
Las Tunas.- Cada 21 de marzo, Día Internacional de la Poesía, los exponentes de esta expresión artística comparten versos por distintas vías, para honrar ese don que les mueve a escribir. En esa efervescencia de poemas del alma figura uno, rubricado por Yury García Fatela, escritor, promotor cultural, coordinador del taller literario El Cucalambé y director de la Plaza Martiana, entre otras funciones.
Hombre mirando al Ningueste es una obra repleta de simbolismo, emanaciones internas, críticas camufladas de belleza y mucho más. Pero, sobre todo —desde la mirada de 26— deviene un canto a la paz, una manera de decir “basta” a tantos males que hoy acechan a la humanidad, especialmente, un “no a la guerra”.
Aunque no es el único autor que se ha inspirado en este tópico, su composición cobra especial vigencia ante los sucesos que vive el orbe actualmente. Hombre… está dedicado a Sadako Sasaki, niña japonesa que enfermó de leucemia tras la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, y a las niñas de Irán, víctimas del conflicto armado de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica.
Ahora, cuando aún están frescas noticias como el doble ataque con misiles contra la escuela primaria de Minab, en la provincia de Hormozgán, un joven tunero —como lo han hecho otros alguna vez— vierte su dolor en versos. Él demuestra algo que los inspiradores de la palabra conocen muy bien: la poesía no solo habla de candilejas y oropel, sino también —y sobre todo— de dolor, desgarraduras, ausencias, vacíos…
“El arte es uno de los medios más importantes que se pueden utilizar como arma intelectual contra la guerra. Los poderosos suelen menospreciar una protesta, un cartel o algo parecido; sin embargo, cuando aparece una expresión como el arte, donde se expresan ideas con un nivel de refinamiento, lirismo y contundencia, desde un poema hasta una canción, por ejemplo, es mucho más fuerte a veces el mensaje.
“Ahí están para demostrarlo las canciones de John Lennon; el cuadro Guernica, de Picasso; el poemario España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo… El arte permanece en el tiempo y mantiene vigente la denuncia. La poesía no es solo belleza y sentimiento; tiene una función social; conmueve en lo más íntimo, en la vergüenza, la ética y el sentido del bien, que es lo que verdaderamente es la paz”.
Así, con su obra Yury rinde tributo a las pequeñas asesinadas en Irán y también a Sadako Sasaki, niña japonesa que deseó curarse de una enfermedad producida por la radiación de una bomba atómica, sueño que pensó cumplir con la realización de mil grullas de papel, a tono con una leyenda de su país. Ella murió sin terminarlas (lo hicieron sus amigos), pero desde entonces esos “frutos” de origami se convirtieron en símbolo de paz en todo el mundo.
Ahora que la llegada del equinoccio de la primavera y su manera tierna de apostar por la diferencia nos regalan poemas como el de Fatela, sirvan sus versos para reflexionar en qué más podemos hacer en pos de un mundo mejor.
HOMBRE MIRANDO A NINGUESTE
A Sadako Sasaki
Y a las Niñas de Irán
Estoy sentado en el contén del mundo
como un terraplanista hacia el abismo
Siento su borde tangible de algodón de napalm
mientras mezo los pies sobre la Nada que devora a Fantasía
Miro al diamante que usan para frakear la tierra
y delatar al último diamante fósil de Moby Dick
Miro las convenciones que aseguran datar al tiempo
Por un instante cierro los ojos y descanso
Pero he de volver a los furores del mercado
a los San Fermines migratorios
al torrente sexual anorgásmico
Lo ideal sería que no supiera
que nunca hubiera probado los jugos del alma
Todavía puedo dar mi pan sin inmutarme
derretir el ship con un me gusta
secar un ojo ajeno extrañado
Miro al este
a los choferes de tráfico humano con familia
apurados para cenar
A los que esparcen la reacción en cadena y hacen mutis y volteo
Miro al Sur
a los falsos positivos de las luchas por la paz
a los oficiales que salvan nietos desaparecidos
y les enseñan a decir papá y volteo
Miro al norte
a la limpieza santa de los aborígenes
que no aprendieron el Evangelio
a los sacerdotes que bendicen la virginidad de los monaguillos y volteo
Miro al oeste
a la fiebre pistolera de la utopía del oro
a las tiernas dedicatorias de los soldados
sobre Little Man and Fat Boy y volteo
Miro a los peces que aprendieron a respirar por el plástico
a los pálidos arrecifes petrificados de miedo
a los escuadrones suicidas de delfines
a las vacas estresadas por andar en línea recta
a los chicos que serán padres ahora mismo
cuando terminen de fornicar precozmente
a las muchachas que se casan por amor al prójimo lejano
y cruzan el océano altruistamente para fotografiarse
con una reproducción de La Gioconda
a los médicos que interrumpen la vida para salvarla
Miro al epicentro donde una niña riega
con origamis de grulla
las flores radioactivas
sobre la nave mayor.