enfermera en angola

Las Tunas.- Hay un tramo de carretera en Cabinda, Angola, que Virgen no olvidará jamás. Allí, en plena vía pública, con el sol cayendo a plomo y el dolor de una mujer que ya no podía dar un paso más, vivió uno de los momentos más intensos de sus 33 años de enfermería.

Iba del condominio donde vivía hacia el hospital, como cada día, cuando vio la escena: dos mujeres asistiendo a una parturienta en plena calle. El niño no nacía. Venía con distocia de hombro. Una de las acompañantes lloraba y hacía señas desesperadas.

El carro se detuvo. Virgen se bajó. Sin pensarlo dos veces, se agachó, le levantó bien las piernas a la madre y, con la pericia de quien ha hecho esto miles de veces, le sacó el bebé.

"La doctora era yo", recuerda hoy, con la sencillez de quien no busca aplausos.

La mujer había caminado hasta allí con bolsos y cosas, doblada por el dolor, sin alcanzar el hospital. La montaron en el carro y continuaron el viaje. El parto ya había ocurrido, pero la vida seguía su curso.
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Esa anécdota, ocurrida durante su primera misión en Angola, resume a la perfección quién es Virgen Cruz Fernández: una mujer que no duda, que actúa, que ha hecho de los alumbramientos su razón de vivir.

Graduada en 1994, llegó al Hospital General Docente "Dr. Ernesto Guevara de la Serna", en Las Tunas, para trabajar en la sala de Perinatología. Dos años después ya estaba en el salón de parto. Y de ahí, una vida entera dedicada a la maternidad.

"Me gusta trabajar con la embarazada y el bebecito, por más que exista un riesgo latente en ellos y que sean la prioridad del sistema de salud cubano", confiesa.

En 2013 partió hacia la provincia de Cabinda, en Angola, como profesora en un programa de convenio Cuba-Angola para formar parteras tradicionales. Hacía docencia hasta la una de la tarde y, a las dos, comenzaba el trabajo asistencial en el hospital. Así, día tras día, durante tres años.

"Allá trabajábamos prácticamente solas. Hacíamos los partos, los cuidados del recién nacido, todo el preparto. Solamente llamábamos al médico cuando había una emergencia que ya no podíamos controlar", recuerda.

La enfermería: entre el compromiso y la pasión

Virgen no viene de una familia de enfermeras. Su hermano es médico cirujano pero ella llegó antes a vestirse de blanco, y con tantas certezas que cree que eso solo fue cosa del destino.

"La enfermería es mi razón de vivir. Desde niña, prácticamente. Vine a trabajar a este hospital con 19 años, y siempre estuve aquí. De mis 33 años de enfermería, la única vez que me separé fue mi año de licencia materna. Nunca más", afirma.

Tiene un hijo varón, oficial de las FAR y un nieto de un año. Sobre la llegada al mundo de su propio hijo, dice que fue "lo más valioso del mundo, por más que el dolor todavía no se le disipe de la mente. "Sé lo que se siente encima y debajo de la camilla, ese conocimiento nos hace mejores profesionales".

A sus casi 54 años, Virgen reconoce que está "un poquito agotada", pero no se detiene. Ahora asume una tarea más difícil, con más responsabilidad y complejidad: la jefatura de área de la enfermería.

"Me gusta estar aquí, me gusta ayudar, me gustan mis profesionales, que en cada jornada un team deje de lado sus problemas y venga con mucho compromiso a ayudar a las mujeres a traer niños al mundo. No puede haber una mejor profesión ... dice.

El Guevara: corazón obstétrico de la provincia

Lo que muchos no saben es que el Hospital Guevara no solo asiste los partos del municipio cabecera. Actualmente, esta institución asume los alumbramientos de toda la provincia y de zonas aledañas de Granma y Holguín. Un peso enorme que recae sobre los hombros de profesionales como Virgen.

"Ahora mismo aquí hay 12 pacientes, y 12 acompañantes serían 24 en un pedacito chiquito", explica sobre las limitaciones del local, aunque se las ingenia para garantizar el acompañamiento en el postparto.
El parto respetuoso, programa diseñado por la Organización Mundial de la Salud, es una de sus banderas. Virgen se formó con estos preceptos en un taller internacional y por un tiempo llevó ese programa en la maternidad.

"Es humanizar el parto. Que la mamá se sienta confiada, que para ella el parto no sea un trauma, que no diga 'esto me pasó y no quiero volver a parir'".

Confiesa que en el terruño existe la disposición de avanzar al resto, pero existen muchas limitaciones materiales que constituyen un obstáculo real. Ella suena con una maternidad más humanizada, más grata para pacientes y personal sanitario.

Un legado de vida

Cuando la COVID-19 azotó al mundo, Virgen no dudó. Armó su espacio en el hospital y llegó a pasar hasta 14 días sin ir a su casa. Atendía a pacientes positivas, intervenía en partos y cesáreas y las recuperaba en un localito que preparaba para ellas.

"Siempre ahí, en el mismo lugar, para no exponer a las demás pacientes. Fueron tiempos muy complejos, pero la vida tenía que seguir su curso y para eso estábamos nosotros. Claro que existía el temor, la angustia por no estar en casa, pero lo hicimos bien", cuenta.

Ella ha visto iniciar la vida miles de veces. Ha estado en partos complicados, en cesáreas de emergencia, en momentos de angustia y de alegría. Ha acompañado a madres primerizas y a mujeres que ya han parido varias veces. Ha sido testigo del milagro de la vida en Las Tunas, en Angola, en tiempos de COVID y de Zika.

Y sigue ahí, firme, con su uniforme de enfermera, su experiencia de 33 años, su pasión por los alumbramientos y estos tiempos complejos que suman cansancio y restan motivación. Pero para Virgen, la maternidad trasciende incluso a la dureza del día a día. Allí cada parto es un milagro. Y cada milagro, una razón más para seguir.

 

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