caricatura atentado trump2026 diario red

“Quemar un coche es un delito común. Quemar cien coches es una acción política”. Esta lección para estudiantes de Política y de Periodismo se atribuye a Ulrike Meinhof, aquella malvada profesora alemana que distinguía perfectamente entre el vandalismo estéril y la violencia con objetivos claros. La reflexión sirve hoy para preguntarnos qué fue realmente el atentado frustrado contra Donald Trump durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca. ¿Violencia política legítima o la simple acción privada de un perturbado mental? Veamos.

El presunto perpetrador se llama Cole Allen. Ingeniero de 31 años de edad, profesor de Ciencias y Tecnología. Antes de jugarse la vida y la libertad para intentar matar al gabinete Trump, este joven dejó escrito un manifiesto de poco más de mil palabras del que solo conocemos algunos párrafos cuidadosamente filtrados. A estas horas, el texto íntegro sigue siendo imposible de encontrar en Internet. Al parecer, ningún gran medio de comunicación quiere que sus lectores conozcan las razones de quien decidió pasar a la acción. La libertad de prensa, ya saben, es sagrada hasta que alguien la usa para señalar a los poderosos.

De lo poco que ha trascendido, sabemos que Allen instruyó a sus familiares por correo minutos antes del ataque. En su escrito identificaba como objetivos prioritarios a los altos cargos de la Administración, con la única y enigmática excepción del director del FBI. Un detalle revelador: pareciera que Allen está contra el Gobierno, pero no necesariamente contra el Estado. Esa fina distinción que los grandes tertulianos no alcanzan a procesar.

El manifiesto, además, contiene una defensa teológica impecable. Allen, que parece haber leído más que muchos telepredicadores, explica que no está dispuesto a permitir que un pedófilo, un violador y un traidor actúe en su nombre como ciudadano estadounidense. Y anticipándose a las objeciones cristianas, rebate el argumento de "poner la otra mejilla" con una precisión bíblica desarmante: sólo se debe poner la otra mejilla cuando tú eres el oprimido. En sus propias palabras, que merecen ser reproducidas: "Yo no soy la persona violada en un campo de detención. Yo no soy el pescador ejecutado sin juicio. Yo no soy el chico del colegio tiroteado, ni tampoco el chico hambriento o la adolescente abusada por los criminales de este Gobierno. Poner la otra mejilla cuando otra persona es la oprimida no es un comportamiento cristiano, es complicidad con los crímenes del opresor". Casi nada.

Ante quienes pudieran tachar su acción de inútil porque no acabaría con todos los opresores, Allen responde con una sencillez demoledora: "Hay que empezar por algún lado".

Este es el contenido incendiario que los adalides de la transparencia se niegan a difundir. Pero la cosa no quedó ahí. El propio Donald Trump concedió una entrevista a la CBS horas después del ataque. Cuando la periodista Norah O'Donnell le preguntó por el manifiesto, el presidente, que evidentemente no ha leído No pienses en un elefante de George Lakoff, estalló en directo: "No soy un violador. No he violado a nadie. No soy un pedófilo. Has leído una basura. Deberías estar avergonzada. No deberías leer esta basura en un programa como este. Eres una vergüenza". Ahí lo tienen. La pedagogía política del magnate.

Naturalmente, los líderes del mundo han condenado el atentado. Todos, hasta Pedro Sánchez y Delcy Rodríguez, que tendrían buenas razones para no entristecerse mucho si el magnate dejara este mundo. Pero más allá del ritual hipócrita de las condolencias, quedan varias preguntas buscando esas respuestas que Bob Dylan mandó a soplar en el viento. ¿Es el atentado contra Trump una acción política? ¿Es cierto lo que dice Allen en su manifiesto? ¿Es Trump un violador y un pedófilo? ¿Es el tiranicidio justificable por razones éticas, políticas o religiosas, como defendieron el jesuita Juan de Mariana o el propio Tomás de Aquino? ¿Por qué a Trump le molesta tanto que lean el manifiesto en televisión? ¿Por qué no se difunde?

tiroteo cena corresp casa blanca.25abr26ESA CENA QUE HUELE A PODRIDO

La respuesta, amigos, está soplando en el viento, pero también en los detalles que la gran prensa prefiere ignorar. Empecemos por el escenario del crimen: la cena de corresponsales de la Casa Blanca. Lleva celebrándose este aquelarre de la endogamia 112 años. Se trata de reunir, en torno a un menú carísimo, a los periodistas que deben fiscalizar al presidente con los políticos a quienes supuestamente deben criticar. En un ambiente de alfombra roja y feliz promiscuidad, brindan por la Primera Enmienda y el cuarto poder. La prensa libre que critica al Gobierno sin miedo a la represión, porque ya se encargan ellos mismos de no criticar nada que incomode de verdad.

Allí se cuentan chistes sobre la inflación, la guerra, la corrupción o los archivos de Epstein. Los políticos, tan tolerantes ellos, se ríen. Qué valientes, qué irónicos, qué mordaces. Cuánta ocurrencia en este mundillo alejado de los mortales. ¡Viva la prensa independiente!... ¿en serio?

En ediciones anteriores, Trump había boicoteado el evento por su mala relación con los periodistas. Pero este año decidió acudir, y ya ven el resultado. Atentado o no, lo que tenemos es a la profesión poniéndose trajes de lentejuelas y dándose codazos por comer cerca del magnate apenas dos días después del asesinato de la reportera libanesa Amal Khalil a manos del ejército israelí. Según el Comité para la Protección de los Periodistas, 260 trabajadores de la prensa han sido asesinados por Israel desde octubre del 2023. Más de dos centenares y medio de periodistas en menos de tres años, la mayoría en Gaza, pero también en Yemen, Líbano e Irán. Más de 100 están hoy en cárceles israelíes siendo torturados. Este es el período más letal para el oficio desde que existen registros. Con esos datos sobre la mesa, la profesión debería estar quemando redacciones, no salivando por entrar en los salones y hacerse selfis con un presidente.

CONDENAN… ¿TODA LA VIOLENCIA POLÍTICA?

El atentado ha revelado otra cuestión fundamental: da igual cuán brutal sea la política trumpista, cuán despiadada, cuán ilegítima o arrolladora. Lo que no hay que perder nunca son las buenas formas. Las condenas automáticas no se hicieron esperar. Unas, en tono institucional, colocan el problema en el hecho abstracto de que haya violencia. Otras, más sentidas, como las de Milei o Netanyahu, insisten en que el objetivo de matar a Trump es matar su agenda, sus ideas. Todas coinciden en lo mismo: no está bien atentar contra Trump.

Callan, en cambio, sobre lo que significa la violencia política real. La ciencia política define este concepto como el uso deliberado de la fuerza para lograr objetivos políticos. Así que, sí: asesinar sistemáticamente periodistas como hace Israel en Gaza, secuestrar a un presidente del Gobierno como en Venezuela, asfixiar de hambre a Cuba o matar negociadores iraníes son actos de violencia política. Y se ejecutan desde despachos gubernamentales, no desde la trinchera de un lobo solitario. Quien se ha arrogado tradicionalmente la autoridad unilateral para eliminar enemigos políticos bajo discursos de liberación es precisamente Estados Unidos. Ahí están Lumumba, Allende, Gadafi, Soleimani o los 68 planes diferentes para asesinar a Fidel que la CIA fue desclasificando con los años.

EL CAPITALISMO CASINO NO PIERDE NUNCA

Mientras esperamos a que se aclare qué pasó realmente en este supuesto nuevo intento de magnicidio, cabe preguntarse quién gana. Ustedes podrían pensar que el propio Trump, que en este contexto de pérdida de popularidad se hace el mártir y rasca algunos apoyos extra para las elecciones de medio término de noviembre próximo, si es que termina habiendo elecciones. Otros pensarán quizá en los demócratas. Pero lo que sabemos con certeza es que hay gente haciéndose de oro.

Atentos al mercado de apuestas Polymarket. Trump dejará de ser presidente antes de 2027. Más del ochenta por ciento de los participantes apuestan a que no, a que seguirá vivo y en el cargo. ¿Cómo que Polymarket? ¿Cómo que apuestas? Vayamos a tocar este elefante en la habitación que ya va siendo hora.


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Negocios de apuestas lucrarían con decisiones de Trump


Tal como ha explicado Sergio Ravinal en Diario Red, los mercados de predicciones funcionan de manera opuesta a las casas de apuestas tradicionales. Aquí no hay una casa que pierde dinero si ganas tú. Aquí lo que existen son acciones y una suerte de bolsa de cada mercado. Imaginemos un mercado llamado "¿Habrá una invasión estadounidense a Irán?". Hay dos opciones, afirmativa y negativa, y el precio de las acciones fluctúa en función del dinero que los participantes meten en el bote. La empresa predictiva se queda una comisión por operar, y el ganador se lleva su parte sin que la compañía pierda un solo dólar.

El mundo de las apuestas es detestable por sí mismo. Conocemos bien la crisis de ludopatía que afrontan miles de jóvenes y familias también en España. Pero este submundo tiene otra derivada aún más siniestra: el adulteramiento de competiciones y procesos políticos. No hablamos de un deportista que se hace expulsar en el minuto 40 para cobrar una apuesta. Hablamos de que el hijo del jefe de la Casa Blanca, del que dependen la mitad de las cosas que pasan en el mundo, es inversor en Polymarket. La firma de capital riesgo de Donald Trump Jr. invirtió en esta empresa una cantidad de dos dígitos en millones de dólares, y el propio vástago se unió como asesor.

Ya no es que estemos ante la internacional reaccionaria o ante la internacional estúpida. Estamos directamente frente a la internacional carroñera. Que pueda haber información privilegiada e incluso influencia de estas páginas web en las decisiones del presidente sobre la vida de millones de personas no es una especulación. Según una investigación de Associated Press recogida por CNN, un operador de Polymarket ganó casi un millón de dólares en 2024 realizando apuestas notablemente precisas sobre cuándo Estados Unidos e Israel lanzarían ataques militares contra Irán, incluso antes de que comenzara la guerra. También hubo cuentas recién creadas que apostaron fuerte por el alto el fuego poco antes de que Trump lo anunciara. Pero no se preocupen. Trump ya nos ha dicho que el mundo es así, como si él no tuviera nada que ver.

intento atentado trump 768x433CUESTIÓN DE NARRATIVAS

La prensa estadounidense, mientras tanto, libra su propia guerra de trincheras narrativas. La CNN enmarca el atentado como un ataque a los rituales de la democracia estadounidense y lo vincula implícitamente a la erosión institucional que provoca el propio Trump. Fox News, en cambio, coloca en portada una foto de Obama con cara de tonto y titula que el motivo del tiroteo no está claro, pero que el manifiesto del sospechoso cuenta una historia diferente. El problema, para Fox, es la radicalización de los demócratas y el odio fabricado por las protestas contra el presidente. Para los demócratas, el problema es Trump y lo que engendra. Un mismo hecho, dos narrativas opuestas. Así funciona el oficio.

En medio de este duelo de ficciones, casi nadie habla del contenido del manifiesto. Ni de por qué Trump se puso como una fiera cuando la periodista de la CBS lo leyó en directo. Ni de la tarjeta que el magnate le escribió a Jeffrey Epstein con aquello de "feliz cumpleaños, por muchos más secretos espectaculares entre nosotros", que el Wall Street Journal destapó en un reportaje que iba a ser premiado en la frustrada cena y contra quien Trump interpuso una demanda que un juez acababa de desestimar. Pero de eso no se habla.

Muerto el perro, se acaba la rabia, dicen algunos. Pero el trumpismo es mucho más que Trump. Es la consecuencia inevitable de un sistema político podrido y su papel en el mundo. La sociedad estadounidense está enferma de violencia, con más armas que ciudadanos y una década de odio fermentando. Mientras el hegemón decadente se desangra en sus contradicciones, los de arriba se forran con las apuestas, los de abajo pagan los platos rotos y los periodistas se ponen smokings para brindar con el opresor de turno.

La cuestión es si Trump es en realidad tan invulnerable como para que nos creamos que solo puede acabar con él un don nadie armado con un manifiesto y una escopeta. O si, por el contrario, el verdadero atentado cotidiano es el que cometen desde los despachos quienes jamás tendrán que poner la otra mejilla.

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