
Las Tunas.- “Ganar el premio Guillermo Vidal es un orgullo, pero también algo que duele; hubiera preferido no celebrar un premio y que él estuviera vivo. Hace unos días, en fecha de su cumpleaños, comentaba a algunos amigos que todos fuéramos mejores si él estuviera vivo. Sé que seguiría escribiendo, y nosotros seríamos mejores escritores y personas”, confesó a 26 Nelton Pérez Martínez, ganador de la actual edición del premio nacional que lleva el nombre del autor de Matarile.
Al cierre de la jornada literaria, que cada año reverencia a quien revolucionó la narrativa cubana del siglo XX, se dieron a conocer los resultados del certamen, en el que obtuvo mención –además– el joven Enmanuel Aguilar Reynosa, por Quienes se tragan el ruido.
En el caso de El aprendiz, la novela de Nelton, el jurado –integrado por los prestigiosos escritores Emerio Medina, Sergio Cevedo y Alberto Marrero– otorgó el lauro, luego analizar las 12 obras en competencia, por tratarse –entre otros elementos– “de una novela histórica con elementos de ficción, en la que interactúan personajes reales con personajes ficticios, alcanzando un alto grado de verosimilitud. Esta obra refleja con mucho acierto el ambiente político y cultural de la primera mitad del siglo XIX en la Cuba colonial”.
Al preguntarle sobre su creación, el autor expresó: “El aprendiz es una novela, que fabulo a través del narrador, que es el mismo Cirilo Villaverde, quien está a punto de morir en Nueva York. Él era el aprendiz del Club de los Delmontinos; el joven guajiro, que vino de La Habana y no estaba tampoco entre los favoritos de Domingo del Monte, pero que se esforzó bastante y logró después hacer la obra principal de todo ese grupo. Es alguien que está rememorando la juventud, todo lo que se vivió en esa Habana cuando trataban de crear –desde la literatura– un país.
“La primera versión de Cecilia Valdés era diferente; luego Villaverde madura como narrador y da vida a su obra cumbre. El aprendiz juega un poco con la recreación de esa época, la amistad entre los Delmontinos y los que estaban cerca, los capitanes generales, la situación del país, los sueños… Es una novela que me exigió investigación, algo que disfruto muchísimo, pues siento que viajo en el tiempo hacia épocas donde, a veces, están las respuestas que uno no encuentra hoy. Para mí la novela histórica es una máquina del tiempo”.
Nelton, quien tuvo la dicha de conocer al Guille, no puede evitar mencionarlo de vez en vez, a sabiendas de que su legado debe –contra viento y marea– permanecer… “Guillermo Vidal, al igual que Domingo del Monte, salvando distancias y épocas, era alguien que nos prestaba libros a los más jóvenes, revisaba nuestras obras, y así sucedía en las tertulias de Domingo, donde incluso se leían las pruebas de galera, de lo que se iba a publicar. Los grupos de escritores tienen siempre puntos de contactos, aunque pase el tiempo, lo que cambia es la mirada. Así como en La Habana de 1830, en Las Tunas de 1993 y 1994 nos nucleamos alrededor de Vidal varios escritores cubanos, no solo los ‘tunantes’, como a él le gustaba llamarnos...
“Recuerdo especialmente cuando viajábamos a La Cabaña, que nos reuníamos cerca de él. Eso es algo que extraño y siempre voy a agradecer; Guillermo –más que un maestro– era un amigo y nos hacía sentir como iguales. Así, desde una inmensa humildad, lo mismo te decía cosas a favor, que te señalaba donde creía, pero desde una libertad tremenda. Éramos un grupo de escritores que, alrededor de él, soñábamos… El aprendiz, como toda mi obra, le debe muchísimo”.
Así, desde que conoció a Vidal en 1992 en un evento ocurrido en la Casa de la Cultura de Manatí, sería parte de ese “equipo narrativo” que aún hoy “sigue siendo real, a veces como susurrándote”. “En ese entonces su saludo fue: ‘Me recuerdas a Félix Luis Viera’ (escritor de origen cubano), creo que más bien por el físico. Hace un mes conocí en Miami a este autor y le dije que me había acercado a su obra por recomendación de Guillermo. Por su expresión, supe que también lo extraña. Y esas son las cosas que te dicen que él era una llave y te abría muchas puertas.
“Otro momento que atesoro fue cuando obtuve, en 1993, mi primer premio en un concurso de cuentos de amor, con Las putas y el poeta. Guillermo era parte del jurado. A él y a Garrido les dio una inmensa felicidad. Más de 60 cuartillas de Matarile se escribieron en el hotel Las Caobas, de Manatí, como reconocía su autor.
“En ese tiempo no lo conocía, pero recuerdo que –más tarde– llevé esa novela dos o tres veces en forma de manuscrito en el tren guantanamero hasta La Habana, donde Manuel Mecías –otro escritor tunero– radicado allá, la revisaba. Yo la volvía a traer y Guillermo hacía sus sugerencias, y así sucesivamente. En el tren, miraba las propuestas de cambios, algunas con las que estaba de acuerdo y otras no. Por eso nos alegró sobremanera cuando se publicó la obra. Esa cofradía que da la literatura es algo que no tiene comparación; ni nosotros –como escritores– podemos describir eso”, concluyó.
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Nelton, con varios libros inéditos (entre estos una trilogía de novela sobre la colonia norteamericana que vivió en Isla de Pinos desde 1902 hasta 1981), cuenta a 26 que quiere dedicar El aprendiz a amigos entrañables de los años 90 en Las Tunas: Carlos Esquivel, Alberto Garrido, Frank Castell, Osmany Oduardo, Ray Faxas…
Su premio, más allá de demostrar lo evidente (talento, consagración y maestría), descose también los hilos de la muerte, para demostrar que el legado de un escritor como Vidal no solo se mide en libros publicados o algún que otro lauro; se mide –además– por esos saberes perpetuos que deja en sus “colegas escriturales” (como llama a sus hermanos de letras María Liliana Celorrio). Por eso, ahora mismo, si nos podemos oníricos, quizás imaginemos a Guillermo sonriendo, orgulloso, desde algún rincón de la bendita eternidad.

