Las Tunas.- Las últimas tres ediciones del Campeonato Mundial de Fútbol han lamentado la ausencia de una de las selecciones nacionales más exitosas en la historia de esta competencia: Italia. En efecto, la Squadra Azzurra -como se le conoce en el mundillo de los goles y las gambetas- no consiguió incluirse en ninguna de las tres convocatorias, a pesar de haber ganado cuatro títulos en 1934, 1938, 1982 y 2006. Se trata de una crisis multifactorial urgida de solución.
Cuando en 1930 Uruguay fue anfitriona del campeonato fundacional (el trofeo se llamaba, por entonces Copa Julet Rimet), la nación europea tampoco asistió. Según la prensa de la época, sus federativos lo justificaron con el argumento de que un viaje transoceánico era demasiado complicado. Además, se mostraron reticentes en aceptar la decisión de la Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) de disputar el torneo en Sudamérica cuando, según ellos, hubiera sido mejor hacerlo en su territorio.
A la sazón gobernaba Italia con mano de hierro el tristemente célebre dictador Benito Mussolini, conocido en Europa por El Duce. No era aficionado al fútbol ni mucho menos, pero eso no le impidió percibir la renta propagandística que ese deporte podría aportarle al fascismo, sistema político que exaltaba la acción, la fuerza y la disciplina. En consecuencia, se empeñó en que su país organizara en 1934 la segunda edición del torneo. Y en eso centró sus esfuerzos.
Lo primero fue conminar a Suecia para que desistiera de su candidatura. Bastaron una serie de presiones y artimañas para que el país escandinavo renunciara. Las calles se colmaron de carteles promocionando el torneo y jóvenes haciendo el saludo fascista. Solo quedaba pendiente asegurar el éxito. Mussolini llamó al general Giorgio Vaccaro, presidente de la Federación Italiana de Fútbol y le espetó: “No sé cómo se hará, pero Italia debe ganar este campeonato”. El hombre, asustado, respondió: “Haremos todo lo posible”. El Duce volvió a la carga: “No me ha entendido bien, general. Italia debe ganar el Mundial. Es una orden”.
A toda prisa, los comisionados reforzaron el equipo con algunos de los mejores futbolistas sudamericanos. Así, nacionalizaron a los argentinos Attilio De María, Luis Monti, Raimundo Orsi y Enrique Guaita, y también al brasileño Guarisi. El siguiente paso fue designar a Vittorio Pozzo como técnico, con el encargo de conformar una selección fuerte, capaz de titularse campeona. La presión sobre los jugadores fue brutal. La emoción pobló el país y no se hablaba de otra cosa.
Cuando comenzó el torneo, a los azzurri les fue bien. Triunfos sucesivos sobre Estados Unidos (7-1), España (1-0) y Austria (1-0) le desbrozaron el camino hacia la final frente a Checoslovaquia. La noche anterior al partido, Mussolini cenó con el árbitro designado con el fin de discutir la estrategia. El colegiado se comprometió a dejar jugar. Se dio el pitazo y los checos dominaron la primera parte. Alarmado, en el intermedio Mussolini llamó a Vittorio Pozzo: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”, le dijo.
Pozzo transmitió el amenazador mensaje a sus jugadores: “No me importa cómo, pero estamos obligados a ganar. Si perdemos el juego, todos lo pasaremos muy mal”. Checoslovaquia salió delante, y a falta de 10 minutos para el final, el resultado le favorecía 0-1. Pero, por suerte para los italianos, Raimundo Orsi empató en el minuto 81 y, ya en la prórroga, Angelo Schavio puso el 2-1 definitivo que salvó las cabezas de todos. Fue el triunfo del fascismo y del dictador, cuya nefasta popularidad se exaltó hacia los adentros de la nación y ante el mundo.