
En el Día Mundial de la Salud Mental, 26 acerca su lupa a los desafíos emocionales que enfrentan los hombres en Las Tunas
Las Tunas.- Son las 5:00 de la mañana. Las Tunas huele a café colado y a carbón encendido, y ambos, muchas veces son un lujo. El profesor no necesita despertador: la demanda de sus hijos es puntual. Antes de abrocharse la camisa, ya puso a hervir el arroz que mezclará con un poco de leche y azúcar para cumplir con los encargos pendientes y estirar los escasos pesos que gana al mes. Desde el estante la canela lo mira con desdén...
La bicicleta espera afuera, recostada al marco de la puerta. Tiene la recámara reventada desde el martes. Reponerla cuesta cinco mil pesos, más de la mitad de lo que gana en una semana. Mientras tanto, camina. Camina kilómetros bajo el sol tunero, en una ciudad donde los ómnibus no pasan y los apagones se extienden por horas. Llega a la escuela sin luz, a veces sin agua, y sonríe. Porque si él se derrumba, ¿quién sostiene a los demás?
Pero hay algo que no se ve en el aula ni en la cola del pan. Hay un peso que no se mide en toneladas ni en megavatios. Es el mandato de ser hombre, el que le enseñaron desde niño: proveer, resolver, no llorar, no quejarse. Ese guión que la sociedad repite y que él, como tantos, intenta cumplir aunque el país entero sea un señuelo constante. Y cuando la bicicleta no tiene recámara, cuando el carbón no alcanza, cuando el salario se evapora antes de llegar a fin de mes, ese mandato se convierte en una trampa silenciosa. Porque no puede ser el proveedor que se espera y ese fracaso, aunque no sea culpa suya, le carcome por dentro.
Cada 10 de Octubre se conmemora el Día Mundial de la Salud Mental, una fecha establecida por la Organización Mundial de la Salud en 1992 para visibilizar el bienestar emocional como un derecho humano fundamental. En Las Tunas, el tema tiene un rostro concreto: el del médico que hace milagros con poquísimos recursos, el de la madre que cocina con leña en el patio, el del hombre que empuja la bicicleta cuesta arriba pensando en la recámara que no puede comprar. Pero también tiene un rostro que muchos callan: el del hombre que se siente menos porque no puede cumplir con lo que le exigieron ser.
Los datos son elocuentes. La tasa de suicidio en Cuba escaló de 10,2 por cada 100,000 habitantes en 2023 a 13,8 en 2025, según el investigador Julio González Pagés. En 2023, entre el 75 y el 83 por ciento de las muertes por suicidio correspondieron a hombres, con una proporción de cinco hombres por cada mujer fallecida. El Anuario Estadístico de Salud (Minsap 2023) arrojó que Las Tunas estuvo entre las provincias con mayor incidencia, con una tasa de 23,7 por cada 100,000 habitantes, muy por encima del promedio nacional.
A esto se suma la barrera de la masculinidad tradicional. Los expertos advierten que los hombres que se adhieren con más fuerza a la autosuficiencia y la restricción emocional tienen 2,32 veces más riesgo de intentar suicidarse a lo largo de la vida. Muchos no buscan ayuda porque lo asocian con debilidad, y recurren al alcohol o las drogas para sobrellevar el dolor.
La crisis económica también golpea la identidad masculina y seamos claros: la salud mental es la base para el desarrollo personal, familiar y comunitario. Y en un contexto donde el dinero no alcanza, los cortes de electricidad son diarios y el carbón cuesta 2.600 pesos el saco, cuidarla no es un acto de egoísmo, sino de supervivencia.
Los especialistas insisten en que el autocuidado no requiere grandes inversiones. Fortalecer los vínculos familiares y sociales actúa como escudo contra el estrés. Expresar lo que sentimos, sin miedo, reduce la carga. Practicar actividad física libera endorfinas y protege contra la ansiedad. Mantener rutinas, aunque sean mínimas, da una sensación de control que la crisis arrebata.
Hablar con alguien de confianza alivia, y pedir ayuda es un acto de fortaleza, no de debilidad. Dormir y comer lo mejor que se pueda influye directamente en el estado de ánimo, mientras que establecer límites y decir “no” también es una forma de cuidarse. Y cuando el malestar persiste, buscar atención profesional a tiempo previene que el sufrimiento se vuelva crónico.
Para los hombres, el desafío es doble. La masculinidad hegemónica castiga la vulnerabilidad. Un hombre que no provee, aunque sea por causas que no controla, es un fracaso. Esa carga, sumada a la crisis económica y a la presión de sostener una familia, se convierte en un cóctel peligroso para la salud mental. Los estudios actuales advierten que muchos hombres no buscan ayuda porque temen el juicio, porque no saben cómo nombrar lo que sienten, porque les enseñaron que aguantar es la única forma de ser hombre. Y ese silencio, ese aguante, también mata.
El profesor guarda la bicicleta al llegar a casa. El apagón empezó hace tres horas. Sus hijos hacen la tarea a la luz de una vela. Él se sienta un momento, solo un momento, antes de revisar las cuentas. El dinero no alcanza. La recámara sigue rota. Mañana hay que madrugar otra vez. Pero está aquí. Entero.
En Las Tunas, como en toda Cuba, la educación enfrenta hoy los embates del bloqueo y la crisis global. La salud mental de quienes forman a otros es la última trinchera. Cuidarla no es un capricho. Es la única forma de seguir pedaleando, incluso cuando la bicicleta no da para más. Y también es la única forma de romper el guion, de decir en voz alta que ser hombre no tiene que doler, que pedir ayuda no resta, que sostener a los demás empieza por sostenerse a uno mismo.
Este 10 de octubre, acuérdate del profesor tunero. ¡Y acuérdate de ti!

