silvia aclifim las tunasLas Tunas.- Silvia del Rosario Gisbert Carreño es de esas personas dispuestas a ayudar a otras a enfrentar la vida con mayor calidad. Hoy es vicepresidenta de la Asociación Cubana de Personas con Discapacidad Físico-Motora (Aclifim) en la provincia, pero ha trabajado en varios lugares desempeñando diferentes tareas, y a todas les ha puesto las ganas.

De su madre aprendió a luchar por alcanzar las metas y buscar la manera de salir adelante. Hoy entiende que esa ha sido la mejor herencia. En sus planes no estaba formar parte de la Asociación Nacional de Sordos de Cuba (Ansoc). Nadie espera que una limitación auditiva irrumpa de golpe, pero Silvia no permitió que la detuviera.

“Trabajé muchos años en la Casa de Cultura, cuando se hacía el bulevar con aquellos audios puestos afuera. Parece que eso de alguna manera me afectó, unido a una artrosis cervical que padezco desde muy joven. Es un proceso que poco a poco causa limitaciones”, cuenta.

Silvia es un ejemplo de cuán lejos puede llegar una mujer cuando se lo propone. Inició su vida laboral en la antigua Facultad de Ciencias Médicas (hoy Universidad), una etapa que califica como “preciosa”. Allí conoció el valor del trabajo y la entrega a la profesión, sencillamente, “hacer lo que corresponde”.

A Cultura llegó en 1994. Confiesa que fue una gran experiencia porque representaba al sector en la Comisión de Prevención y Atención Social. Esto le permitió trabajar en prisiones, escuelas de conducta..., y hasta logró, junto a sus compañeros, traer al teatro Tunas a 900 reclusos a disfrutar de una gala.

“Éramos un equipo de instructores e íbamos a los centros penitenciarios. Nadie es capaz de imaginarse el talento artístico que existe en esos lugares, porque ellos están deseosos de poder expresar lo que llevan dentro. Allí hay personas maravillosas, que cuando empiezan a escribir o a cantar, te tocan el alma”, rememora.

Ciertamente, esa fue la génesis para que comenzaran a crearse los cimientos de inclusión, sensibilidad y humanismo que la caracterizan. Las ganas de hacer más validaron su ingreso a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Y es que, desde la Facultad de Ciencias Médicas, Silvia se vinculó al teatro bajo las órdenes de Juan Manuel Maestre.

En más de cinco obras mostró sus dotes histriónicas y dio vida a personajes importantes; con presentaciones en los municipios, la Casa de Cultura y varias instituciones. En La Pérgola -por ejemplo- participó en la puesta El peine y el espejo. No obstante, también la atrapan las letras. Porque Silvia se convirtió en editora, de la mano de Antonio Gutiérrez, y pasó cursos sobre corrección de textos. Además, aprendió “muchísimo” con el intelectual Carlos Tamayo.

“Creo que ha sido mi experiencia más preciosa, pues trabajaba en el taller literario Guillermo Vidal con numerosos escritores y tengo recuerdos lindísimos. Muchos libros de creadores tuneros pasaron por mis manos. Fue una etapa de aprendizaje y estando ahí terminé mi licenciatura en Estudios Socioculturales”, expresa.

A la Aclifim llegó “por casualidad”, pero no se arrepiente. Confiesa que a partir de ahí ha habido un antes y un después en su vida. Comenzó a trabajar en la Dirección Municipal de ese ente y sus resultados le permitieron llegar al nivel provincial.

“Fue empezar de cero. Como vicepresidenta debo atender el funcionamiento orgánico, controlar las reuniones…, pero lo más importante es que les prestamos un servicio a esas personas que a veces la sociedad no acepta porque traen una muleta o andan en silla de ruedas. Todavía nos falta mucho por aprender sobre el respeto y la consideración a ellas. Yo me siento útil, viva. Estoy feliz, orgullosa de mi trabajo, y mis compañeros son maravillosos”, pondera.

Estos resultados no hubieran sido posibles sin esos dos hombres que caminan a su lado, cómplices y amantísimos. Su esposo, el músico concertista Félix Ramos, compañero de buenas y malas; y su hijo, quien la llena de orgullo. Ambos son indispensables para ella y los primeros que la alientan.

“Si me faltara el mundo tal vez no me importe, pero si me falta Félix sí porque él ha significado mucho para mi vida; la transformó para bien. Por otro lado, mi hijo es mi apoyo incondicional, me respeta, aconseja y guía. No vivimos juntos, pero todos sus pasos los habla conmigo”, dice orgullosa.

Silvia es inspiración, esencia. Pone el corazón en todo y cada día quiere aportar un poco más. Por eso, no pierde la oportunidad de sugerir a las personas que vivan en situación de discapacidad y aún estén algo “apagadas” o distantes de sus sueños.

“Les aconsejo que se crezcan y no se limiten por nada. No se sientan recluidos, porque mientras más limitaciones tengas, más te debes crecer. Por mi parte, pido salud para llevar a feliz término todo lo que aún quiero hacer en la Aclifim. Este trabajo para mí se ha convertido en una inyección de vida”.

La modestia no le permite expresarlo, pero -aparte de ser editora y correctora- existen otros capítulos en la vida de Silvia, entre los que figuran la escritura de ponencias, anécdotas y otros textos literarios. Su historia es un ejemplo de todos esos seres que, desde diversos escenarios, enfrentan la vida con valentía.

Orgullosa de un pasado en el cual nunca existió la palabra miedo, todas las mañanas se impone ante los obstáculos. Desde la sede tunera de la Asociación Cubana de Personas con Discapacidad Físico-Motora, ella aporta cada día, con la sonrisa de quien se siente realizada y querida.

 

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