
La Habana.- El día que el alcalde le entregó la medalla de la ciudad de San Pedro Carchá al joven doctor cubano Yunior Proenza González, en todo el departamento guatemalteco de Alta Verapaz el cielo amaneció oscuro, como si la selva estuviera preparando una ceremonia antigua que los hombres no podían entender.
La lluvia había comenzado a caer desde temprano, con la obstinación de quien desea bendecir la tierra antes de un acontecimiento importante.
El alcalde Erwin Catún Maquín pronunció palabras hermosas en español y en q’eqchi', la lengua maya que se habla en la región. Después de los aplausos, el muchacho delgado, de barba breve y mirada verde llevaba en el cuello una cinta roja con un metal pequeño, incapaz de contener la historia que representaba. Estaba entre los ciudadanos y líderes locales que habían contribuido al desarrollo comunitario durante los últimos tres años. A todos les asombraba que alguien tan joven cargara sobre sus hombros una responsabilidad tan grande.
Ocurrió entonces algo que nadie pudo explicar.
El doctor Yunior salió de la municipalidad, la lluvia seguía cayendo con la misma terquedad, empapando los caminos, los techos, los árboles y las montañas. Pero cuando las gotas descendían sobre él, se desviaban suavemente, como si unas manos invisibles las apartaran de su cuerpo.
Una anciana q’eqchi' dijo en voz baja:
-La selva lo adoptó.
Nadie se atrevió a contradecirla.
Desde ese día, al caminar entre veredas, la lluvia lo acompaña como una madre paciente. Apenas lo roza, como si lo protegiera. Porque mientras los hombres le entregaron una medalla de metal, la selva le concedió algo más antiguo: el derecho silencioso de ser uno de los suyos.
Claro que el doctor Yunior siguió trabajando como si nada de aquello fuera extraordinario.
Había llegado desde su lejana Chaparra, en la oriental provincia de Las Tunas, como parte de la brigada médica cubana en Guatemala. Era su primera vez lejos de casa, de la Facultad de Medicina donde fue alumno ayudante de Cirugía, de los consultorios donde se estrenó como médico general integral, incluso lejos de aquel donde trabajó su padre -ahora en Venezuela- y donde lo acompañó la misma enfermera que durante años curó pacientes junto a “su papi”, en su amada Chaparra.
Los primeros días en la jungla guatemalteca caminó en silencio, como hacen los viajeros que no quieren molestar la tierra que pisan. Comprendió que estaba entrando en un territorio donde la naturaleza no era paisaje, sino destino.
Ha subido a lanchas rústicas y se ha dejado llevar por la corriente. A veces el río crece de pronto, como si quisiera ponerlo a prueba, pero siempre termina dejándolo pasar, como si reconociera en él a un hombre necesario.
Los lancheros comenzaron a decir que el río lo respetaba. Y en Cobán, Corozal, Chicojl o Paquísil, cuando la naturaleza respeta a alguien, la selva empieza a escucharlo.
En esas aldeas intrincadas de Alta Verapaz casi nunca hay camas ni colchones. Allí el doctor Yunior ha dormido sobre tablas duras, se ha bañado en el agua del río y se ha levantado antes que el sol para escuchar los latidos de la vida en los niños enfermos y en las madres que esperan con los ojos llenos de miedo.

A veces ha tenido que caminar cuatro horas para llegar a una consulta, y en ese tiempo les ha contado a los árboles que lo que más le impacta de aquellas tierras es que muchas mujeres no tienen límites para parir, que dependen de la decisión del esposo y que los hijos llegan sin descanso. Él ha logrado introducir la planificación familiar, convencer a las madres de la importancia de las vacunas y de los implantes de cinco años, y así mejorar la calidad de vida de esas mujeres y de sus hijos.
En sus sesiones como docente enseña a los enfermeros a mirar con paciencia. Les habla de vacunación, prevención, cuidados, hábitos e higiene como quien siembra semillas invisibles en una tierra que ha aprendido a resistir sin quejarse.
Fue por eso que un día los niños comenzaron a esperarlo como se espera a un familiar que regresa, las madres aprendieron a confiar en sus manos y los ancianos a saludarlo con respeto.
Ahora, cuando cae la tarde, los ríos han empezado a preocuparse por el momento en que el doctor Yunior se marche de estas tierras.
¿Seguirán las montañas guardando su historia?
Dicen que el día de la partida lloverá durante tres días seguidos.
Dicen que el río llevará su nombre hasta el mar.
Y dicen también que, cuando vuelva a caminar bajo la lluvia por cualquier parte del mundo, ella lo reconocerá y se apartará suavemente de su rostro, como si todavía lo estuviera protegiendo.
Porque hay hombres a los que la naturaleza no les entrega una medalla, sino una familia invisible.
Y el doctor Yunior Proenza González, sin saberlo, ya pertenece para siempre a la selva de Alta Verapaz.



