Masculinidades 6Las Tunas.- Cinco y cuarenta de la mañana, a esa hora lo único que se oye en aquella cuadra es el golpe seco de los discos de hierro al acomodarse en la barra. Al lado, la ponchera todavía tiene la cortina metálica bajada, pero el olor a caucho ya se cuela por las rejas. Arriba, un ventilador de pared mueve el aire caliente de un lado a otro sin enfriar nada.

Esteban Mora carga una barra en el rack de sentadillas, lleva un abrigo gris de capucha. Se queda un segundo abajo con las piernas temblando y sube con un ruido que tiene poco de película y bastante de mudanza, el de alguien que mueve un ropero. Después se sienta en el banco y apunta algo en un cuaderno cuadriculado de tapa naranja. Es contador y se nota: escribe cada serie, cada kilo, cada comida pesada en gramos. Ya va por el noveno cuaderno, uno por año. Tiene 31 años, mide 1,74 y pesa 88 kilos. A los 22 pesaba 112.

Hablar de género es, casi siempre y con razón, hablar de lo que se les exige y se les niega a las mujeres. Esta conversación mira otra cara de la misma regla, sin ánimo de comparar sufrimientos, que es una discusión inútil y casi siempre de mala fe. La regla no está escrita en ninguna parte y casi todos los hombres se la saben de memoria: ser hombre se demuestra, delante de otros hombres, todo el tiempo, y el cuerpo es la primera prueba. Esteban reprobó ese examen de niño. Lleva nueve años estudiando para repetirlo y todavía no se anima a presentarse.

Aceptó la entrevista con una sola condición y la consideramos porque dice más que cualquier pregunta: que no revelara su imagen. Le dijimos que sí, por esa razón construimos un nombre para llamarle en este texto: Esteban Mora.

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LA PORTERÍA

Empecemos por el principio. ¿Cómo eras a los 12 años?

(Se ríe y se frota la nuca) Gordo. No le voy a dar vueltas. Mi mamá me compraba el uniforme dos tallas más grande para que no se me marcara nada, y se me marcaba igual, porque la tela no hace milagros. Caminaba pegado a las paredes, literal. En el recreo me quedaba cerca de la profesora de turno, porque había descubierto que si ella estaba a tres metros, nadie me decía nada. Tenía un radar, dónde está el grupo, por dónde viene, cuánto me demoro en llegar hasta la profe...

¿Y cuando ella no estaba?

En el fútbol, sobre todo. Dos capitanes que empiezan a escoger. Yo era el último, siempre, pero no el último normal, ¿sabes? Era el último que se discutía. “Quédate tú con él”. “No, tú”. “Te lo regalo”. Como si fuera una especie extraña. Al final me mandaban al arco, que es donde mandan a los gordos, porque total, tapas más portería. Y ahí me quedaba, entre los palos, viendo cómo el partido pasaba lejos, hasta que a alguien se le ocurría acordarse de mí y me tiraba la pelota a la cara, a ver si me movía.

¿Qué te decían?

Lo de siempre. Ballena, barril, Willy, manteca... Esa es la primera capa, lo interesante, y esto lo digo con la cabeza de ahora, porque en ese momento no entendía nada, es lo que venía cuando lo de gordo ya los aburría. Pasaban a “mariquita”, “niña”, “¿vas a llorar?”. Y eso dolía más. Ser gordo era malo, pero parecerme a una niña era lo peor de todo. Nadie me lo explicó nunca y me quedó clarísimo, lo peor que le puede pasar a un hombre es que lo traten como una mujer. Y ojo, que eso no dice nada de ellas. Dice mucho de nosotros, de lo poco que se valoraba ser mujer en ese patio.

En la aula siempre fuimos más varones que hembras y eso pesa muchísimo. Yo no soy sociólogo, soy contador, pero algo aprendí y es que cuando no hay tantas mujeres en el mismo espacio todo lo que haces, lo haces para los otros hombres. Nunca tuve una niña a la que impresionar. Había como 30 tipos de 13 años vigilándose entre sí, a ver quién se quebraba primero. Y lo más raro es que todos estaban tan asustados como yo. Eso lo entendí tarde. En ese momento me parecían tranquilísimos.

¿Tenías amigos ahí?

Uno, Rafa. Flaco, con lentes, de los que lloran fácil. Éramos los dos que sobraban y nos juntábamos por eso, como dos náufragos en la misma isla. Jamás hablamos de lo que nos pasaba. Hablábamos de videojuegos, cuatro años seguidos. Nos cuidábamos sin decirlo. Perdimos el contacto en la universidad y a veces pienso que nunca le di las gracias.

¿Y en tu casa? ¿Alguien hablaba de tu peso?

Mi papá nunca, jamás. Trabajó 30 años manejando un camión de la Agricultura. Es seco, ancho de hombros, con unas manos enormes de tanto cargar cajas. Llegaba a las 8:00 de la noche, comía lo que hubiera y se quedaba dormido en el sofá. Yo lo miraba a él y me miraba a mí y pensaba que no pertenecíamos a la misma familia: él era de hierro y yo de gelatina. Nunca me dijo una palabra de mi cuerpo, y durante años asumí que eso era respeto. Hoy creo que no sabía cómo se habla de eso. A los hombres de su generación nadie les enseñó ese vocabulario.
El que sí hablaba era mi tío Gonzalo. En los almuerzos de familia me apretaba la barriga con la mano, como quien prueba un melón, y decía: “Aquí hay que hacer algo, ¿eh, campeón?”. Campeón, delante de todos y se reían, yo también.

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PARA QUE SALGAMOS TODOS

¿Cuándo cambia la vida para ti?

A los 22. Y me gustaría decirles que fue por salud, que es lo que uno dice, pero fue por una foto. Un primo se casaba y el fotógrafo, de manera amable, me dijo: “Tú ponte atrás, para que salgan todos”. Esa fue su única frase. Y yo entendí, con una claridad horrible, que era lo que sobraba en la imagen. Esa semana fui al médico y me dijo que tenía hígado graso. A los 22 años, hígado graso. Salí del consultorio e hice dos cosas: busqué los zapatos viejos de la estantería y me metí en el gimnasio más feo del barrio.

¿Por qué el más feo?

Porque abría a las 5:00 de la mañana y a esa hora no iba nadie de mi edad. Iban señores de 60, el dueño, que se llama Mario y fue boxeador, y yo. Era el único lugar donde podía hacer algo torpe sin público. Los primeros meses no me quitaba el abrigo ni para levantar la barra vacía, que pesa 20 kilos y yo sentía como un piano.

El dueño no me dirigió la palabra en tres meses. Un día, desde el otro lado de aquel casucho me gritó: “¡Llevas esa barra como si te debiera dinero!”. Fue lo más parecido a un elogio que me ha dicho un hombre mayor. Después me corrigió la postura, que era un desastre, y desde entonces me dice “muchacho”.

¿Seguías sintiendo que todos te miraban?

Todo el tiempo. Estaba seguro de que, apenas me daba la vuelta, los señores se reían. Un día se lo dije a Mario, casi sin querer, y me contestó: “Aquí nadie te mira, hombre. Mira a tu alrededor”. Uno se estaba viendo en el espejo, otro revisaba el reloj, otro el piso. Nadie me miraba a mí. Me tomó cinco años creerlo de verdad. Y eso en el gimnasio, ¿eh? Afuera todavía me cuesta.

Bajaste 34 kilos en año y medio, ¿cómo fue?

Lento y aburrido, de libreta. Y después empecé a subir de otra manera, a construir. Hay una parte que nunca sale en las fotos de antes y después, y es la piel. Cuando bajas tanto, la piel no siempre vuelve. A mí me quedó un excedente aquí, en el abdomen, que no se va ni con ejercicio. Por eso casi siempre traigo abrigo. Me miro al espejo y veo el cuerpo que construí y, al lado, guardado en la piel, el que fui. Como la ropa que ya no te queda y que no te atreves a botar.

¿Cambió cómo te trataba la gente?

Totalmente, y es lo que más rabia me da. A los 24, un compañero de la oficina, uno que en dos años no me había dicho más que buenos días con la cabeza, se me acercó y me dijo: “¡Qué bien, hermano, ahora sí!”. Y yo pensé: ¿ahora sí qué? ¿Qué era antes, entonces? Después me pidieron consejos de dieta, me daba risa y asco a la vez. Y, no voy a mentir, también placer. Que te escuchen después de años sin hacerlo te hace sentir bien y, al mismo tiempo, estafado.

Con mi tío Gonzalo pasó igual. En una reunión me apretó el brazo, como antes me apretaba la barriga, y me dijo: “¡Ese es mi campeón!”. Esta vez en serio. No sé cuál de las dos veces me dolió más.

¿Y con las relaciones amorosas?

(Se ríe) Eso es otro capítulo. A los 19 yo no había besado a nadie, y no era que nadie me quisiera, es que yo había dado por hecho que ese mundo no era para mí. Un adolescente gordo es, en la cabeza de todos, un tipo sin sexo. Ni deseable ni deseante. Es buena gente, el que escucha los dramas de amor de los demás y nunca el protagonista. Cuando bajé de peso empezaron a escribirme mujeres que antes me saludaban de lejos, o ni eso. Y me gustó muchísimo. Casi al mismo tiempo me dio vergüenza lo mucho que me gustó, porque me estaban viendo a mí, pero a un yo con otro envase, y yo fui el mismo todo ese tiempo.

Cuando te miras al espejo, ¿qué ves?

A veces, al gordo, de verdad les digo. Y otras veces me veo chico, blando, como si nueve años no hubieran pasado. Camila, mi novia, que me conoció ya así, ya ‘hecho’, encontró un día una caja con fotos mías de los 15. Yo quise esconderlas y ella dijo: “Mira esos ojos, qué lindo eras”. No supe qué hacer con eso. Me puse a colar café. Después busqué cómo se llama lo que me pasa y hay un nombre: dismorfia muscular. Te ves más chico y más blando de lo que eres. Le pasa sobre todo a los hombres y casi nadie lo cuenta, porque entre hombres uno no admite que se ve mal.

¿Hablaste con alguien de eso?

Con un psicólogo, tres meses. Y a mis amigos del gimnasio les dije que iba al ‘fisio’. Un hombro lesionado se entiende. Lo otro, en un gimnasio, no tiene excusa. Fue de lo mejor que hice en esos años.

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EL CARNÉ

Primero te trataban como a una 'niña' y después te dijeron ‘ahora sí’. ¿Qué es ser hombre, entonces?

(Resopla) Qué pregunta de entrevista. Mira, de niño pensaba que era como un carné. Que los demás hombres te lo dan y te lo pueden quitar en cualquier momento: si lloras, si pierdes, si te ven débil, si estás gordo. Yo nunca lo tuve, creía. Después de bajar de peso pensé que por fin me lo habían entregado. Y ahí me di cuenta de que el carné no lo emite nadie con autoridad. Nadie. Todos los tipos que conozco tienen miedo de que se lo quiten. Los más fuertes del gimnasio, tipos de 110 kilos que levantan lo que yo no puedo, son los que más me han confesado, al salir, cansados, que no se sienten suficientes.

¿Y eso se habla en el gimnasio?

Nunca. Nos queremos en ‘kilos’. Mi mejor amigo ahí, Carlos, sabe cuánto levanto en peso muerto y no sabe en qué mes cumplo años. Un día le conté que iba al psicólogo y se quedó callado, seguro pensando que él también debería. Y nos quedamos mirando el piso, 20 segundos que parecieron 20 minutos. Después hablamos de la dieta de él y ahí lo dejamos.

Antes dijiste que por salud es lo que uno dice... ¿Y por qué entrenas de verdad?

(Sonríe, mira el piso) Para verme bien. Ahí lo dije. Cuesta, ¿no? Entrenar para verse bien es vanidad, y la vanidad en un hombre no se perdona. A un hombre le permiten entrenar para rendir, para el fútbol, para la salud, para cualquier cosa que sirva para algo. ¿Pero para que lo miren? Eso es de mujeres, dicen, y se burlan. Como si querer verse bien fuera un defecto de ellas y no una cosa humana. Entonces uno miente. Yo dije por salud durante cinco años. Y sí, entreno por salud, también. Pero la razón grande era otra: quería que me vieran distinto. Y decirlo en voz alta me daba la misma vergüenza que a los 12.

LA TARIMA

Has soñado con eventos de fisiculturismo, ¿qué te frena exactamente?

Tres cosas, y no sé cuál pesa más. La primera es práctica: la piel. En una tarima te miran el cuerpo entero, de cerca, bajo unas luces que no perdonan nada, con un traje de competencia del tamaño de una servilleta. Ahí no hay abrigo que valga. La segunda es más difícil de decir. Yo no le tengo miedo a que me miren, le tengo miedo a que me califiquen. Me pasé la infancia con gente que llevaba una planilla invisible y me ponía nota. Subirse a una tarima es entregarles la planilla de verdad, con jueces, con números, con una fila. Y la tercera la dejo para que no se enoje nadie: la vara está muy alta, y no toda sale del arroz con pollo.

¿Te inscribiste dos veces no?

La primera vez me dispuse a inscribirme y no fui, me pasé una semana sin hablarle a nadie. La segunda llegué hasta la puerta del evento con todo. Vi la fila de competidores, tan seguros y me devolví. Me compré un par de frituras y me la comí sentado en la acera. Esa noche le dije a Camila que habían cancelado todo. Ella ya había visto las fotos en redes. No dijo nada y me trajo comida. Y yo me quedé con eso. Con que no dijo nada.

¿Qué es lo peor que podría pasar?

Que me manden atrás. Ya vi cómo funciona: los jueces llaman a los competidores, los comparan, a unos los dejan delante y a otros los mandan para el fondo. El ‘lugar’ ya lo conozco. Lo que no conozco es estar atrás frente a 200 personas, casi sin ropa, y que alguien grite lo mismo que me gritaban. Sé que no tiene sentido. No queda un gramo de lo que decían en mí. Pero el miedo no hace cuentas, y eso que yo vivo de hacerlas.

¿Y sigues pensando en inscribirte?

Todavía no subo a la tarima. Pero tengo el formulario abierto en la cabeza. Nombre, edad, estatura, categoría: todo lleno. Solo falta apretar el “enviar”. Todas las noches lo pienso. Como contador te digo que el balance da positivo.

LO QUE FALTA ES LA FIRMA

Si el niño de la portería te viera hoy, ¿qué le dirías?

Nada. No me creería. Y además ese niño no quería ser fuerte, ¿sabes? No soñaba con músculos. Quería que lo dejaran en paz, un recreo tranquilo, nada más. Si le dijera vas a ser más fuerte que todos esos, se habría encogido de hombros. Y ahora yo estoy pensando en subirme a una tarima casi en calzoncillos para que un montón de desconocidos me miren. (Se ríe) No sé cuál de los dos está más loco.

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