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Las Tunas.- El suave chasquido de la aguja al posarse sobre el surco, ese roce casi imperceptible que precede a la melodía, es un ritual que parece desafiar al tiempo. Los discos de acetato, esos círculos de laca y aluminio que fueron el primer soporte comercial de la música grabada, guardan en sus surcos no solo notas, sino toda una época de la cultura sonora.

Surgidos a principios del siglo XX, estos discos permitieron grabar y reproducir el sonido de forma instantánea, convirtiéndose en la herramienta fundamental de los estudios de grabación y las emisoras de Radio. Su fragilidad -el acetato se desgasta con cada reproducción, sus surcos se llenan de polvo blanco con el paso del tiempo- los ha vuelto objetos de culto, tesoros que los coleccionistas buscan en ferias y almacenes polvorientos.disco suriK

Pero los acetatos no son solo una reliquia técnica. Cada carátula, cada etiqueta desgastada, cada rasguño en la superficie cuenta una historia: la de la industria musical antes del vinilo, la de las orquestas que grabaron en 78 revoluciones, la de una época en que la música era un objeto físico que se compraba, se tocaba y se compartía como un bien preciado.

Hoy, en la era del streaming y la nube digital, la existencia de estos discos plantea una pregunta incomodísima: ¿qué sucede con el patrimonio sonoro cuando la música se vuelve intangible? Para Cuba, el reciente reconocimiento del son cubano como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) ha puesto de relieve la necesidad de preservar no solo el género, sino también los soportes que lo documentaron.

En Las Tunas y el oriente cubano, donde el son tuvo su cuna, los discos de acetato y vinilo son testigos mudos de la tradición sonera; recuerdan que son más que objetos: contienen un sonido analógico “real”, un diseño gráfico invaluable y una memoria generacional que los formatos digitales no pueden replicar.

La disyuntiva es evidente: mientras las plataformas digitales democratizan el acceso a la música, también vuelven efímera su existencia, despojándola del ritual físico, de la carátula que se admira, del disco que se limpia con esmero... Perder los acetatos no sería solo perder un formato obsoleto; sería borrar la huella táctil de nuestra historia musical, esa que aún espera ser escuchada en el suave crepitar de la aguja.

El museo provincial Vicente García González, que desde 1984 resguarda con celo los pasajes más autóctonos de Las Tunas, atesora en sus fondos una valiosa colección de estos discos; y tiene la oportunidad de convertir ese acervo en una exhibición temporal que devuelva la música a la escena pública. No se trata de una simple vitrina con objetos antiguos, sino de un ejercicio de memoria colectiva: invitar a los viejos maestros cultores del son y la música cubana, a esos músicos que hicieron bailar a generaciones enteras en los salones de baile de la ciudad, a desempolvar los recuerdos de las orquestas que pusieron en boga la tradición musical tunera.

Que los acetatos suenen de nuevo, que los ancianos reconozcan en esos surcos la firma de su juventud y que los jóvenes descubran que el pasado también tiene ritmo. La memoria sonora de Las Tunas merece ser escuchada una vez más.