Las Tunas.- En la sala de su casa en Las Tunas, Ángela Iraice Leyva León guarda una foto amarillenta de su niñez en Guaro, esa localidad del municipio de Mayarí donde dio los primeros pasos y aprendió, sin saberlo aún, el valor de la perseverancia. En la imagen aparece su padre, un hombre que se superó de adulto hasta llegar a jefe de obra de la construcción. “Él fue el horcón de la familia”, dice ella hoy, como preludio los valores que resguardan.
A los 30 años de carrera en la Medicina, recuerda cómo ese constructor dirigió obras tan importantes como la escuela José Martí en Mayarí o el Politécnico de Guaro, dejando un legado de servicio que calaría hondo en sus hijos. Ese mismo espíritu de superación y entrega al bien común anida en Ángela, funcionaria del Departamento Provincial de Vigilancia en Salud en la Dirección Provincial de este sector.
Quien la escucha hablar de cólera, dengue o la covid-19, descubre pronto que tras la epidemióloga meticulosa late una mujer, forjada en la sensibilidad humana y la convicción de que la Medicina es, ante todo, un acto de amor. “Quería ayudar a mi familia, cuidar a las personas, pero para eso había que estudiar”, confiesa con la misma naturalidad con la que evoca a sus primeras maestras.
Antes de que la Medicina se convirtiera en su pasión, en Guaro ya había quien le enseñó a soñar despierta: su maestra Paz Villol, los profesores Rafael y Labrada que marcaron sus años de Secundaria, y luego Nidia Rodríguez y Javier Rodríguez, que la prepararon para aquellas primeras pruebas de ingreso a la carrera.
La vida de Ángela ha sido un viaje de ida y vuelta entre la vocación médica y la pedagógica. Quizá por eso, cuando llegó a Santiago de Cuba para estudiar los seis años de Medicina en la Universidad de Ciencias Médicas, ya llevaba consigo la semilla que una profesora de Higiene y Epidemiología, Isabel Carbonell, se encargaría de regar en quinto año.
“Me abrió el conocimiento sobre estudios poblacionales, evitar epidemias, buscar las causas de los problemas de salud para darles solución…”, rememora. Aquella revelación la condujo a especializarse primero en Medicina General Integral -“el trabajo comunitario fue maravilloso, lo recuerdo con mucha satisfacción”-, después en Higiene y Epidemiología, y más tarde a alcanzar el segundo grado en esa especialidad ya en tierra tunera, a donde se trasladó en 2005.
En ese tránsito vital, su hija llegó para confirmar que los valores se heredan y cultivan: hoy cursa el sexto año de la carrera de Medicina. Pero Ángela nunca se conformó con curar; necesitaba enseñar a curar. Por eso sumó a su formación una maestría en Enfermedades Infecciosas y, sobre todo, un doctorado en Ciencias Pedagógicas que la llevó a abrazar el magisterio como un segundo pulmón.
Sus tutores Lien Barley y Luis Téllez Lazo le mostraron que la enseñanza es también un laboratorio de valores. “Hay que transmitir a los estudiantes humanismo, sensibilidad, respeto, responsabilidad ante el paciente”, insiste. Quizás ninguna etapa condensó tanto esa filosofía como la pandemia de covid-19.
LA COSTRA DE UNA EPIDEMIA
“Fue un tiempo crudo, donde afloraron los sentimientos y la sensibilidad humana”, evoca esta vigilante de salud, que lleva 23 años observando el comportamiento habitual de las enfermedades para detectar a tiempo cualquier desviación y actuar. Pero si hay una imagen que la persigue y define es la de aquellas localidades rurales durante la epidemia de cólera.
“Estuvimos trabajando directamente en el aislamiento de los pacientes con covid”, recuerda, y en esa frase sencilla se esconde un universo de tensiones, desvelos y decisiones tomadas contrarreloj. No se trataba solo de aplicar protocolos; era ir casa por casa, seguir la pista del virus, trazar contactos, contener brotes y, sobre todo, mirar a los ojos a personas asustadas que, de pronto, veían su vida suspendida por una orden de aislamiento.
“Afloraron los sentimientos y la sensibilidad humana”, insiste, porque en aquel escenario la medicina dejó de ser una ciencia exacta para convertirse en un abrazo contenido, en una palabra de aliento al otro lado del nasobuco. Para Ángela, curtida ya en epidemias anteriores como el cólera o los brotes de dengue y arbovirosis que han azotado la provincia, la covid representó un salto cualitativo.
“Había que preparar a muchos especialistas, y seguimos preparándolos”, afirma sin vanidad, fiel a su doble vocación de médico y pedagoga. En aquellos días, su formación doctoral en Ciencias Pedagógicas se reveló más valiosa que nunca: no alcanzaba con saber, había que enseñar a pensar rápido, a actuar con evidencia científica todavía incipiente, a sostener la moral colectiva cuando el cansancio y el miedo amenazaban con derrumbarlo todo.
“Me permitió tener una mayor visión de cómo enseñar para que los estudiantes de Medicina y todo el personal de Salud tengan una mejor formación en salud pública”. En otras palabras, Ángela no solo combatía el virus en el presente; construía las defensas educativas para el futuro, convencida de que la próxima emergencia sanitaria encontrará a una generación de profesionales más preparados, más humanos, más responsables.
Hubo días de agotamiento extremo, admite sin dramatizar. Días en que las cifras de contagios subían y las camas de aislamiento escaseaban. Pero en medio de aquella tormenta, la doctora Leyva León encontró un sentido profundo a su oficio de vigía. Porque vigilar la salud -su trabajo cotidiano desde hace más de dos décadas- es precisamente eso: observar el comportamiento habitual de las enfermedades para detectar cualquier desviación y actuar antes de que sea tarde.
Durante la covid esa tarea silenciosa se volvió heroica, y ella la asumió con la misma determinación que aprendió de su padre, aquel constructor que nunca se amilanó ante una obra difícil. “Fue un tiempo donde aprendí que la sensibilidad no es debilidad, sino una herramienta de sanación”, reflexiona hoy, con la serenidad de quien ya ha procesado el trauma. Porque si algo le dejó aquella experiencia fue la certeza de que la epidemiología salva vidas no solo con gráficos y tasas de incidencia, sino con la capacidad de conectar con el sufrimiento ajeno y convertirlo en acción preventiva.
PROYECTOS QUE LA SOSTIENEN
“Fui a las comunidades más vulnerables; eso marcó mi vida porque vi el resultado y pude salvar a muchos niños. Fue impactante apreciar cómo se transformaban lugares necesitados de salud”. Ese compromiso con la población vulnerable sigue vivo en el proyecto internacional de determinación social de la salud, en el que participa desde 2010.
“Buscamos cuáles son las diferencias, las inequidades que deben resolverse, porque las condiciones políticas, económicas, raciales y de comportamiento influyen en la ocurrencia de los problemas de salud”, explica. Esa labor le ha permitido colaborar con el instituto de medicina tropical Príncipe Leopoldo, en Bélgica, y publicar el libro La formación epidemiológica en los estudiantes de la carrera de Medicina, editado en España, además de numerosos artículos científicos en revistas internacionales.
Ahora mismo, concentra sus esfuerzos en un proyecto de formación de reservas científicas, convencida de que las nuevas generaciones deben garantizar la continuidad del trabajo realizado. Sin embargo, cuando se le pregunta por los reconocimientos cosechados, prefiere hablar de la ética de sus compañeros.
“Ese ha sido el principal galardón: que me tengan en cuenta en las situaciones epidemiológicas y siempre pueda dar un paso al frente”. Y al definir la Medicina, sus palabras adquieren la hondura de quien ha vivido para sanar: “Hay que verla desde lo positivo, desde maximizar la salud. No solo como riesgo y enfermedad, sino como la manera de enseñar a las personas a ser más felices, a adaptarse mejor a las circunstancias y a utilizar sus activos para vivir con más paz”.
En su despacho de la Dirección Provincial de Salud, entre gráficos de vigilancia y protocolos, Ángela Iraice Leyva León sigue siendo aquella niña de Guaro que supo que ayudar a los demás exigiría estudio, sacrificio y amor. Treinta años después, su testimonio confirma que la Medicina también es el arte de enseñar a vivir mejor.