella escuchó comentarios que relacionan el desarrollo muscular con la homosexualidad. El prejuicio vuelve a aparecer bajo otra forma, como si los músculos pudieran revelar los sentimientos o los deseos de una persona.
“El cuerpo, sin embargo, no ofrece semejante respuesta. La orientación sexual no se determina por la apariencia, del mismo modo que la feminidad no depende de una medida de cintura ni de la cantidad de músculo que alguien desarrolle”, dice sin medias tintas.
La categoría bikini júnior, en la que Mya obtuvo el primer lugar, responde a criterios específicos de presentación física. Ella explica que “se busca una figura proporcionada y una determinada definición muscular, con atención a la simetría y la estética. No se trata de alcanzar el mayor volumen posible”.
Conviene detenerse en esa distinción, aunque la discusión va más allá de las reglas de un torneo. Incluso, si una mujer eligiera desarrollar una musculatura mucho mayor, seguiría teniendo derecho a vivir sin que su apariencia se convirtiera en motivo de discriminación.
La cuestión no consiste en establecer qué cuerpo resulta más femenino. Consiste en preguntarse por qué todavía necesitamos someter a las mujeres a ese examen. Las respuestas remiten a modelos culturales que todavía les asignan una apariencia esperada y juzgan a quienes se apartan de ella. No basta con celebrar la diversidad en abstracto. También hace falta dejar de castigar las diferencias cuando aparecen delante de nosotros.
Ella no empezó a entrenar para desafiar al machismo y tampoco tendría que asumir esa responsabilidad. Su esencia hace visible una contradicción que trasciende sus intenciones personales. Una adolescente practica una actividad que disfruta, obtiene un resultado deportivo y termina enfrentada a comentarios que intentan reducirla a su apariencia. También requiere revisar las ideas aprendidas, reconocer las propias contradicciones y dejar de reproducir los mismos patrones que limitan a otras.
ENTRE LAS CUERDAS Y EL HIERRO
La música ocupa otro espacio en su vida. Estudia violonchelo y debe organizar los horarios para cumplir con la escuela y el entrenamiento. En ocasiones, las obligaciones escolares dificultan la coordinación con su entrenador, pero consiguió mantener ambas actividades.
Una muchacha que estudia Música y trabaja su cuerpo en el gimnasio, que necesita tiempo para aprender una obra y constancia para mejorar su rendimiento físico. Ninguna de esas actividades invalida la otra.
El violonchelo exige precisión, escucha y dominio del instrumento, mientras que el entrenamiento requiere técnica, progresión y paciencia. En ambos espacios, el resultado depende de un trabajo que no siempre se ve. Lo que el público escucha durante una interpretación y lo que observa durante un concurso son apenas la parte visible de una preparación mucho más extensa.
Mya entrena cinco días a la semana. Continúa con una línea orientada al desarrollo muscular y contempla regresar a una lid provincial el próximo año. Todavía está en la categoría júnior y prefiere decidir más adelante cómo seguirá su trayectoria.
No hay garantías de que el camino resulte sencillo. Ella misma reconoce las dificultades económicas de su sueño. En Cuba, conseguir determinados alimentos puede complicar la dieta de un atleta, sobre todo, cuando necesita productos específicos y debe asumir los gastos sin patrocinio.
La competencia tampoco le garantiza ingresos. El esfuerzo se sostiene, en buena medida, con recursos propios y el apoyo de quienes la acompañan. A esas exigencias se suman las escolares y las físicas, que requieren descanso, alimentación adecuada y orientación responsable. En una adolescente, cualquier preparación deportiva debe priorizar la salud y evitar prácticas extremas que pongan en riesgo su desarrollo.
Esas dificultades forman parte de la historia tanto como la victoria. El fisiculturismo no se resume en el escenario. Detrás hay tiempo, dinero, decisiones y renuncias que el auditorio desconoce.
No tenía pareja cuando compitió, pero sí recibió respaldo de su entorno. Considera importante la comprensión de quienes están cerca de un atleta, porque la rutina de ejercicios y las exigencias alimentarias pueden afectar la vida cotidiana y las relaciones personales.
Aun así, no convierte su experiencia en una lección que pretenda ofrecer a todo el mundo. Sigue entrenando porque le gusta, se prepara porque quiere hacerlo. Y podrá cambiar de rumbo cuando lo decida.
EL DERECHO A ELEGIR
A los 16 años, ya conoce una forma de violencia que suele pasar inadvertida porque no deja marcas visibles. Aparece en las burlas, las insinuaciones y los comentarios que pretenden corregir a una mujer hasta devolverla a la imagen que otros consideran aceptable.
No hace falta que alguien le prohíba entrar al gimnasio. Tan simple y sencillo con hacerle sentir que, por entrenar, decepciona a los hombres, pierde feminidad o despierta sospechas sobre su sexualidad. La presión también funciona así, mediante pequeñas sanciones sociales que intentan convertir la diferencia en vergüenza.
Pero Mya ganó en bikini júnior, estudia Música, sigue entrenando. Su vida continúa más allá de las opiniones que recibe en las redes sociales.
No necesita demostrar que es más fuerte que los hombres ni que su cuerpo merece más respeto que el de otras mujeres. Tampoco tiene que convertir cada jornada de entrenamiento en una batalla ideológica. El derecho a elegir no debe exigir una justificación permanente.
La sociedad todavía tiene mucho que revisar cuando una adolescente recibe más preguntas sobre su feminidad que sobre su preparación, más comentarios acerca de los hombres que podrían desearla que acerca de la disciplina que la llevó a competir.
Quizá el problema no esté en que ella se aparte de una imagen tradicional de mujer. Quizá esté en la persistencia de una mirada que confunde las costumbres con obligaciones y convierte sus preferencias en reglas para los demás.
Seguirá con el violonchelo y las pesas mientras encuentre en ellos razones para hacerlo. No sabemos hasta dónde llegará en la música ni cuántas competencias disputará. A los 16 años, su historia apenas comienza.
Lo que sí sabemos es que ninguna de esas decisiones necesita la aprobación de una cuenta falsa, de un desconocido ni de quienes pretenden establecer cuánto músculo puede tener una mujer sin dejar de serlo.
Mya no tiene que parecerse al espejo ajeno. Tiene derecho a reconocerse en el suyo.