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Las Tunas.- Por estos días de febrero, cuando los anaqueles se tiñen de rojo y las redes sociales se inundan de corazones digitales, suele pensarse que el amor es un impulso espontáneo, una chispa impredecible, que aparece sin previo aviso. Sin embargo, hace poco fui testigo de una historia, que me obligó a mirarlo desde otra perspectiva: la del amor como obra en permanente construcción.

La escena no ocurrió en un restaurante elegante ni bajo luces románticas. Sucedió en un taller mecánico a las afueras de la ciudad, entre herramientas, grasa y el ruido metálico de un motor abierto. Allí conocí a Manuel, ingeniero jubilado, y a Teresa, maestra de Primaria. Llevan 43 años juntos. No celebraban con globos ni reservas especiales. Celebraban trabajando codo a codo, para reparar el viejo automóvil que, según dijeron entre risas, “ha sobrevivido más crisis que nosotros”.

Lo interesante no fue el carro. Fue la manera en la que se miraban, mientras discutían si la falla estaba en el carburador o en la paciencia. Manuel hablaba de cálculos, de piezas, de estructuras. Teresa respondía con historias, con anécdotas, con esa sensibilidad, que convierte cualquier objeto en memoria. Entre ambos había algo que no se compra ni se improvisa: complicidad.

En tiempos donde el amor parece medirse en fotografías perfectas y declaraciones públicas, encontrarlos fue como descubrir los planos originales de una casa antigua. Esos que muestran no solo la fachada, sino los cimientos, las vigas, las columnas que sostienen todo cuando llegan los vientos fuertes.

Porque si algo entendí escuchándolos es que el amor no es un sentimiento estático. Es una ingeniería emocional. Requiere diseño, ajustes, mantenimiento constante. Hay que detectar fisuras antes de que se conviertan en grietas. Hay que reforzar las bases cuando el desgaste amenaza la estabilidad. No basta con el entusiasmo inicial; hacen falta método, compromiso y voluntad de mejora continua.

Teresa me confesó que no cree en el amor “perfecto”. Cree en el amor que resiste. En ese que aprende a comunicarse mejor con el paso de los años. En el que no huye ante el primer desacuerdo. “Uno no abandona la casa porque aparezca una humedad”, dijo.

Esa frase me acompañó de regreso a la Redacción. Pensé en cuántas relaciones se descartan hoy como si fueran objetos defectuosos, sin intentar comprender el origen del problema. Pensé en la amistad también, esa forma de amor, que pocas veces protagoniza titulares, pero que sostiene vidas enteras en silencio.

San Valentín no tendría que ser solo un intercambio de regalos. Podría convertirse en una jornada de revisión estructural. ¿Estamos escuchando lo suficiente? ¿Estamos dedicando tiempo de calidad? ¿Estamos reforzando los lazos o dejando que el desgaste haga su trabajo sin resistencia?

La amistad también sigue esa lógica. No se sostiene sola. Exige presencia, honestidad, apoyo mutuo. Un amigo verdadero es como una columna bien diseñada: quizás no siempre se note, pero soporta peso, distribuye cargas, equilibra tensiones.

Este 14 de febrero, mientras el comercio impulsa ofertas y las redes promueven declaraciones públicas, tal vez convenga mirar más allá de la superficie. El amor real no siempre es fotogénico. A veces se manifiesta en gestos pequeños: preparar café temprano, esperar despierto, acompañar en silencio, compartir preocupaciones sin juicio.

No se trata de idealizar relaciones largas ni de imponer modelos. Se trata de comprender que amar implica trabajo consciente. No es una emoción que se mantiene intacta por inercia; es un proyecto común, que se rediseña tantas veces como sea necesario.

El automóvil de Teresa y Manuel volvió a encender. No fue una reparación milagrosa. Fue el resultado de revisar pieza por pieza, de insistir, de no rendirse ante la primera falla. San Valentín podría ser la excusa perfecta para recordar que, más allá de los regalos y las flores, lo verdaderamente valioso es el compromiso diario con aquello que decidimos cuidar.
El amor también se construye. Y, como toda gran obra, deja huellas visibles e invisibles en quienes participan en su diseño.

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