Las Tunas.- Cuando Miriam Torres Arévalo escucha alguna historia de superación personal vuelve enseguida a sus propios cauces, a los caprichos de la “suerte” y a esa lección que le ha marcado la vida, “siempre hay que pelear”, “una no puede darse por vencida”.
En sus primeros años, en un pueblecito rural entre Molinet y Bazarales, en el kilómetro 23 de la carretera de Puerto Padre, no tenía claro cuál era la vocación que marcaría su futuro, pero en cuanto matriculó el Técnico de Nivel Medio en Medicina Transfusional supo que por ahí quería seguir. La superación, luego, la envolvió en otros trances.
DEL MIEDO A LA PERSEVEREANCIA
“Estaba cursando la Universidad cuando me diagnosticaron cáncer de mamas. Hasta el momento había sido complejo porque ya trabajaba en el hospital Ernesto Guevara y tenía que alternar las guardias con las horas de estudio. Pero después de aquella noticia pensé que el mundo se me rompía en pedazos.
“Recuerdo, como si fuera ahora mismo, que fui a la escuela a pedir la baja. Allí lloré en esos pasillos… En Secretaría me escucharon, apoyaron y me hicieron entender que la vida no se acababa, que tenía que pelear porque valía la pena, y convertirme en profesional era construir un mejor futuro para mi familia.
“No fue fácil, no lo niego, pero me repetí mil veces que tenía que continuar… La familia me dio las fuerzas que necesitaba. Al principio no podía concentrarme y así mismo seguí preparándome. Operada hice la prueba final de la licenciatura, incluso me gradué con muy buenos resultados.
“Nunca me descuido, me chequeo con frecuencia, es un capítulo pasado, pero que me hace ser más precavida y consciente. Y si hay algo que he aprendido es que la superación personal y profesional exige tiempo, ganas, sacrificio y te roba tiempo de calidad con tus seres queridos, mas hay una satisfacción inmensa en saber que una fue capaz de lograr lo que se propuso”.
ENTRE EL OFICIO Y LA PASIÓN
Con 38 años de experiencia y una profesión sólida, Miriam asegura que su función dentro del Banco de Sangre le ha dado las fuerzas para amontonar décadas al servicio de los tuneros.
“Me da mucho dolor ver a una persona mayor con una gran anemia, que necesite una donación con urgencia. No puedo desentenderme de este asunto, aunque no sea mi responsabilidad. Yo me preocupo y de ahí que todo el equipo de trabajo se involucre hasta conseguir una donación.
“Llamamos a los pacientes a la casa y somos más celosas con aquellos vulnerables que sabemos que no tienen mucho apoyo familiar, que no tienen en qué moverse. Así recuerdo un viejecito de la carretera de Puerto Padre con un grupo de sangre y factor muy poco frecuente que logramos trasfundir varias veces y, aunque ya falleció, eso le alargó la vida.
“Nuestro trabajo es así, de mucha sensibilidad porque tienes que sentir lo que le pasa al paciente; eso te impulsa a mejorar, y acá compartimos esos valores”.
En sus largos años de experiencia, esta tunera ha visto más de cuatro casos. Le ha tocado también educar y hacer promoción para la salud porque su oficio exige de todo un poco.
“Siempre hablo mucho con los pacientes. Les aclaro que todo el equipo es muy profesional y que vamos a trabajar con calidad porque sabemos que sus vidas dependen de ese rigor. Hay quienes les temen a las transfusiones, quienes tienen conceptos errados, ideas que están en contra…, nos toca informar e instruir también.
“Aquí siempre se chequea el grupo y factor de cada paciente, a la sangre se le realizan muchísimas pruebas. Lo único que pudiera provocar una transfusión es una alergia y una vez que se medica, el paciente está bien, no muere.
“Ahora, lo que sí es evidente es el cambio de la persona cuando requiere sangre y recibe una transfusión. Su semblante enseguida adquiere otro color, ver cómo los labios blancos enseguida cobran otra tonalidad es muy gratificante. Uno le está dando vida. Los pacientes agradecen y se emocionan.
DAR PARA RECIBIR LUEGO
Conversar con Miriam lleva siempre a un tema imprescindible: la importancia de las donaciones de sangre, ese acto tan noble y tan silencioso que marca la subsistencia de otro ser humano.
“Yo hablo mucho con la gente, familiares, pacientes, pueblo en general, en estos momentos las donaciones de sangre son vitales. Y no sabemos cuándo nosotros mismos o alguien cercano va a requerir una transfusión. Ese gesto es garantía de vida, ni más ni menos”.
Esta tunera es una amalgama de anécdotas y valores. Pasa sus días aclimatada entre el olor del hierro y las plaquetas, entre brazos extendidos, máquinas de tercera generación y de la mano de un colectivo de lujo.
“Mi credo es tratar a cada persona como si fuera mi familia, dejar los problemas en casa. Recibimos pacientes asustados, voy por las salas del hospital Guevara realizando diversos exámenes, me muevo por los salones de parto, de operaciones y trato de tener la mejor actitud posible.
“No me veo haciendo nada más, incluso cuando llegue a la edad de la jubilación. Cualquier profesión exige sacrificios, pero si encuentras la indicada sabes que ha valido la pena el esfuerzo y que su empeño se traduce en la satisfacción de los pacientes, en el color vivo de sus mejillas, en vitalidad y calidad de vida”.

