
Las Tunas.- “La juventud es la edad del crecimiento y el desarrollo, de la actividad y de la viveza, de la imaginación y el ímpetu”, afirmó el más universal de todos los cubanos, José Martí, sobre el peso de los jóvenes en la construcción de la nación; y la vigencia de su pensamiento incita a la reflexión, sobre todo, ante la compleja crisis de la Cuba de hoy.
En muchas ocasiones escuchamos opiniones de que nuestra juventud está perdida porque no quieren trabajar o no hacen las tareas con amor, que la corta edad no les permite contar con la experiencia laboral necesaria como para imponerse a los desafíos de los tiempos actuales. Comentarios que trascienden épocas, porque cada generación recibió sus cuestionamientos, a partir de esa manera de ver la vida acorde a las dinámicas sociales.
Por estos días he tenido las suficientes muestras de que no todo anda a la deriva, de que hay jóvenes trabajadores de Salud que, a pesar de las limitaciones del bloqueo económico, ofrecen su corazón y trabajan con pasión para que esas carencias se minimicen.
En la sala de Terapia Intermedia del Hospital General Docente Doctor Ernesto Guevara de la Serna labora un grupo de profesionales bisoños que hacen posible que la estancia allí sea un poco más tolerable, a pesar de la gravedad. Un poco de aliento en medio de las tensiones, un gesto de humanidad y empatía en medio del dolor.
Nombres como los de las doctoras Ailyn Rosales Peña y Rubismary Rivero Pérez, el doctor José Alberto Hidalgo Cala o la enfermera Laritza Jiménez Avilés son una representación del colectivo que presta sus servicios en esa sala, donde también lo hacen las doctoras Dayana, Ireidys y María, así como las enfermeras y enfermeros Diannis, Wendy, Yanilsa, Claudia, Isabel, Yuliana, Luis Annier, Maikel, Gabriel, Michel y Andier. Ellos no reparan en horarios, porque sienten como un familiar propio la pérdida de un paciente y se alegran de la mejoría de otros.
Son hombres y mujeres con carencias y limitaciones similares a las de usted y yo, con un salario que no se corresponde con los precios actuales del país, pero aun así se desdoblan y desgastan para brindar las mejores atenciones a los que más las necesitan.
Los he visto trabajar enfermos y mantenerse en pie para atender a los necesitados, en un acto de vocación por la noble tarea de salvar vidas. Eso no está al alcance de ningún libro o estudio determinado; eso brota bien adentro y se expone cuando más valor demanda.
Los he observado movilizarse cuando algunos de los enfermos empeoran; y eso solo se hace cuando se tienen principios, convicción y amor por la profesión. Quizás, con el paso de los años como cómplice, a ellos estuvo dedicado el fragmento de una de las canciones del cantautor Fito Páez: “Siento que no todo está perdido, yo vengo a ofrecer mi corazón”.
Sí, porque esos jóvenes ofrecen su corazón. A ellos el agradecimiento eterno por demostrar que aún existen motivos para seguir confiando. En sus manos reposa la esperanza de muchos, justo cuando las carencias nublan el horizonte.

