
La brutalidad del imperio se parece a la de un fisicoculturismo lleno de anabólicos: torso enorme, apariencia intimidante, pero piernas débiles. Mucho músculo arriba, poca estabilidad abajo. La imagen la lanza el periodista argentino Bruno Sgarzini para describir la contradicción actual de Estados Unidos: conserva una capacidad militar gigantesca, pero cada vez le cuesta más convertir ese poderío en victorias políticas duraderas.
La prueba de fuego fue Irán. Lo que iba a ser una excursión de tres o cuatro semanas se convirtió en un conflicto congelado de más de 70 días, donde la principal potencia militar de la historia tuvo que sentarse a negociar un "deal" para salir del empantanamiento. Y aquí, aparece la primera lección para la región: el poder imperial tiene límites, y esos se vislumbran cuando el costo de la intervención se vuelve demasiado alto.
LA GUERRA QUE WASHINGTON ESTÁ PERDIENDO EN SILENCIO
La agresión comenzó el 28 de febrero, sin respaldo legal, mientras Washington y Teherán negociaban. Los bombardeos duraron 39 días sin lograr la rendición iraní. Para entender lo que pasó, hay que ignorar los posteos de Donald Trump y leer a Robert Kagan. Sí, ese Kagan: cofundador del Project for the New American Century, el laboratorio intelectual que diseñó la doctrina de la guerra preventiva y asesoró para invadir Irak en 2003.
El 10 de mayo de 2026, The Atlantic publicó su artículo “Jaque mate en Irán”. El título no es una opinión marginal: Kagan certificó que Washington no puede revertir ni controlar las consecuencias de perder esta guerra. “El control del estrecho de Ormuz —escribe—, que sigue en manos iraníes, le da a Irán un poder mayor que el que habría tenido cualquier programa nuclear”. Y sentencia: la guerra reveló una América poco confiable e incapaz de terminar lo que empezó.
Mientras tanto, en Latinoamérica, medios como Infobae titulaban el mismo día: “El nuevo Medio Oriente surgirá el día que Irán acepte su derrota”. Uno de los dos cubre la guerra que ocurrió; el otro, la que hubiera querido que ocurriera.
DRONES DE 20 MIL DÓLARES VS. MISILES DE CUATRO MILLONES
¿Cómo pudo Irán, con un presupuesto de defensa de apenas 16 mil millones de dólares (una centésima parte del billón que maneja el Pentágono), poner en jaque al coloso? La respuesta es una fórmula que América Latina debería copiar, no con armas, sino con lógica.
La clave fue una doctrina asimétrica construida sobre cinco pilares: misiles balísticos de corto y medio alcance que saturan defensas; enjambres de drones baratos (un Shah 136 cuesta 20 mil dólares, mientras que un interceptor Patriot alcanza los cuatro millones); infraestructura subterránea a 500 metros bajo las montañas; lanchas rápidas que actuaron como avispas en el Golfo Pérsico; y una red de actores “proxy” que multiplicaron los frentes en Líbano, Yemen e Irak.
El resultado es lapidario: el Pentágono gastó 56 mil 600 millones de dólares solo en los primeros dos días de la operación “Epic Fury”. Al día 40, el contralor interino reconoció ante el Congreso un gasto de 25 mil millones, una cifra que fuentes internas consideran un piso. El costo real, según economistas independientes, podría acercarse al billón de dólares. Y los muertos oficiales: 13 soldados estadounidenses, aunque The Intercept documentó que el Pentágono ocultó bajas removiendo heridos del conteo oficial.
EL “MALMENORISMO” TÁCTICO NO ALCANZA
Ahora bien: no se trata de copiar el modelo militar iraní. América Latina no tiene una doctrina de mando descentralizado, ni misiles hipersónicos (Irán usó los Fattáh 1 y 2, capaces de multiplicar por 15 la velocidad del sonido), ni control sobre puntos de estrangulamiento marítimo global.
Lo que sí tiene es una oportunidad y una urgencia. La oportunidad es que el establishment estadounidense ya dio por terminado su poderío militar global. La urgencia es que, al fracasar en Eurasia, Washington replegará su mirada sobre su “patio trasero”. Trump no es la tormenta, es el síntoma. La enfermedad es un imperio en declive que busca replegarse para conservar poder. Y cuando lo haga, como sentencia Bruno Sgarzini, “nos lo dirá con flores en lugar de bofetones, pero el mensaje será el mismo: eres mía”.
Frente a ese escenario, el “malmenorismo táctico” (confiar en que no pasará nada) es una receta para el desastre. La región necesita pensar en una estrategia de disuasión soberana. Pero una de tipo criolla.
PETROCARIBE, LA LECCIÓN OLVIDADA
Como explica el periodista Bruno Oscarcini, la disuasión efectiva para América Latina no puede ser militar, sino económica y social. No tenemos ejércitos para una guerra de larga duración contra el imperio. Lo que sí podemos hacer es generar estabilidad en los países más vulnerables (Centroamérica y el Caribe) para que una eventual agresión a Brasil, México o Colombia tenga un costo político interno inasumible para Washington en temas como migración y seguridad.
El modelo a imitar ya existe y se llamó Petrocaribe. La iniciativa de Hugo Chávez vendía petróleo barato y financiaba infraestructura en países que dependen de la ayuda exterior de EE. UU. o del FMI. Durante años, generó un piso de estabilidad en una región volcánica. Haití, por ejemplo, tuvo varios años sin grandes crisis políticas. Cuando las sanciones a PDVSA mataron Petrocaribe, esos países volvieron a la espiral de crisis.
Hoy, la fragmentación es total. Según la encuesta AMLAT Radar, el 73 por ciento de los latinoamericanos cree que la región tiene un lugar importante en el mundo, pero las élites políticas actúan como si fuéramos piezas sueltas en un tablero ajeno. Brasil (con 58 por ciento de percepción de liderazgo) y México (47 por ciento) aparecen como los únicos capaces de articular algo, mientras Colombia, a pesar de su presidencia pro témpore de la Celac, no logra traducirlo en avances reales.
LA PARADOJA A NO IGNORAR
El diagnóstico final es amargo pero necesario. La guerra contra Irán demostró los límites del poder marítimo estadounidense en Eurasia. Pero, paradójicamente, eso hace que América Latina se convierta en el lugar más atractivo para que el imperio granjee una victoria fácil. No tenemos la asimetría iraní, no tenemos la unidad, y nuestras sociedades no están preparadas para un conflicto de larga duración.
Sin embargo, algo cambió. Cuando Robert Kagan, el halcón que diseñó la guerra de Irak, escribe que el orden unipolar terminó, ya no es una declaración de un gobierno regional. Es un parte de defunción desde la tumba del propio sepulturero. Falta que los medios latinoamericanos dejen de repetir los comunicados del Pentágono y les expliquen a sus lectores que un imperio que gasta 25 mil millones en 40 días sin ganar, que tiene un Secretario de Defensa que responde con una oración cuando le preguntan por los muertos, sigue siendo peligroso, pero también está herido. Y esa combinación, en el patio trasero, es la más peligrosa de todas.

