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ciudad8

Las Tunas.- Ayer, una vecina tocó la puerta de mi casa, pasadas las 8:00 de la noche, en pleno apagón, porque tenía dos hornillas de carbón prendidas, había acabado sus tareas del día, e iba de puerta en puerta para que los vecinos tuvieran en su fogón un poquito de auxilio, si les era necesario.

Tengo una amiga que guarda en su cartera, siempre a tiro de mano, el nombre rarísimo de las medicinas que necesita un familiar enfermo y se las muestra a todo el que ella cree que puede tener algún blíster, para ayudarlo; y también sé de quienes comparten sus pastillas con desconocidos, por aquello tan cubano de que “siempre hay alguien que está peor que uno”.

Conozco a la abuelita que divide el mentol y los analgésicos que le llegaron de otros países, comprados allá con mucho esfuerzo, con alguien a quien el chikungunya le ha dejado con dolores en las rodillas; sé de algunos que se fueron a donar sangre sin que mediara un peso, aunque el refrigerador estuviera vacío y de otros que acompañan, sin preguntas ni máscaras, el duelo de un desconocido, con un respeto colosal.

No puedo decir, no es honesto, que me quedo con esta Cuba, la de las carencias tremendas, los apagones abusivos, la falta de todo y la esperanza en crisis; pero, si un día escribimos la historia tremenda de estos años de horror, habrá que dedicar líneas a la guerra callada, que se ha vuelto rezos y silencios, pero no ha dejado de ser solidaria, irreverente, honesta.

Algunos dirán que ha sido “porque no nos queda de otra”; y estarán los que culpen a estas líneas de “parciales o de romantizar el dolor”; pero, le aseguro, en medio de tanta gente que no acepta transferencias, de otros que roban y vandalizan; de quienes acuden a la droga o al alcohol, encontrar un abrazo en la mañana, un café que sí se comparte, un buenos días sincero tras una noche de insomnio es, por mucho, hallar un claro de fe, un anuncio de luna nueva, una suerte de fuerza interior compartida que, de alguna manera, alienta a seguir adelante.