
Las Tunas.- De frente a la hornilla de carbón exhala tres veces seguidas…, pero ni modo, lanza el primer improperio del día y ni siquiera ha salido el sol. La llovizna intermitente la obliga a plantar el andamiaje tiznado dentro de la cocina. Se cubre la cabeza con la toalla, aunque está segura de que el olor a petróleo va a acompañarla, como nadie, hasta las últimas consecuencias.
Abanica el fogón sin suerte. Echa dentro un cartón, maldice otra vez y la llama brillante se separa por fin del hollín. Cuenta con celo: una, dos, tres cucharaditas de leche en polvo y, aunque en el jarro la mezcla es aguada, se da por satisfecha. Añade chocolate y la mente divorciada de la resistencia le recuerda el olor al café, que no puede darse el lujo de pagar, aunque tenga tres trabajos.
Media hora después ya la niña está lista para ir para la escuela, los frijoles están montados. En su cabeza no deja de repetirse que debe encontrar las salchichas rojas que son las que su pequeña tolera, que el detergente no le alcanza para lavar, que tiene que encontrar en Revolico las pastillas de la presión para su papá, que la plancha no funciona…
Ya en el trabajo, lista para la cura de una úlcera a un paciente diabético, la vecina la llama para decirle que empezó a caer un hilito de agua por la llave, que corra… Pero ella no puede. La impotencia dentro es como una olla de presión, que tarde o temprano le va a llevar la junta. Piensa, analiza, distribuye los horarios, hace maromas con su dinero, que ni alcanza ni tiene valor.
Lo peor del panorama es que todos los días está atrapada en la misma vorágine. Ella y tantas otras. La lucha diaria por la subsistencia es una condición de la mayoría de las mujeres en Cuba. Quien me lea puede pensar que ese es un reto, que cabalga a contrapelo sobre ambos sexos, pero quien tenga dos dedos de frente sabe que la eterna reina del fogón las lleva peor, todo el tiempo.
En un contexto de crisis como el que se vive en el país, ahora mismo, el saco invisible sobre las espaldas, pero pesado como “planeta cargado de piedras”, es casi intolerable. La carga cotidiana se agudiza y son las matronas quienes se desvelan pensando que el plato fuerte no alcanza para mañana, que no hay dinero para arroz y el espagueti les sube la presión a los viejos, que no pueden compartir más la leche de la niña…
Y la madeja, cada día más gris, cobra factura. La sobrecarga física y emocional sostenida genera ansiedad, insomnio, irritabilidad, fatiga crónica, depresión, alteraciones hormonales, debilitamiento del sistema inmunológico y mucha congoja.
En una entrevista reciente a SEMlac-Cuba, la psicóloga y demógrafa Daylín Rodríguez Javiqué aseguró que, en estos momentos tan convulsos, urge identificar que la carga mental que recae sobre las mujeres no es solo cansancio: es violencia psicológica.
Consciente de mi contexto y de que, en primer lugar, es imprescindible un giro definitivo a la realidad de carencias significativas en que la mayoría estamos envueltos, por más que guardemos títulos universitarios o a pesar de eso, y de dos o tres trabajos más, no estoy romantizando con pedir protección a las mujeres en un tiempo de subsistencia; así que me conformo con que la que me lea conozca el término justo de lo que sufre.
Te invito a que dejes de hacerte la heroína y escapes de la trampa patriarcal de ser la mujer fuerte, multitareas, que puede con todo, no tiene descanso y no se queja. Si te educaron para creer que por naturaleza debes ser la cuidadora de la familia e inmolarte, te adoctrinaron. Reparte tareas y en tu proyecto de vida busca un compañero, no otro hijo.
Espero, como todos, que se terminen los apagones, que llegue el agua por redes o por pipas, que conseguir alimentos no sea tan difícil como cazar un mamut, que nos rodee un contexto de decencia, de apego a la ley y a los mejores valores en todos los sentidos y niveles de dirección, que tomar café no sea lujo…; pero, a la par, me gustaría pensar que cuando salgamos de este caos, también podríamos tener una sociedad más justa en materia de equidad de género.


