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Casa de abuelo Guillermo tejas 5Las Tunas.- José Benjamín Castillo llegó a la casa de abuelos Guillermo Tejas con el alma encogida y el silencio de su hogar pegándole en los oídos. Permanecía mucho tiempo solo, y la soledad, dice, le pesaba más que los años. Hoy, después de un mes y unos días, sonríe y asegura que este lugar es “un paraíso”. Pero hasta el paraíso -confiesa- tiene días nublados.

Cariño que no falta

Allí conversa, ríe, comparte. Le cortan las uñas, lo pelan, lo atienden con esmero. “Me siento bien, realmente. Tenemos actividades culturales, deportivas. Todos miramos con los mismos lentes, aunque los míos están más gastados”, bromea sobre su escasa visión.

No es el único que lo siente así.

Aliuska Rodríguez Leiva, enfermera especialista en Gerontología, lleva el pulso diario de la institución. Sus manos atienden a los 18 abuelos que hoy asisten, aunque la capacidad es para 40. “Tenemos algunos de licencia, de vacaciones, con certificados médicos. Pero todas las plazas están ocupadas”, explica.

Detalla que el servicio médico incluye consulta clínica y podología, con apoyo de los consultorios aledaños y del policlínico Gustavo Aldereguía, al cual pertenecen. “Si algo falla, actuamos rápido”, asegura.

Pero su mayor preocupación son los recursos humanos. De los 13 puestos que deben estructurar el centro, cuatro están sin cubrir: falta auxiliar de limpieza, administrativo, trabajador social y pantrista. “A pesar de eso, después de las labores, nos turnamos para mantener la casa impecable”, dice con orgullo.

También menciona la energía: han instalado paneles solares y cuentan con un fogón infrarrojo para cocinar cuando falta la electricidad. “Pasamos momentos críticos de cocinar con leña, de pedirles carbón a los vecinos. Hemos podido resolver esta situación”, afirma.

Por su parte, la doctora Tamara González Pérez, subdirectora de Asistencia Médica del policlínico Gustavo Alderegía, ilustra la red que respalda a este sitio. “Tenemos un equipo que una vez al mes trabaja en la casa de abuelos, como es la fisiatra, el estomatólogo, el defectólogo, la psicóloga, el podólogo y otros”, detalla.

Sin embargo, su diagnóstico es honesto: “Está todo controlado, pero hacen falta muchos recursos allí. Ellos se quejan porque los ventiladores están rotos y por la falta de variedad en la alimentación. A veces no han contado con qué cocinar, lo han hecho con leña y eso les molesta a los vecinos. En ocasiones, por ese asunto de la cocción, hemos tenido que suspender el servicio y se ha cerrado la casa”.

Sobre los paneles solares confirma que ayudan, pero son insuficientes: “Imagínate, ponen una olla, hacen el arroz y tienen que elaborar otras tandas”.

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“Antes éramos felices”

Mabel Morales Rodríguez, nutricionista con 39 años de experiencia y fundadora de la “Guillermo Tejas”, no oculta su nostalgia.
“Yo estoy acostumbrada a hacerles un menú como va, a buscarles lo mejor para su vida, para la jornada diaria. Y ver que no tengo de nada, me pone mal”, confiesa.

Recuerda que hace unos meses un productor de la cooperativa Niceto Pérez les traía vegetales frescos cada mañana. “A las 6:00 am usted quería el alimento y ya estaba aquí. Venía listo para el consumo, con buena calidad, sin desechos”, relata.

Pero el municipio centralizó las compras. “Nos dijeron que ya no podíamos comprar de manera directa. Ahora los alimentos llegan allá, demoran, vienen en mal estado y desechamos mucha cantidad”, explica con frustración.

Hace dos meses que no reciben aceite. “El último pomo que se utilizó lo compré yo, de mi bolsillo”, aclara con vergüenza. Las proteínas se limitan a picadillo y, en contadas ocasiones, jamonada. “El adulto mayor necesita 2100 kilocalorías diarias. Un plato debe tener siete variedades. Aquí apenas llegamos a dos”, lamenta.

El problema va más allá de la comida en sí: “No nos faltan las proteínas, pero sí las viandas, las ensaladas, las frutas. Y eso es fundamental para fijar las vitaminas. Cuando escasean ingredientes, el rendimiento calórico baja. Ellos gastan energía al hablar, al caminar. Si no comen bien, se deterioran más rápido”, advierte.

Su deseo es claro: “Que desaparezcan las trabas administrativas en estos momentos tan complejos”.

No solo Mabel, allí todo el colectivo ayuda con condimentos, refrescos, con lo que puedan, pero la tarea les queda muy grande.

Roberto Cresencio Bofill, presidente del Consejo de Abuelos, no se guarda nada.
“Nos sentimos desamparados. Nadie viene a compartir con nosotros. Ni la directora del policlínico, ni del municipio...

“Después de donar 50 años de trabajo a la Revolución, merecemos respeto - sentencia. Sabemos que la situación económica del país es dura, entendemos lo que causa el bloqueo, pero aquí la alimentación deja mucho que desear, no es para ancianos, considerando que somos los más vulnerables.

Margarita Josefa Bayar asiente: “La comida no llena. Hay días que solo nos dan arroz con calabaza. Y cuando hay plato fuerte, es un pedacito de jamonada. En las meriendas nos dan té, no recuerdo la última vez que probé la leche”.

La mirada de Salud: entre la voluntad y las limitaciones

Para comprender la complejidad del entramado que sostiene -o lo pretende- a esta casa de abuelos, indagamos con los directivos de Salud en el municipio de Las Tunas. El doctor Onelri Tristá Campos, subdirector general de la Dirección General de Salud en la localidad, remarca que la centralización de las compras fue una decisión financiera, no malintencionada.

“Por el déficit que tenemos de recursos humanos en la parte de Contabilidad, se decidió centralizar la compra”, explica. Sin embargo, admite que esta medida ha tenido consecuencias no deseadas.

“El productor puede seguir llevando los surtidos hasta allí, pero la factura tiene que venir acá. O avisarnos y alguno de nosotros estar en el lugar supervisando lo que se entrega. Porque ha habido, no en esta casa de abuelos, sino en otras instituciones, la compra de productos a sobreprecio”, detalla.

Pone un ejemplo concreto: “Si por la necesidad que puedan tener adquieren el plátano a 50.00 o 60.00 pesos, cuyo importe establecido para nosotros es a 35.00 pesos, cuando llega aquí, Finanzas no lo quiere aceptar, pues no podemos pagar un artículo a sobreprecio”.

El doctor Tristá Campos identifica otro eslabón débil: “Todo se torna más complejo cuando no tienes un administrador que vele por esos asuntos. Hemos puesto a prueba a varios allí, pero no han dado resultados”. Anuncia que tienen en planes cubrir próximamente esta plaza.

Sobre los suministros, el directivo detalla los esfuerzos recientes: “La semana pasada se hizo una gestión con la Pesca, recibimos cojinúa y se repartió a todas las instituciones sociales. El Cárnico entró el sábado, ya estamos distribuyendo costillas y carne de primera. El sábado llegaron viandas, enviadas por Acopio, y estamos haciendo una gestión con Intalsur para ofertarles mermelada y dulce de frutabomba”.

Pero reconoce que los abastecimientos son intermitentes. “Queremos ver cómo llegar directamente a los TCP, encadenarnos, revisar el procedimiento para que ellos nos ayuden a mejorar la atención a los abuelitos”.

Sobre las carencias, es contundente: “Se nos hace difícil por la situación en la que está el país hoy y lo referido al sobreprecio”. Afirma que han elevado las quejas a las autoridades superiores y han recibido apoyo, pero depende también de las producciones de los suministradores.

Ángeles anónimos

En medio de la escasez, hay manos generosas que alientan la labor de la casa.
Juan Rogelio Polanco Pérez, dueño de la mipyme Panes y Pizzas Polanco, dona diariamente pan fresco. No solo para esta casa de abuelos, sino también para el hogar materno. “Este señor merece más que un reconocimiento”, dice Mabel con gratitud. Lleva más de seis meses con este gesto, y ni un solo día ha faltado.

La Iglesia bautista también apoya la institución. No de ahora: llevan más de cuatro años acompañando cumpleaños colectivos, celebraciones y momentos de esparcimiento. Mientras, Rafael León, de la mipyme El Nuevo León, se sumó recientemente, colabora en las actividades y aporta cárnicos para la alimentación colectiva.

“Son ángeles”, repite Mabel. Y no exagera. En tiempos difíciles, estas personas se han convertido en parte del sostén silencioso de un lugar que no cuenta con los respaldos necesarios.

La encrucijada: un problema que exige la imbricación de múltiples factores

La casa Guillermo Tejas por momentos se mantiene vital gracias al sacrificio de sus trabajadores, en primer lugar. Pero los abuelos -que entregaron décadas de su vida a esta sociedad- necesitan rutinas más alentadoras y saludables.

El bloqueo impacta feo en nuestra cotidianidad, pero justo por eso hacen falta recursos allí. Resulta preciso que se hagan cumplir las políticas protectoras de la tercera edad.

Sin embargo, al escuchar a las autoridades del sector sanitario, se revela un entramado de causas que conviene no simplificar. La centralización de las compras, por ejemplo, no nació de un afán de desabastecer, sino de la necesidad de controlar los sobreprecios que algunos productores imponían y de aliviar la carga contable ante la escasez de personal administrativo.

Pero esa decisión, bien intencionada en el papel, rompió el vínculo directo con los agricultores locales que cada mañana llegaban con vegetales frescos y sin desechos; y hoy somete a los abuelos a la intermitencia de un suministro que llega tarde, en mal estado o simplemente no llega.

A esa traba se suma la ausencia casi crónica de un administrador estable en la propia casa. Sin esa figura que vele en el terreno, que gestione, que supervise y resuelva, cualquier esfuerzo externo queda disminuido. Y aunque se anuncia la llegada de un nuevo responsable de ese campo, la interinidad ha cobrado su factura en el día a día de los abuelos.

Mientras tanto, ellos miran. Roberto Bofill lo dice con la dignidad de quien dio medio siglo de trabajo: no es solo el plato vacío, es la ausencia de quienes deberían sentarse a su lado, preguntarles, compartir. La cercanía que falta no es un lujo: es el reconocimiento de que existen, de que su vida importa.

No se trata, entonces, de un único responsable. El problema se anuda en la confluencia de decisiones administrativas que se tomaron sin comprender su impacto humano, de vacíos de gestión que nadie ha podido llenar, de suministros estatales que dependen de la disponibilidad de otras empresas.

Salud Pública debe asumir la protección de los adultos mayores institucionalizados como una prioridad que va más allá de la consulta médica mensual, y que exige el seguimiento diario de la alimentación y el abastecimiento.

Las autoridades locales, por su parte, no pueden limitarse a reaccionar ante crisis puntuales; necesitan diseñar una estrategia de abastecimiento regular que habilite los canales directos con los productores, que elimine trabas burocráticas y que garantice no solo la comida, sino el mantenimiento de los equipos, la solución definitiva al problema energético para cocinar y de otras cuestiones que persisten allí.

Los abuelos de la “Guillermo Tejas” no piden privilegios. Piden que, en estos tiempos tan duros, su institución funcione como está legislado. Eso se lo debemos. Y no podemos demorarlo más.