Yudmila campesina

Las Tunas.- El destino le cambió la bata blanca por la tierra húmeda, y no se arrepiente. Yudmila Arias Ramírez, ingeniera agrónoma de 46 años, soñaba con ser doctora, pero la vida le dispuso una conexión más cercana con los surcos, con la gente que batalla a diario bajo el sol para que la tierra se vuelva alimentos, vida.

Al frente, hace más de cuatro años, de la cooperativa de créditos y servicios (CCS) Omar Pérez Pérez, en el municipio cabecera, es una de esas mujeres que desafían el silencio del campo con decisiones firmes y la convicción de que, aun en los tiempos más complejos, la tierra no puede esperar.

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Su historia es una madeja de empeño y persistencia. Más profundo, emerge la madre soltera de tres hijas, la lideresa que se ganó el respeto de 70 asociados y la campesina que enfrenta el bloqueo y la falta de combustible con la mirada puesta en un cambio de matriz energética.

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“Es difícil, pero estamos demostrando que sí podemos”, afirma, sentada con el mismo sol de trasfondo que madura los frutales que aún sueña con multiplicar. “Lo primero que pensé fue que no podría”. Años atrás, cuando le comunicaron que había sido seleccionada para el Diplomado en Gestión Integral de Cooperativas Agropecuarias, impulsado por el proyecto Apocoop y la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP), un nudo se le atravesó en la garganta.

“Mi mamá, que es mi apoyo, estaba enferma. Era imposible que cuidara a las niñas. Pero me arriesgué. Mi hija mayor vino en mi auxilio”, recuerda. Apenas dos meses antes había asumido la presidencia de la CCS, como relevo de Aldo Rodríguez Prieto, un jefe cabal y a la vez una personalidad en el universo de la ANAP, que condujo la cooperativa por más de dos décadas.

Aprender sobre liderazgo, comunicación y gestión económica ya no era un lujo, sino una necesidad urgente. La historia de Yudmila con esta comarca comenzó de forma casi accidental. Llegó a Las Tunas en el 2012 desde su natal Majibacoa por un problema familiar. Su primera misión en la Delegación Municipal de la Agricultura fue hacer un levantamiento de los usufructuarios que no pagaban los certificados catastrales... justo en la cooperativa que hoy lidera.

“Nunca imaginé que años después me tocaría dirigirla”, confiesa. Ahora el contexto es mucho más difícil. “En estos momentos, el bloqueo tan recrudecido, considero que afecta, en primer orden, al campesinado cubano", declara con serenidad, pero sin maquillar la realidad.

“Con la escasez total de combustible, se nos hace muy complicado preparar grandes extensiones de tierra. Tenemos que limitarnos y usar tracción animal. Si lo vemos desde el punto de vista ecológico o para aminorar gastos, es bueno. Pero resulta muy negativo para esperar los rendimientos que requerimos hoy más que nunca”.

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La suya es una cooperativa diversificada, con 53 usufructuarios. Su línea fundamental son los frutales, pero la necesidad los obliga a enfocarse hoy en los cultivos varios, principalmente yuca y boniato. El plátano, esa asignatura pendiente que tanto demanda el país, es su talón de Aquiles: “Debemos tener 101 hectáreas y hoy nuestro balance solo alcanza 21. Es insuficiente.

“¿La razón? Las tierras no son de la categoría que precisa el cultivo. La manera de revertirlo es mediante materia orgánica y bioproductos, pero constituye un proceso lento. La otra opción, el fertilizante NPK, está casi inaccesible”.yudmila campesina 5

EL RETO DE UNA MUJER AL MANDO

Yudmila sabe que su mayor batalla ha sido contra la percepción ajena en un oficio que tradicionalmente se reservaba a los hombres. “Ellos no concebían que una mujer ingeniera pudiera llegar a dirigir la cooperativa”, dice sobre aquellos primeros años.

Pero ella llevaba dos lustros preparándose, impulsada por el programa de género de la ANAP, y el antiguo presidente supo guiar esa transición. “Cuando llegué a la dirección es porque ellos eligieron que fuera yo quien quedara al frente”. Aun así, los desafíos diarios marcarían sus jornadas.

“Siempre fui la reserva del otro presidente, fungí de presidenta del órgano de base... pero ellos me veían y pensaban: ‘¿cómo lo logrará?’. Ya llevamos cuatro años demostrando que sí podemos”, afirma con la misma firmeza con la que ha logrado mantener a la junta directiva, en la que la económica es también una mujer.

Su cooperativa el año pasado cerró al 87 por ciento el encargo estatal; fallaron en frutales y hortalizas, lastrados por un ambicioso proyecto de 67 hectáreas de frutales que está estancado por la situación del país. Con ese policultivo, sueña, “se pudieran triplicar los niveles productivos y cuadriplicar las cosechas que irían a la minindustria y a la población”, alega.

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EL RELEVO, DESDE CASA

Yudmila cuenta con orgullo cómo germina su semilla en el hogar. Su hija mayor, de 21 años, no solo fue su cómplice en aquel inicio del diplomado, sino que hoy se prepara en la Escuela del Partido para ser cuadro de la ANAP. “Sí, cómo no, siento orgullo. Ella está al tanto de todo. Siempre ha sido partícipe de mi carrera como campesina”, cuenta, mientras las mellizas de 9 años empiezan a seguir el mismo paso.

“Está estudiando una carrera que no es afín con lo que ha aprendido en el camino del surco, pero siempre ha estado involucrada. Cuando yo no era presidenta, hacía trabajo de campo y ella me acompañaba en todos los eventos de la Asociación”.

Hoy, en medio de conversaciones con el banco para acceder a créditos que permitan un cambio de matriz energética, Yudmila no pierde la brújula. Sabe que cumplir con el encargo estatal y la responsabilidad social es un reto “difícil, muy complejo”, pero en su voz no hay rendición.

En el Día del Campesinado Cubano, su historia es un homenaje a esas mujeres que, como ella, llegaron a la tierra casi sin quererlo y terminaron quedándose para curarla. La soñadora de bata blanca encontró su quirófano en las parcelas. Y aunque las 67 hectáreas de frutales aún esperen, ella ya ha sembrado lo más difícil: la certeza entre los suyos de que una mujer, contra todos los pronósticos, sí puede.

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