
El candidato de ultraderecha Abelardo De la Espriella, del movimiento Defensores de la Patria, y el izquierdista Iván Cepeda, del Pacto Histórico, diputarán en segunda vuelta la presidencia de Colombia el próximo 21 de junio, al ser los más votados en la primera ronda celebrada este domingo.
Con el 98,27 por ciento de las mesas contabilizadas, De la Espriella da la sorpresa al pasar de los 10 millones de votos (43,74 por ciento), un resultado mejor que el que le daban las encuestas, en las que siempre estuvo en segundo lugar, detrás de Cepeda.
El candidato de la izquierda, por su parte, quedó en segundo lugar, con 9,5 millones de papeletas (40,90 por ciento), cuando falta por informar menos del dos por ciento de las 122 mil 20 mesas dispuestas para las elecciones de este domingo, según la Registraduría Nacional, entidad que organiza las elecciones.
Sin embargo, como ninguno obtuvo la mitad más uno de los votos necesaria para proclamarse vencedor en primera vuelta, De la Espriella y Cepeda irán a una segunda ronda en tres semanas.
El tercer puesto es para la senadora Paloma Valencia, del partido uribista Centro Democrático, que recibe 1,6 millones de votos en esta medición parcial (6,91 por ciento).
Valencia es la gran perdedora de estas elecciones porque su votación es muy inferior al 12 por ciento que le daban las últimas encuestas, e incluso menor a los 3,2 millones de votos que obtuvo el pasado 8 de marzo en la consulta de partidos de centro y derecha en la que fue elegida candidata.
En cuarto se sitúa Sergio Fajardo, del partido de centro Dignidad & Compromiso, con 992 mil 510 votos, que representan el 4,26 por ciento.
Otra candidata de centro, la exalcaldesa bogotana Claudia López, se sitúa en el quinto lugar con 221 mil 58 votos (0,94 por ciento).
Dirigentes de izquierda han pedido un recuento de votos. Antes, el presidente Gustavo Petro había expresado su desconfianza por el software utilizado.
Al respecto, el registrador nacional, Hernán Penagos, dijo que el problema no está en el software, sino en los métodos coercitivos que se utilizan contra el elector y la compra de votos.
ABELARDO DE LA ESPRIELLA
El llamado Abogado del Diablo y defensor de los mafiosos, el millonario ultraderechista Abelardo De la Espriella, ha mezclado eslóganes de Donald Trump, Nayib Bukele y Javier Milei en la confección de su programa presidencial, y atraer más votos de la reacción, como los del uribismo, para lograr la victoria en el balotaje.
Ostentoso hasta la médula es este sujeto que puede convertirse en el sustituto del izquierdista Gustavo Petro: mocasines Louis Vuitton, más de 20 lociones para distintas horas del día, botellas de alcohol que cuestan más de 10 000 dólares, en fin, el candidato presidencial de la ultraderecha en Colombia que dice representar a “los nunca”, le gusta presentarse ante el mundo con lujo: no oculta que viaja en jet privado, dice que su padre le enseñó a combinar buenos vinos con buenos quesos y viaja una vez al año a comprar su ropa en Italia.
Su estilo de vida es su estilo de campaña. Cuando está sobre el escenario, prende pólvora, vuela drones, baila con videos de tigres —el animal con el que se identifica— hechos con IA. Su esposa dice que si pierden la elección presidencial no hay problema, pues se volverían a su hogar en Italia o Estados Unidos, donde también tienen ciudadanía. Pero, según las encuestas, El Tigre tiene un pie en la Casa de Nariño. Aupado por un discurso de mano dura para solucionar la crisis de seguridad y su promesa de romper con la política tradicional, iba segundo en las encuestas. Y ahora ganó sorpresivamente la primera vuelta.
A sus 47 años, “el defensor de la patria” no ha ocupado un solo cargo público, aunque lleva más de dos décadas en la vida pública. Se le conoce como un penalista que disfruta llevar sus estrategias hasta los medios: ha defendido a políticos, mafiosos, dueños de una pirámide financiera. Le gustan la pelea, las armas, la atención y, sobre todo, provocar. Confesó en televisión, entre risas, que de niño amarraba gatos a petardos voladores para verlos estallar. “Era terrible, pero me divertía”, dijo.
Uribe es amigo cercano del padre del candidato, Abelardo de la Espriella Juris, también abogado y quien fue magistrado del Tribunal Administrativo de Córdoba y a quien Uribe nombró notario, primero en Cartagena y luego en Bogotá. Tuvo tres hijos: Abelardo Tercero, el mayor; María del Mar, la menor; y Abelardo Gabriel, el candidato, el hijo del medio. Su madre, María Eugenia Otero Aldana, viene de una familia ganadera con conexiones en la política local y hoy le hace campaña.
La gran frustración del padre fue no lograr la Gobernación de Córdoba, a la que se lanzó dos veces en los noventa. “Yo no creo en las depresiones, pero el viejo sufrió mucho por haber perdido dos veces”, cuenta Antonio Sánchez, periodista de la región. “Siempre quiso ser elegido por la gente, pero eso es muy difícil en Colombia y es muy difícil en Córdoba”. La grandeza electoral a la que aspiró el padre ahora la encarna el hijo.
Para otros penalistas, De la Espriella representa el todo vale. “Es una persona a la que le gusta ganar y, para ganar, cualquier cosa vale”, dice un abogado que conoce bien su trayectoria. “Yo no puedo cuestionar si una persona maneja ciertos procesos; lo que sí puedo cuestionar es cómo actúa dentro de ese proceso. Este abogado lo ve como un tipo “muy sagaz”, con habilidad de “manipular cualquier circunstancia y convertirla a su favor”, que no tiene reparos en rodearse de personas que sean mejores que él. “Pero no es el tigre que se está vendiendo”, advierte el abogado. “Es más bien un gato porque siempre cae de pie”.
A quien De la Espriella no ha logrado convencer es a los medios independientes, que llevan años escudriñando sus vínculos con paramilitares. Además de llamar ignorantes a quienes le hacen preguntas incómodas, tiene abiertas demandas contra más de 20 periodistas por injuria y calumnia, según contabilizó La Silla Vacía, en una estrategia que revela su molestia cuando no controla la narrativa de su propio show.
IVÁN CEPEDA
Iván Cepeda nunca había querido gobernar Colombia. Con el mandato de Gustavo Petro a punto de agotarse, muchos buscaron al senador de izquierdas para que diese el paso. Se lo pedían en broma y en serio, y él les cortaba con un “no sigan con eso”. Hasta que llegó una carta. Las madres de Soacha —mujeres que perdieron a sus hijos, esposos y parientes asesinados por militares que los presentaron como guerrilleros— le dijeron que tenía que ser él. Y Cepeda, con todo lo que le disgusta de una campaña y sabiendo que gobernar le exigirá ceder en cosas en las que nunca creyó, terminó diciendo que sí. Él, que toda su vida ha sido un hombre de oposición —defensor de víctimas, acusador del Estado— aceptaba convertirse en la cabeza del Estado.
En una campaña donde la política se ejerce a gritos y en redes, Cepeda, bogotano de 63 años, es una anomalía. Senador desde hace más de una década, es la voz más autorizada de las víctimas de los crímenes cometidos por militares, paramilitares y sus aliados en el Estado, y mantiene siempre el mismo registro: pausado, metódico, hermético, casi adormilante. Hable de lo que hable.
Su forma de vestir completa el retrato, el de un hombre de pocas sorpresas: camisas de cuello Mao de colores neutros, cardigans o suéters de lana, gafas ancladas en mitad de la nariz. En varias ocasiones le han sugerido que vista algo más moderno, pero él —sobre este tema y sobre su campaña— siempre repite lo mismo: “Yo no voy a cambiar. Mi aparición como candidato presidencial no busca fabricar una imagen o un discurso”. Cepeda escribe sus arengas para las plazas públicas —algo que no hacen sus adversarios—, pero también las lee, como si aún viviese en la era analógica. Sus amigos no recuerdan ninguna anécdota chistosa sobre él; en cambio, señalan su compromiso y su coherencia. Nada en él invita a la improvisación, mucho menos al espectáculo.
Hay una historia que define a Cepeda antes que cualquier otra: el asesinato de su padre. Manuel Cepeda sumaba dos semanas como senador comunista de la Unión Patriótica cuando unos sicarios lo mataron a tiros en su auto, el 9 de agosto de 1994. El hijo iba camino a la Universidad Javeriana, donde era joven profesor, cuando se topó con el carro baleado. Se bajó del bus y lo lloró delante de todos. Los reporteros de televisión lo entrevistaron en caliente, y lanzó su primer alegato político, dirigido al presidente de entonces, Ernesto Samper. Le exigió que frenara la ofensiva contra los dirigentes de izquierda. “Que no quede este crimen impune, como el de tantos hombres justos y valientes”, dijo ante las cámaras, con la voz entrecortada pero sin quebrarse.
“Él sabía que lo iban a matar. Era inevitable y el papá los había preparado para ello”, recuerda Jorge Rojas, amigo de Cepeda padre e hijo, y uno de los jefes de campaña de Iván. Fue quizás el primer gran ejemplo de compostura del político, un rasgo que lo acompaña hasta hoy. Es el candidato inalterable.
Esa calma ante las peores tormentas no viene de ningún método zen ni técnica oriental, escribe León Valencia en su reciente biografía, sino de la experiencia vital: haber perdido a su madre de un tumor cerebral cuando ella tenía 39 años y él 18, haber visto morir a su padre delante de él, haber superado dos cánceres.
Su compañera, la antropóloga Pilar Rueda, que lo ha acompañado en sus luchas y en sus enfermedades. Solo en ese círculo íntimo se desprende del uniforme de senador, víctima y defensor. “Iván confrontó dos veces el cáncer de manera muy valiente. Tiene un núcleo familiar que lo rodea; creo que hemos sido en parte su fortaleza”, dice su hermana María. Precisamente, su salud ha sido y es asunto de ataques y cuestionamientos sobre su idoneidad presidencial. Pero su vida, dicen, ha sido siempre la de un sobreviviente.
Aquel alegato ante las cámaras tras la muerte de su padre fue el primero de muchos. Durante los años siguientes, Cepeda construyó su figura pública desde la denuncia: como investigador, como defensor de derechos humanos, como organizador de víctimas. Hasta que en 2004, recién regresado del último de sus exilios, protagonizó como víctima y activista uno de los episodios más tensos de la era Uribe.
El entonces presidente Álvaro Uribe negociaba en aquellos días la desmovilización de los grupos paramilitares, responsables de miles de masacres, y los jefes de las AUC —el ejército de ultraderecha que había actuado durante años en alianza con sectores del Ejército— fueron invitados a comparecer ante el Congreso, en el centro de Bogotá. Los comandantes paramilitares llenaron la Plaza de Bolívar con miles de seguidores llegados en autobús. Cepeda y un puñado de compañeros intentaron una manifestación, pero solo dos pudieron colarse en el Capitolio. “No había correlación, nosotros éramos tres gatos; no había condiciones para protestar”, recuerda Lilia Solano, filósofa y activista que lo acompañó ese día. Dentro, sostuvieron carteles con el rostro de Manuel Cepeda. La mayoría de los congresistas se pararon a aclamar a los paramilitares, también fue solo un puñado el que se resistió.
De aquella protesta nació el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, con Cepeda como principal impulsor. Seis años después, en 2010, volvió al Capitolio por la puerta grande: como congresista por el Polo Democrático, el primer partido que logró unir a la izquierda colombiana. Y fue dentro de ese mismo edificio donde arrancó la batalla judicial que lo haría famoso en todo el país.
Cepeda ha hecho de la guerra contra Uribe el motor de su campaña. El pasado viernes llenó esa misma Plaza de Bolívar junto a su fórmula vicepresidencial, la senadora indígena Aida Quilcué, y en algún momento el público estalló en cánticos contra el expresidente. Cepeda los alentó. “El uribismo es fascista, representa la ideología del desprecio. Nuestro enfrentamiento no es con Paloma ni con Abelardo. Es con Uribe”.
“Petro es un rebelde y Cepeda es un revolucionario”, dice Jorge Rojas, que fue jefe de despacho del presidente y conoce al candidato desde 1984. “A Petro le gusta confrontar duro, pero Cepeda tiene el don del diálogo”. Sus allegados señalan con frecuencia esa distinción: mientras Petro ataca, tuitea compulsivamente y abre crisis diplomáticas, Cepeda escucha, analiza y es muy frío en su cálculo. Es, quizás, demasiado rígido. Petro improvisa y da órdenes impulsivas, mientras Cepeda “ha mostrado calma y persistencia en unas causas largas”, señala León Valencia. “Puede ser más radical que Petro, pero más sincero, más predecible”, dice el expresidente Ernesto Samper, que acaba de anunciar su apoyo. Samper lo resume así: “Es antipetro en la forma y petrista en el contenido”.

