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Las piedras de Dos Ríos 2

Las Tunas.- Aseguran las fuentes históricas más enconadas que el propio Máximo Gómez reconoció que fue “un combate mal preparado” aquel que costó la vida de José Martí el domingo 19 de mayo de 1895, en Dos Ríos.

Habían pasado menos de dos meses desde que El Delegado, de apenas 42 años, llegara a Cuba; y todavía lucía embriagado por el aroma de la tierra, el café preparado con miel y en jícara, y el influjo tremendo de las guásimas y las ceibas del poderoso monte cubano.

El hombre al que le habían dicho varias veces que su lugar no estaba entre las balas se lanzó, aquella tarde, a cruzar el desbordado río Contramaestre, se acercó demasiado a las líneas defensivas de una de las compañías del segundo batallón peninsular y recibió tres disparos que segaron su vida mientras otro hería a Baconao, el caballo magnífico que le había regalado José Maceo para que lo luciera en la guerra.

Dicen que había sido esa mañana, en el campamento de Vuelta Grande, su último discurso. Aseguran los testimonios de la época que dijo: “Por Cuba yo me dejo hasta clavar en la cruz”; y horas luego, embadurnado por la lluvia recurrente en esas fechas, yació su cuerpo cubierto de sangre entre la yerba fecunda del campo cubano.

Han pasado ya 131 años y José Martí sigue siendo el hombre necesario, la tormenta y la idea, la espina y la rosa; el ser humano de todos los tiempos que se empinó desde el suyo, haciendo lo justo, con temple y sin frío.

En momentos como estos, de ardores y poca fe, hay que volver a Martí, no porque lo estemos haciendo todo bien, sino porque de él se aprende a empinar el alma, corregir el rumbo y aunar voluntades para, sin miedo al futuro, renacer.